La Crónica de Benavente

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martes, febrero 14, 2006

Robar y saquear (I)

Sinónimos o antónimos
Robar
J. I. Martín Benito


Robar es hurtar, distraer, separar... El que roba siempre lo hace a escondidas, con sigilo, para que no se note. Hay algo de anonimato siempre en el robo. El que roba no quiere ser descubierto. Por eso, los que lo hacen a mano armada o a punta de navaja se tapan la cara. El robo no tiene rostro ni se busca que lo tenga. Algo desaparece y nos preguntamos cómo ha sido; miramos a nuestro alrededor y no lo hallamos. Puede que los distraídos seamos nosotros o que el mismísimo Caco se haya colado en nuestros aposentos. Entonces quedan dos opciones: o resignarse o rezar a San Antonio.
Será por lo arriesgado, pero en ocasiones el robo ha sido mitificado y el ladrón elevado a la categoría de héroe. Claro que depende del destinatario del hurto. La sabiduría popular ha perdonado al que roba a un ladrón, otorgándole cien años de perdón, sin necesidad de que vaya al confesionario. Así que, bajo esta apariencia, los villanos pueden alcanzar el firmamento, como el mismo Robin Hood o el ladrón de Bagdad. Ya en época contemporánea hablamos del “robo del siglo” y los rotativos y las televisiones pasean y ensalzan a sus protagonistas. Que se lo pregunten a Ronald Biggs, el asaltante al tren de Glasgow, o también al mismísimo Dioni, “uno de los nuestros”.
El robo es tenido, a veces, como una proeza, casi como una prueba, por mucho que las religiones del libro se empeñen en condenarlo. Y es que hay robo de guante blanco o de guante fino y robo bajo la apariencia de una venta. En el robo puede mediar el engaño, como le ocurrió a Esaú, al que Jacob le sustrajo la primogenitura por un simple plato de lentejas. Y es que ya lo dice un castizo: "más cornás da el hambre". Hay también robos camuflados o fingidos, como el de la copa dorada que mandó introducir José en el saco de Benjamín.
Pero hablábamos del robo convertido en proeza. Hércules tuvo que sustraer los bueyes a Gerión y las manzanas del Jardín de las Hespérides y por ello, junto a otras aventuras, fue elevado a semidiós. Pero el atrevimiento de Hércules tuvo también su talón: dejó pacer la boyada sin guardián a orillas del Tíber y por allí apareció el tricéfalo Caco, el cual se llevó unas cuantas cabezas a su caverna.
Y es que desde la infancia aprendemos, inocentes, el arte de la sustracción. Los niños roban cerezas o manzanas (aprendices de Heracles) o le esconden el libro al compañero de pupitre. Estos ejercicios no dejan de ser travesuras iniciáticas que, en algunos, andando el tiempo, se convierten en afición desmedida.
Pero si esto es robar, saquear es otra cosa…
Escultura de Hércules y Caco en la Piazza de la Signoria de Florencia.
(Estad atentos, pronto hablaremos de lo que es saquear)

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