La Crónica de Benavente

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jueves, marzo 12, 2009

Crónicas galas (y 6)

BAYONA
Por José Ignacio Martín Benito
Es tiempo de regreso. Los viajeros hicieron el trayecto a Bayona en una jornada de Viernes Santo, con desvío a La Rochelle, la vieja ciudad protestante. Por la mañana, antes de abandonar Nantes, visitaron el castillo de Ana de Bretaña, con el que se toparon todos los días durante su estancia en aquella ciudad. Allí entendieron, en el gran contenedor de la historia urbana, como el ducado fue engullido por Francia por alianza matrimonial, que en aquellos tiempos el casarse aportaba territorios, ducados y reinos. Pero no estamos aquí como cronistas, sino como espectadores ambulantes.
Son muchos los kilómetros que les separan de Bayona y todavía quieren hacer un alto en La Rochelle, el estandarte urbano de la Reforma francesa. No tuvieron demasiado tiempo para perderse por sus calles, así que fueron al puerto, se encaramaron a lo más alto de una torre, tomaron un café y buscaron el sur. Bordearon Saintes, Burdeos y llegaron a la ciudad del Nive en torno a las diez de la noche. Mañana visitarán la ciudadela.
* * *
Es Bayona ciudad de frontera, fortificada por sus cuatro costados. Hoy, Sábado de Gloria, las calles están regadas y ha salido el sol. Los viajeros se pierden por el mercado, mientras un grupo de ciclistas, tocando la bocina, reparten propaganda electoral, que estamos en época de las presidenciales francesas.
Bayona tiene dos castillos, el viejo y el nuevo. En el Château Neuf, sede de la administración del Musée Basque, los visitantes indagan la historia de la ciudad. Grandes plataneras crecen en el patio central, junto a una deteriorada ventana flamígera.
En el Château Vieux, los viajeros abrieron la puerta y entraron, sin preguntar. Apenas pueden asomarse a las salas des Gards y de Duguesglín, cuando advierten un taconeo apresurado y la voz de una señora que les advierte que el castillo es del Estado Francés, de uso militar y que el paso está prohibido. Los viajeros se miran entre sí; lo que menos quisieran es haber provocado una crisis de seguridad.
Así que, si la milicia no les acoge, será mejor buscar la protección eclesiástica y visitar la catedral. Por aquí también llegó el culto a San Martín, que goza de vidriera y capilla. En la de Saint Jacques, los vitrales muestran episodios de la Leyenda Aúrea; sin embargo, la imagen del Hijo del Trueno ha desaparecido y su lugar está ocupado por Saint Guré d´Ars. Un devoto ora delante de la imagen de Nuestra Señora de la Paz. En la catedral la confesión es vis à vis; no hay celosías por medio. Será así, piensan los viajeros, que hace mucho que dejaron de practicarla.
Pero el bullicio está fuera de los sagrados muros. Ya hemos dicho que es día de mercado y en los puestos callejeros se venden huevos, verduras, leche en botellas de agua… Un ciclista les entrega propaganda animando a la “insurrección electoral”.
Los viajeros, ahora sí, se perderán por las calles y tiendas. No vieron a Napoleón, ni a Carlos IV ni a Fernando VII, que estos debían estar muy ocupados en quitarse y ponerse la corona en sus reales testas. Así que dejémosles entretenidos, con sus cuitas y pactos de familia y pongamos rumbo a la vieja Iberia, que habrá que repostar las fuerzas en Donostia.
Foto: Puerto de La Rochelle; mercado de Bayona.

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