La Crónica de Benavente

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viernes, mayo 15, 2009

Crónica portuguesa (3)

DE TUMBAS Y TORRES
Por José I. Martín Benito *

No sabemos de dónde sacaron los viajeros que una de las tumbas de la iglesia del monasterio de los Jerónimos está vacía y que se corresponde con la del Rey don Sebastián, como dejaron escrito en cierta ocasión. Ahora, comprueban que los dos sepulcros del templo son el de Camoens y el de Vasco de Gama. Son los Jerónimos algo así como un panteón de glorias nacionales en miniatura. En el claustro está también, dicen las guías, la tumba de Herculano, el decimonónico historiador portugués. Los viajeros la buscan y la hallan, sostenida por seis leones; en uno de los frontales, le reflexión del finado: “Dormir? So dorme o frio cadáver, que nâo sente; a alma vôa e se abrica a os pès do omnipotente”.
Como en su primera visita a Lisboa, ya hace algunos años, en Belem se volvieron a encontrar con la luz atlántica, que ya creían esfumada por el tiempo lluvioso y nublado. Pero, finalmente, esa mañana el sol salió y tanto los Jerónimos como el monumento a los Descubridores volvieron a reflejar el blanco secuestrado. Cruces de Cristo, esferas armilares y cuernos de la abundancia se pegan a los muros del monasterio, con mascarones, clípeos y cordones, que el plateresco se llama aquí manuelino.
Los Descubridores encaran el Tajo y van precedidos, en pétrea proa –balsa de piedra-, por don Enrique, el Navegante; arengando o indicando el rumbo a “os bravos portugueses, incitando”, camino de la mar océana.
Sopla el viento en Belem. Por un largo paseo a la vera del río y guiados por la luz cegadora, un reguero de visitantes se dirige al reencuentro con la torre. Verde, blanco y azul protegen el icono. De nuevo, otra vez, la cruz de Cristo en los balcones y en el remate del primer cuerpo. La torre ha sido recientemente restaurada, como se encarga de recordarlo un cartel a la entrada, en un proyecto cofinanciado por el Instituto portugués del patrimonio arquitectónico y la Unión Europea. La entrada tiene lugar bajo las armas de Portugal escoltada por dos esferas armilares, que cuando se levantó la torre eran tiempos de epopeya lusitana.
A los viajeros les asalta la duda de saber si la torre es una pieza de ajedrez, enrocada para proteger a los monarcas. Pero el rey y la reina ya no están allí para contarlo, que Portugal es ahora una república, aunque espere todavía ansiosa la vuelta de don Sebastián, “El Deseado”, como reza su estatua en el jardín del obispo en Castelo Branco. Dicen que la torre nació para defensa del río, pero, bien mirado es el río el guardián de la torre. No obstante, a tenor de lo que hoy se ve, parece que ni lo uno ni lo otro. En todo caso, sea como fuere, la fortaleza ribereña ha mucho tiempo que fue tomada y nada impide ya la llegada tumultuosa de los extranjeros al corazón de la esencia portuguesa, si es que la esencia es el orgullo torrero, los navegantes y el tiempo perdido y nunca recobrado. Aquí, en la Torre de Belem, cada uno entra como pedro por su casa. Nunca la escalera de acceso estuvo tan apretada que, con los atascos de los que suben y los que bajan, aquello parece hora punta en una autovía de la capital. Sólo la azotea supone un pequeño alivio para los pacientes escaladores. Desde allí la vista se recrea en el río, en los Jerónimos y en toda Belem. Pero el instante tiene su contrapunto; si reconfortante es el cielo, de nuevo tendrán que soportar las angosturas y bajar de la cima, para encontrarse con tanta gente como peldaños tiene la escalera.
Por la tarde, los viajeros buscan el reencuentro con el Rossio y con la praça de Pedro IV. La estatua del monarca aparece ahora escoltada por una campana gigante, que estamos en vísperas de las Festas de Natal. Desde la praça de Figueira, poblada de palomas, y presidida por el retrato ecuestre de don Joâo I, se vislumbra, arriba, el castelo de San Jorge. Un avión surca las almenas; será el espíritu del alado dragón que de nuevo quiere tomar la fortaleza.
Los viajeros toman un tranvía con destino al Oceanográfico, que ocupa parte del lugar donde otrora estuvo la exposición universal lisboeta. El sol se ha puesto. Entre nutrias y peces, los visitantes se topan con un mar domesticado, sin asomarse a las abismales profundidades que surcan los fondos tenebrosos. Monstruos marinos que espantaron navegantes, pulpos, calamares gigantes y sirenas encantadas no vieron, que eso forma parte de la leyenda y aquí, como se ha dicho, las aguas están controladas y contenidas, ajenas a las borrascas atlánticas. Mejor así.
Las tinieblas libran la batalla con las artificiales luces. Los astros no titilan azules, que está nublado. Retornan los viajeros al corazón lisboeta par dar cuenta de un bacalhau a nata. El convento de Cristo les espera mañana en Tomar.

* 8 diciembre 2006
Fotos: Tumba de Herculano en Los Jerónimos; monumento a los Descubridores; ventana en Torre de Belem y monumento al rey D. Joâo I, en la praça de Figueira.

(Concluirá: La Cruz de Cristo)

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