La Crónica de Benavente

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lunes, mayo 08, 2006

Crónicas menorquinas (IV)

VACAS, LAGARTOS Y ACEBUCHES
Por José I. Martín Benito

El poblado de Torrellafuda está protegido por las vacas y por las altas hierbas. Varias cercas de piedra guardan la manada de bóvidos y estos, a su vez, las ruinas. Los viajeros son los únicos visitantes a esas horas de la tarde en el perdido poblado. Accedieron a él desde la carretera general, tras descubrir el indicador. Esta vez no encontraron la empresa de arqueólogos que esperaban, por lo que contemplaron las ruinas más grandiosas si cabe, perdidas y ocultas entre la maleza y la vegetación.
Es también Torrellafuda morada y reino de los acebuches, que aprisionan y ocultan las estructuras.
Los visitantes descubren el santuario de las taulas entre las ramas retorcidas de los reyes del solar y, después, se encaraman a la derruida muralla, acaso el camino más despejado para poder contemplar la gran torre de vigilancia.
El talayot de Torrellafuda tiene clavado un rejón o, tal vez una banderilla, si consideramos que la masa pétrea es el espíritu dormido del gran toro, al que escoltan la veintena de vacas que pastan en sus dominios. Cualquier momento el gigante puede volver y reclamar su harén. Pero el sueño debe ser muy profundo como para despertar ahora, en el silencio de esta tarde de abril.
El rejón no es aquí sino un vértice geodésico, de esos que el Instituto Geográfico y Catastral se dedicó a clavar por doquier en las alturas españolas y poder así trazar mejor sus mapas. De todos modos, el vértice está prácticamente inaccesible o, al menos, no están los visitantes con ganas de iniciar la escalada. Así que no podrán comprobar la leyenda que a buen seguro le acompañará y que señalará que la destrucción de tal objeto está perseguida por la ley. Se refiere al vértice, no al talayot.
Cuando los viajeros dicen adiós a las ruinas más naturales de toda Menorca, descubren en las inmediaciones, recortada entre el verde y el azul, una blanca masía, cuya silueta les recuerda el dibujo de la cajita de un queso en porciones.
De torre a torre. De Torrellafuda a Torre de Gaunes, antes de ir en busca de la basílica de San Bau, a orillas del mar. Si el primero era la ruina perdida, integrada o absorbida por la masa vegetal, el segundo es lo más parecido a un ave fénix, pues las administraciones central y autonómica han procurado que renazca, desbrozando el monte y limpiando las estructuras, para deleite del visitante. De tal renacimiento no sólo da cuenta el acondicionamiento de los senderos, sino también las excavaciones arqueológicas, cuya huella es fresca y reciente.
En el santuario descubren los visitantes a un tímido lagarto que asoma medio cuerpo buscando los rayos solares en una tarde a ratos nublada. Tras un par de instantáneas, el pequeño reptil se debe preguntar que quienes serán aquellos que osan perturbar su solaz momento y decide volver a su guarida.
Cientos de acebuches y sus retoños han sido talados, para librar la vista de las construcciones. Ignoran los viajeros cuánto tiempo pasará hasta que de nuevo la vegetación ocupe el lugar que los hombres en su día abandonaron. Si los acebuches tuvieran alma se preguntarían por qué los humanos se fueron de aquel paraje y ahora vuelven a docenas, urgan, se detienen y contemplan; son muchos los troncos y vástagos que se abren paso entre piedra y piedra, cortados a ras de muro, pero incrustrados en él. Cualquier día se llenarán de savia y provocarán la ruina de la ruina, el desmoronamiento de un "exin castillos" sin anclajes...
Foto: Vacas y talayot en Torellafuda y Masía blanca; lagarto en el santuario de Torre d´ en Gaunes.

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