La Crónica de Benavente

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martes, febrero 28, 2006

El Memorial de Salazar (II)

POZO AIRÓN (II)
por J. I Martín Benito

Fue que atamos varios cabos de soga a dos robles cercanos y el extremo suelto lo anudamos a nuestra cintura con gran firmeza, para utilizarlo a modo de escala y, con sumo cuidado y sintiéndonos seguros, comenzamos a bajar. Lo hicimos dos de los hombres que llevábamos y yo mismo, que el beneficiado se excusó diciendo que andaba algo suelto del vientre. Mientras, el tercero de los hombres vigilaba la boca del pozo e iba soltando lentamente la cuerda, a medida que descendíamos. Mi criado bastante tenía con cuidar de las caballerías, que tampoco era mozo intrépido.
No recuerdo muy bien cuánto tardé en bajar, aunque a mí se me hizo, en honor de la verdad, una eternidad y eso que el descenso no tendría más de diez varas. Cuando por fin lo hice, abajo me esperaban mis dos compañeros de aventura que, según supe, no era la primera vez que descendían a aquel abismo. En el fondo, rocas desprendidas y tierra amontonada de alguna escorrentía, indicaban que el lugar llevaba muchos años abandonado.
Liberados de las escalas comenzamos a caminar por una galería ligeramente descendente, en fila de a uno, pues la holgura de la misma no daba para ir en compaña. A los pocos pasos se fue perdiendo la claridad que venía desde el cielo y las sombras se fueron adueñando de aquel espacio, por lo que tuvimos que prender las teas que llevábamos consigo. Después de caminar unos doscientos pasos, llegamos a una especie de sala, más o menos circular, donde podrían caber bien holgadas veinte personas, que tenía una especie de poyo corrido alrededor de la pared y, en el centro, una gran piedra, hija de la roca madre, que no había sido desbastada. Uno de mis acompañantes dijo que allí se reunían las noches de plenilunio las brujas y hechiceros para hacer sus conjuros y adorar al demonio, que en forma de macho cabruno colocaban sobre la roca, y a él se lo había contado su abuelo, cuando de niño bajó por vez primera a aquellos dominios. De la sala salía de nuevo otra galería, esta más estrecha que la anterior. Una boca de aire nos dio en la cara y apagó la llama de uno de los hachones y luego comenzamos a oír como silbidos muy agudos, lo que según contaron mis acompañantes era el aliento del diablo y su llamada, por lo que desistían de continuar, que de allí nunca habían pasado por ser cristianos temerosos de Dios y de las fuerzas del averno.
Continuará...
Ilustración: El aquelarre, de Francisco de Goya.

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