La Crónica de Benavente

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lunes, diciembre 11, 2006

Cuaderno del Este: Del Órbigo al Henares (2)

DE CASTILLOS Y JINETES
José I. Martín Benito

Al bajar al valle, los viajeros hacen un alto en el camino para contemplar la villa de Atienza y quedarla registrada en la retina de su cámara fotográfica. Buscan el castillo, enclavado en la peña fuerte, y rodean el cerro. A media altura dejan sus mecánicas cabalgaduras y encaran la que fuera, en otro tiempo, inexpugnable peña. Ya no hay guardias, ni sarracenos, ni cristianos, ni soldados napoleónicos. Los franceses se llevaron muchas alhajas y no sé cuantas arrobas de plata, pero otras tantas dejaron. Por allí andan, entre los museos de San Gil y de San Bartolomé, para deleite de visitantes. Pero estábamos subiendo al castillo... Romería impenitente ésta de Viernes Santo, aunque cerca de la iglesia de Santa María del Rey se conserven los restos de un antiguo Vía Crucis. En la peña, dos aljibes y el torreón, todo franqueable y ruinoso, pues las cicatrices del tiempo son más profundas que las de las lombardas y otros ingenios militares. En la azotea de la torre del homenaje se escuchan varias lenguas, todas ibéricas, mientras el panorama se pierde camino de no se sabe dónde.
Los viajeros cruzan y salen de Atienza con la rapidez de una puesta de sol. Atrás quedaron los fósiles, las tiendas de artesanía no visitadas y las iglesias, unas abiertas al culto y otras reconvertidas en muestras de arte sacro. De regreso a Guadalajara, por carreteras con mil y una curvas, pasan por Jadraque, en cuyas alturas se yergue imponente y luminoso el castillo de los Mendoza. Poco después, entre tinieblas, descubren Hita y deciden volver al día siguiente.
La mañana del Sábado de Gloria marchan los viajeros hacia Pastrana por la sinuosa carretera de Hueva. Andan los mercaderes en el templo: la iglesia del extinguido convento de San Francisco (antigua casa de oración) acoge una Feria de Miel de la Alcarria. Mientras, en la plaza del Deán, una jauría de perros enjaulados y las furgonetas que los transportan ocultan la oficina de turismo, todavía cerrada a pesar del horario de apertura que se anuncia en la puerta. Abajo, en la plaza de la Hora, han aposentado sus reales una churrería y una pista de coches de choque con su carpa. Así que no tienen los viajeros la impresión de encontrarse en una ciudad medieval, como la tuvo C. J. Cela en 1946, ni mucho menos estar en una plaza despejada, sino con falta de aire. Por lo demás, el palacio de la de Éboli está cerrado, en restauración; arena, andamios y vallas acaban por estrangular el espacio.
El suelo de las calles de Pastrana está sucio. Los viajeros no pueden por menos de hacer una comparación odiosa con la pulcritud de Sigüenza. En la plaza de la Fuente de los Cuatro Caños hay una antigua pescadería trocada ahora en tienda de ultramarinos. Sus pasos les han guiado hacia la Colegiata, donde pretender admirar los tapices de la toma portuguesa de Arzila. Cruzan la verja y entran. Preguntan por el museo, pero les dicen que vuelvan más tarde, hacia las 11,30 h., a ver si se va formando un grupo. Salen. En la calle de la Palma, unas yeserías medio ocultas y un rótulo anuncian una primitiva sinagoga. Hay un gato en la ventana y un hombre a la puerta. De regreso a la iglesia, leen los barrocos epitafios y, tras esperar que la guía terminara de colocar las flores en los altares, pueden pasar, por fin, a admirar los tapices, imágenes y ricos ornamentos litúrgicos. Anda por allí una talla del profeta Elías atribuida a Salzillo, gemela de otra vista en Sigüenza. Luego, bajan a la cripta de los duques y escuchan la historia de cómo doña Ana de Mendoza perdió el ojo y cómo, siendo aún una niña, la casaron con Rui Gómez de Silva, veintitrés años mayor que ella. Salen por segunda vez de la Colegiata. Poco más les entretiene Pastrana, si no es una caótica circulación del tráfico; así que, como pidiendo auxilio, buscan ansiosos el Tajo en Zorita de los Canes para escaparse a las ruinas de la despejada Recópolis.
Del Tajo al Tajuña. Bordean el pantano de Borlaque, después de haber dejado atrás la nuclear de Zorita y por Sayatón y Anguix buscan la general en Sacedón. De allí a Tendilla. Al comenzar la tarde están los viajeros en Brihuega, la que coronan, dejando atrás unos últimos kilómetros de carretera estrecha, plagada de curvas, baches e irregular asfalto. Después de comer, bordean la muralla. Una placa en el Hostal “El Torreón”, al lado de la puerta de La Cadena, recuerda que Cela pernoctó allí en sus dos viajes a La Alcarria. Tres jinetes a caballo parecen saludar a los transeúntes antes de llegar a la plaza de toros, construcción de los años sesenta, perfectamente integrada en el caserío. Cerca está el castillo de la Peña Bermeja y la iglesia de Santa María, que permanece cerrada. Brihuega está limpia y, en parte, restaurada. Apenas si se reconocen las cicatrices de la guerra civil, como no sea en los viejos álbumes de fotografías. ¡Lástima el estado de la Real Fábrica de Paños, arquitectura que perece, en contraste con la savia que fluye en su jardín romántico! Es éste “un jardín para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia”, como dejó escrito don Camilo.
Desde Brihuega se dirigen los viajeros a Hita, en busca de Trotaconventos, pero se topan en medio con Torija y deciden entrar.


Fotos: Vista desde el castillo de Atienza (Luis Monje). Castillo de Atienza. Ana de Mendoza, condesa de Éboli y ruinas de Recópolis en Zorita de los Canes.

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