La Crónica de Benavente

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martes, noviembre 06, 2007

Historias de Villavieja de la Roca (4)

LAS ELECCIONES[1]
Por José I. Martín Benito

Cuando el gobernador de la provincia telegrafió a Villavieja la convocatoria de las elecciones a las cortes del Reino, don Crispín no estaba en el Ayuntamiento. En verdad, desde la ausencia de su amigo y protector Diógenes Carranza, don Crispín no era el mismo. Quienes le conocían advertían en él un desconcierto que se traducía, en ocasiones, en pérdida de reflejos. Si ello fuera sólo en el ámbito privado allá don Crispín, pero últimamente se le veía desconcertado en la toma de decisiones municipales y, encima, las declaraciones urbi et orbi desde el balcón de la Casa Consistorial se volvieron más frecuentes, para sonrojo de propios y extraños.
Por todo, a nadie sorprendía que lo que un día comenzó siendo una posible ausencia del Ayuntamiento, pasara a ser cosa frecuente en el transcurso del tiempo. Sólo el señor Miguel, el conserje, sabía dónde estaba el alcalde, al que iba a buscar cuando la importancia del asunto lo requería. Aquella mañana de otoño entregó el cablegrama a la primera autoridad cuando ésta grababa su nombre en Peñarredonda”, temeroso de que sus ciudadanos terminaran por olvidarle y, con ello, se esfumaran busto, pedestal y epitafio.
De regreso al Ayuntamiento convocó a sus incondicionales camaradas don Néstor Calasparra y don Romualdo del Águila. Enseguida les puso al corriente de la celebración de los próximos comicios. Aquello era volver a empezar. Rápidamente se olvidaron nostalgias y melancolías y, como un solo hombre, se dispusieron a engrasar la maquinaria electoral. De lo que se trataba era de sobrevivir. Claro que la idea de supervivencia que manejaban era la de seguir influyendo en las decisiones políticas. Siempre habían tenido valedores en al Corte y, ahora, no iban a dejar de seguir haciéndolo.
Por eso pensaron en Cándido Narváez como futuro diputado; era éste un joven licenciado en Medicina y cirugía al que don Crispín había recomendado para trabajar como ayudante en el Hospital Provincial. Al cabo de sólo dos años, Cándido era ya director del centro hospitalario, tras la defenestración del anterior, el doctor Horacio Cantalapiedra. El joven Narváez era, además, sobrino de la esposa de don Néstor, con lo que los intereses, no sólo de la saga, sino también del triunvirato, parecían asegurarse.
Desde aquella tarde los tres amigos se multiplicaron. Mantuvieron encuentros –eso sí, en secreto- con otros camaradas y subalternos; enviaron muñidores a cafés, tabernas y reboticas. Don Néstor hizo importantes donativos a la Asociación de Huérfanos de Guerra, a las damas de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y al cuerpo de Bomberos Voluntarios. Al mismo tiempo, contrataba todas las mañanas a decenas de braceros en el corrillo de la Estacada y procuraba, con mesura, que no fueran siempre los mismos, para así llamarlos a todos a lo largo de la temporada. Les pagaba 1,50 pesetas de jornal por desbrozar los montes de su propiedad y les regalaba, de vez en cuando, alguna carga de leña que les ayudaría a sobrepasar los crudos rigores del invierno.
Entre tanto, don Crispín realizó varias visitas a las monjas, a las que compraba cajas y cajas de dulcísimas rosquillas que, no sabiendo qué hacer con ellas, amontonaba en un cuarto de su casa, al que conocían como “de los dulces”, donde se apilaban varias convocatorias electorales, al tiempo que hacían las delicias de los ratones.
Don Romualdo, por su parte, visitaba por las tardes a los ancianos desamparados y les leía toda clase de libros. Desde novelas rosa y de caballería, hasta poesías de Campoamor.
El día de las elecciones no faltó nadie a la cita. El triunvirato podía sentirse satisfecho: la estrategia estaba dando sus frutos. A los votantes se les veía venir en grupo, con el sobre cerrado y previamente distribuido. Primero llegaron los empleados municipales, precedidos de los serenos, luego los maridos de las Damas del Perpetuo Socorro, después los bomberos voluntarios, el clero y las monjitas con los ancianos, los almacenistas, los comerciantes, galenos y boticarios, oficiales del quinto regimiento, los estraperlistas, curtidores y zapateros, joyeros, sastres, harineros, oficiales de Correos y demás funcionarios, albañiles, impresores, aprendices, hortelanos y, finalmente, los jornaleros. En aquella disciplinada procesión estaban todos. Cerraba la comitiva don Crispín, acompañado de sus incondicionales amigos y, tras ellos, los componentes de la banda de música municipal que interpretaban el himno nacional.
El escrutinio arrojó un total de 2.583 votos a favor de Cándido Narváez, frente a los 1.340 del candidato opositor, un primo lejano de Horario Cantalapiedra. Los pronósticos de los tres camaradas casi habían acertado. Se confundieron sólo en un voto. Pensaron y pensaron quién les podía haber fallado. Pero don Crispín Tundidor nunca llegaría a sospechar del señor Miguel, el conserje.

[1] Publicado en el nº 81 de Benavente al día, marzo de 2000.

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