La Crónica de Benavente

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jueves, febrero 23, 2006

El oro del Águeda

El oro del Águeda es un artículo que se acaba de publicar recientemente en el libro que Ciudad Rodrigo dedica a su Carnaval 2006. Concretamente se recoge en las páginas 417-422.

José I. Martín Benito

Debía tener yo 11 años cuando oí por vez primera hablar de las arenas auríferas del Águeda. Fue en la escuela del Patronato de San José, en un aula compuesta por unos 35 muchachos, cuando un día el maestro, D. Antonio Fernández Retamar, nos dijo que el río que pasaba por Ciudad Rodrigo traía pepitas de oro. En una época como la de comienzos de los años setenta y, como era mi caso, viviendo en el Arrabal del Puente y, por tanto, a la vera del río, supongo que aquella revelación debió causarme impacto, pues nunca la olvidé. Como tampoco olvidé otra revelación de don Antonio: la leyenda del oso que de noche se acercaba hasta las obras de la catedral y destruía lo que por el día habían levantado los obreros. Pero esto último es otra historia y ahora quiero ocuparme de las pepitas de oro del río Águeda.
Con el tiempo, y a medida que iba conociendo más de cerca las obras que habían tratado sobre Ciudad Rodrigo, fui tomando conciencia que la aseveración que un día oyera a mi maestro no era ni mucho menos gratuita, sino que descansaba en fundamentados testimonios de los siglos XVIII y XIX. Ahora, recordando mi niñez y mi despertar a la historia de Ciudad Rodrigo, he querido reunir algunos de los textos que aluden a las arenas auríferas del Águeda y a los buscadores de oro.
Los textos que traigo a colación proceden de diversas fuentes de los siglos XVIII, XIX y XX. Todas ellas están impresas, por lo que no resulta complicada su localización. En cualquier caso, para ahorrar al curioso o interesado lector la molestia de reunirlas, las incluiremos aquí, no sin antes dar una breve información sobre la saca de oro en las arenas del río Águeda.

La explotación del oro
Desconocemos en qué momento comenzó la explotación de extracción de oro de los arenales del Águeda. Sí sabemos, por contra, que en época romana (s. I. d. C.) se explotaba la minería aurífera al pie de la Sierra de Francia, como lo demuestran los desmontes y toda una red hidraúlica de canales y depósitos, así como de restos arqueológicos de Las Cavenes en El Cabaco[1]. El área está delimitada al oeste por el regato del Zarzosillo y al este por el río Gabín, ambos afluentes del arroyo del Zarzozo, una las corrientes que da origen al río Yeltes (foto 1).

Foto 1. Fotografía aérea del área de Las Cavenes (El Cabaco).

De la riqueza de oro en Hispania en época romana, ya habla Estrabón, en su Geografía. Concretamente en el libro III, 2, 8 dice:

El oro no se extrae únicamente de las minas, sino también por lavado. Los ríos y torrentes arrastran arenas auríferas. Otros muchos lugares desprovistos de agua las contienen también; el oro, empero, no se advierte en ellos, pero sí en los lugares regados, donde el placer de oro se ve relucir; cuando el lugar es seco, basta irrigarlo para que el placer reluzca; abriendo pozos, o por otros medios, se lava la arena y se obtiene el oro; actualmente son más numerosos los lavaderos de oro que las minas... Dícese que a veces se encuentran entre los placeres del oro lo que llaman “palas”, pepitas de un “hemílitron”, que se purifican con poco trabajo[2].

También Plinio se refiere a ello:

“ .. [El oro] se encuentra en pepitas en los ríos; como en el Tagus de Hispania... no existe oro más puro, apareciendo pulido por el curso y frote del agua... Además los montes de las Hispaniae, áridos y estériles, en los cuales no nace ninguna otra cosa, son forzados a ser fértiles en este bien[3].

De las diversas noticias se infiere que también las corrientes del río Águeda y sus afluentes arrastraban arenas auríferas (foto 2). Cuando el nivel de las aguas descendía, lo que debía ser a finales de la primavera y durante el verano, varias cuadrillas de hombres cavaban en los arenales del río, recogían la grava en cestos y la sometían a un intenso lavado. La depuración final la hacían en bateas o cuencos de madera, de manera que el oro, más pesado, se identificaba porque quedaba abajo y relucía con el resplandor del sol.
Los arenales que se explotaban, según la información del corresponsal de Madoz, estaban frente a Valdespino y en El Palomar, esto es, aguas arriba y abajo de la ciudad, respectivamente. Las cuadrillas que se dedicaban a esta actividad procedían de la provincia de Cáceres. A finales del siglo XVIII, Ponz refiere que las arenas la “sacan los Jurdanos” y a mediados del siglo XIX, Madoz informa que las cuadrillas están compuestas por “individuos naturales de Montehermoso de Estremadura”.
Ignoramos el origen de esta actividad en Ciudad Rodrigo. Sánchez Cabañas, en su Historia civitatense, no da noticia alguna. Sí la da el Libro del Bastón, hacia 1770, dando a entender que la explotación de las arenas se venía realizando desde tiempo atrás. A principios del siglo XX la recogida del oro se había abandonado, pues su extracción resultaba poco productiva.
Respecto al tamaño el oro, Madoz indica que se presenta “en pequeñas laminitas ó particulas” (foto 3), aunque en algún caso, como refiere el Libro del Bastón, se llegó a hallar alguna pepita del tamaño de “un grueso garbanzo”. El oro extraído era vendido en la propia ciudad, en Salamanca y en Madrid. Aunque no se conocía el origen o “criadero aurífero”, se suponía -como lo hacía J. Vázquez de Parga- que la procedencia de las arenas estaba en las arroyadas que descendían de las sierras situadas al sur de la ciudad.

Foto 2. Río Águeda a su paso por Ciudad Rodrigo

Los testimonios
Una de los primeras referencias conocidas sobre el oro del Águeda es la que proporciona el Libro del Bastón, compuesto hacia 1770[4]. En el capítulo de Historia natural, cuando se refiere al río Águeda, luego de enunciar sus arroyos, se informa:

Las aguas de él son delgadas, y saludables y lo principal que en sus corrientes se coge oro entre las arenas, bien que no se pueda afirmar si de él o de cual de los que se le agregan probiene, y sí que ha avido en la Capital Comercio de muchos dedicados a comprarle a los que se emplean en la saca, y aunque sigue, no es tanto como algunos años hace pues ahora concurren los vendedores a Salamanca y aquí se ha visto y apreciado pedazo hallado tan grande como un grueso garbanzo y purificado naturalmente en las corrientes sin haber entrado al crisol”.

Foto 3. Pepitas de oro halladas en Navasfrías.

Algo más tardía es la noticia de Antonio Ponz, que debe a su corresponsal, el canónigo de Ciudad Rodrigo Simón Rodríguez Laso y, en el tiempo en que Ponz publica la carta última del Viage de España[5], rector del Colegio de los Españoles en Bolonia. La referencia al asunto del oro es escueta, pero precisa.

Pasa por junto á Ciudad-Rodrigo el rio Agueda, que incorporado con otros entra en Duero junto á la Villa de Frexeneda, y nace cerca de la sierra de Xalama. Hay en la ribera sus arenas de oro, que conocen, y sacan los Jurdanos.”

Autores posteriores, como Paula Mellado y, también, Madoz, se harán eco de Ponz, al referirse al río como “de arenas de oro”. Hay que hacer notar, no obstante, que Sebastián Miñano y Bedoya, en su Diccionario, obra considerada como precursora del diccionario de Madoz, no haga ninguna mención a las arenas auríferas del Águeda, limitándose a describir el recorrido y márgenes del río[6].
Sin duda, los testimonios más interesantes en cuanto a información suministrada son de Francisco de Paula Mellado y de Pascual Madoz, de mediados del siglo XIX. El primero de ellos lo deja en sus Recuerdos de un viage por España[7]. A su llegada a la ciudad, advierte la actividad a orillas del Águeda.

- (...) Supongo que ese pueblo que se vé ahi es Ciudad-Rodrigo.
- Si señor, esa es, contesto el calesero.
- ¿Y que hacen tantas cuadrillas de hombres cavando en el río? (foto 4)
Yo fijé la vista y observé que en efecto había una porcion de hombres trabajando con afan.
- Buscan oro, dijo con indiferencia el mozo.
- ¡Oro! ¿qué dice vd. hombre de Dios?... ¿Con que estamos en un pais donde para ser millonarios no hay mas que meterse de patas en el rio y dar cuatro picotadas?
- No te burles, Mauricio, repliqué yo, que el señor ha dicho la verdad. Ese rio se llama Agueda, nombre que me trae su origen de la palabra griega agattos, lo mismo que bueno, aludiendo á lo cristalino y limpio de sus aguas: nace en las vertientes de Jalama, á ocho leguas de aqui, y engrosándose con varios arroyos entra en el Duero en las inmediaciones de Fregeneda, doce leguas más adelante; de modo que tiene un curso de veinte leguas. Ponz le llama el rio de la arenas de oro, porque las trae en efecto, y mas de un poeta célebre ha pulsado la lira en su honra.
- Todo eso está muy bien, pero á mi lo de las arenas de oro es lo que mas me interesa. ¿Las trae en mucha abundacia?
- En mucha no, pero bastantes para recompensar los afanes de los que las buscan. Esos hombres vienen por esta temporada en que bajan las aguas, cavan en los sitios que ellos ya conocen, sacan la arena, la lavan y depuran, y á fuerza de constancia de tiempo reunen algunos adarmes de oro que venden en la ciudad ó en Madrid á buen precio, porque la calidad es escelente.
- ¿Y cómo no se han hecho investigaciones para hallar el origen de esa arenas?... Porque si el rio las trae, claro es que ó el mismo río ó cualquiera de los arroyos que lo enriquecen, pasan por algun punto donde este metal existe en abundancia.
- Asi opinan todos, y ya comprenderás que se habrán hecho esquisitas diligencias para encontrar el criadero, pues la cosa bien merece la pena; pero hasta ahora todas han sido inútiles.
En este razonamiento llegamos á las puertas de la ciudad, que pudimos recorrer aquella misma tarde, pues su recinto es pequeño.

Por su parte, el corresponsal del Diccionario de Madoz, al ocuparse de la descripción y curso del río Águeda, informa:

La principal utilidad de este río, de arenas de oro, como dice Ponz, y cuyas aguas puras y cristalinas han sido objeto de sonetos y composiciones de muchos poetas célebres, consiste en dar movimiento á algunos batanes y muchos molinos harineros...[8]

Sin embargo, cuando se refiere a Ciudad Rodrigo, es más explícito sobre las arenas auríferas:

Atraviesa el espresado término el rio Agueda, sobre el que hay un puente magnifico en esta ciudad, y entran en aquel distintos regatos. Pásase por diferentes vados, que desde el valles (sic) hasta el Pizarral se encuentran el de Cantarranas, el de los molinos de los Alisos, el del Puente, el de Barragan, el de Palomar, el del Oro y el del Carbonero. Tiene de notable este rio las muchas arenas de oro que arrastran sus corrientes. En la estacion de su mayor sequia se presentan varias cuadrillas, compuestas de 12 individuos naturales de Montehermoso de Estremadura, quienes hacen grandes zanjas en los sitios para ellos ya conocidos, en los arenales del rio frente á Valdespino y Palomar, recogen el escombro en cestos, tiran lo grueso, lavan lo menudo hasta la última depuracion, que la hacen en cuencos de madera, quedandose el oro en el fondo, y á los lados de aquellos, el que perciben y distinguen perfectamente al resplandor del sol, que se presentan en pequeñas laminitas ó partículas; comunmente corresponde a cada individuo 3 ó 4 adarmes de este metal precioso que sale muy puro".

Foto 4. Bateadores de oro

Manuel González de la Llana, en su Crónica de la provincia de Salamanca (1869), indica como riqueza las minas de oro, pero de manera general, sin especificar lugares.

Como otra de las riquezas del suelo de la provincia pueden contarse las minas que contiene, entre las cuales las hay auríferas, de hierro, de cobre, de plomo, de cristal de roca, alumbre y salitre”.

Quizás no conociera la práctica de extracción de pepitas a orillas del Águeda, pues cuando se ocupa de los recursos minerales del distrito de nuestra ciudad sólo señala “criaderos de hierro y plomo”[9].
Mejor información parece manejar Jacinto Vázquez de Parga y Mansilla en su Reseña geográfica-histórica de Salamanca y su provincia (1885). En el capítulo XIX, al ocuparse de las minas del partido de Ciudad Rodrigo, escribe[10]:

El oro, en pequeñas pajuelas, se halla en los arrastres del Agueda, en algunos de sus afluentes y en alguna arroyada de las que descienden de las inmediatas sierras; pero hasta ahora no se conoce ningun criadero aurífero. Es de esperar que algun dia más conocido el terreno y segun se vaya desmontando ó abriendo nuevas vías de comunicacion, aparezcan nuevas muestras de metales, de los cuales deben de ser ricas las montañas de la parte S., segun se deduce de su constitucion geonóstica”.

La actividad fue decayendo, seguramente por lo poco productivo que resultaba la extracción del preciado metal (fotos 4 y 5). Se hace eco de ello la Enciclopedia Universal Ilustrada europeo-americana (c. 1908). Al referirse al Águeda, dice:

Río de la provincia de Salamanca, que nace en la sierra de Gata, junto á Portugal. Pasa por Navasfrías, Ciudad Rodrigo y Barba, desaguando en la orilla izquierda del Duero, cerca de Barca de Alba. Sirve de límite entre España y Portugal, lleva arenas de oro, y su curso es de 130 kilómetros. Recibe las aguas de multitud de afluentes por ambas márgenes. A principios del siglo XIX aún se ocupaban muchos hombres en lavar dichas arenas, segregando las partículas del precioso metal, cuya industria tuvieron que abandonar por el escaso rendimiento que producía”.[11]

Y en la voz “Ciudad Rodrigo” se encuentra:

En las aguas del río Águeda se pescan barbos, anguilas, tencas, truchas salmonadas y ranas, y en sus arenas hay partículas de oro que antiguamente fueron aprovechadas, pero dese hace mucho tiempo se ha abandonado su extracción por ser poco productiva[12]

Los modernos diccionarios enciclopédicos siguen registrando la noticia de las arenas auríferas del Águeda. Así, en la edición del Espasa-Calpe, de 1992, en la voz Águeda, leemos:

Río de España, provincia de Salamanca; nace en la sierra de Gata y desemboca en el Duero después de 130 km de curso. Sirve de límite entre España y Portugal; tiene numerosos afluentes y arrastra arenas auríferas”.
Foto 5. Actuales buscadores de oro en un río alemán

* Centro de Estudios Mirobrigenses.
[1] F. J. SÁNCHEZ PALENCIA y M. RUIZ DEL ÁRBOL, F. J: "Estructuras agrarias y explotación minera en Lusitania nororiental: la Zona Arqueológica de Las Cavenes (El Cabaco, Salamanca)". En J.-G. Gorges y T. Nogales Basarrate (coord.) Sociedad y cultura en Lusitania romana. IV Mesa Redonda Internacional: 343-358. Mérida 2000; F. J. SÁNCHEZ-PALENCIA, M. RUIZ DEL ÁRBOL y O. LÓPEZ: Propuesta de declaración como Bien de Interés Cultural: Zona Arqueológica de Las Cavenes (ZAC) (El Cabaco, Salamanca). Instituto de Historia. CSIC. (Memoria inédita). Madrid 2000; M. RUIZ DEL ÁRBOL y F. J. SÁNCHEZ-PALENCIA: “La investigación de paisajes culturales y su valoración como zonas arqueológicas: La zona arqueológica de Las Cavenes (El Cabaco, Salamanca)”. ArqueoWeb número 3 (1), abril 2001, www.ucm.es/info/arqueoweb/numero3_1/dossier3_1E.htm; 1997; M. GÓMEZ MORENO: Catálogo monumental de España. Provincia de Salamanca. Valencia 1967, pág. 53; C. MORÁN: Reseña histórico-artística de la provincia de Salamanca. Salamanca 1946, pág. 29; J. MALUQUER: Carta arqueológica de España. Tomo IV. Salamanca. Salamanca 1956, pág. 53.
[2] GARCÍA Y BELLIDO: España y los españoles hace dos mil años, según la “Geografía” de Strábon. Madrid 1945, Reed. 1980, pp. 86-88.
[3] GARCÍA Y BELLIDO, A.: La España del siglo primero de nuestra era (según P. Mela y C. Plinio). Madrid 1947. Reed. 1982, p. 188.
[4] Departamento de El Bastón de la muy noble y muy leal Ciudad de Ciudad Rodrigo. Año de 1770. Ed. Madrid 1929, pág. 29. Reed. Provincia de Salamanca, revista de estudios, nº 2, marzo-abril 1982, pág. 261. Salamanca.
[5] A. PONZ: Viage de España. Tomo XII, Madrid 1788, pág. 337.
[6] S. MIÑANO Y BEDOYA: Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal (1826-1829), t. I, pág. 52.
[7] F. PAULA MELLADO, DE: Recuerdos de un viage por España. Primera y segunda parte. Castilla, León, Oviedo, provincias vascongadas, Asturias. Madrid, 1849. Reed. facsímil, Madrid 1985. Tomo I, pp. 133.
[8] P. MADOZ: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid, 1845-1850. Reed. Ed. Ámbito, 1984, Salamanca, ed. facsímil, pp. 30 y 100.
[9] M. GONZÁLEZ DE LA LLANA: Crónica de la provincia de Salamanca. Madrid, 1869, pág. 60.
[10] J. VÁZQUEZ DE PARGA Y MANSILLA: Reseña geográfica-histórica de Salamanca y su provincia. Salamanca, 1885, pág. 75.
[11] Tomo III, Ed. Espasa-Calpe, pág. 603.
[12] Tomo XIII, Ed. Espasa-Calpe, pág. 561.

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