La Crónica de Benavente

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martes, febrero 21, 2006

Romper y fracturar (I)

Sinónimos o antónimos
1. Romper
José I. Martín Benito

Romper es separar una unidad, hacerla fragmentos. En la ruptura o rompimiento puede haber intencionalidad o ser fruto de la mera casualidad, que es lo más común. “Se cayó el jarrón y se rompió”. No pasa nada, si uno es habilidoso la pieza se puede recomponer; basta paciencia y un buen pegamento. Lo malo es si el jarrón era el de la abuela o si el accidente tuvo lugar en un museo y la porcelana era de la dinastía Ming. Entonces sí, entonces se puede hundir el cielo.
Siempre hay remedio cuando algo se rompe. Aunque sean las narices; lo más que puede pasar es que el tabique nasal quede desviado, pero hoy, con las modernas técnicas de la cirugía facial, le pueden dejar a cualquiera unas napias que ni los mismísimos Ovidio Nasón o Cirano de Bergerac. Puestos a buscar apéndices nasales, la de la propia Cleopatra: ¡qué nariz!.
Por lo tanto, romperse tiene algo más de accidente que de intención. Aunque ésta también entre en juego: “O jugamos todos o rompo la baraja”; y, claro, ante tamaña amenaza a uno no le queda más remedio que dar participación a todos o pone a buen seguro las cartas, no vaya a ser que pinten bastos.
Ahora dicen también algunos eso de que España se rompe. Ya lo decíamos ayer. Ni que este país fuera un simple y frágil huevo a punto de espachurrarse. Lo que verdaderamente se rompe, a veces, son las buenas maneras, el estilo, la tolerancia y el respeto. Cuando eso sí se rompe, la convivencia se resiente.
Y es que hay quien piensa que todo sirve, que lo mismo vale para un “roto” que para un descosido. Será mejor que quien esto sustenta se vaya a ver romper las olas, que esas hacen menos daño, sobre todo si se ven a distancia.
Pero da igual, hay quien no ve más allá que “Rompetechos” y por eso se dará de bruces contra el mismísimo amor. Lo peor no es ser un “rompecorazones”, sino que se lo partan a uno. A Carlos Cano, una noche de abril, de luna y claridad, se le rompió el corazón y el lamento se escuchó desde Ayamonte hasta Faro.
Foto: Rompeolas, en San Sebastián. Joaquín Sorolla, 1917.

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