La Crónica de Benavente

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miércoles, enero 07, 2009

Crónicas galas (4)

GIGANTES DE PIEDRA
Por José I. Martín Benito
De Nantes a Vannes y de aquí a Locmariaquer. Los viajeros han venido buscando el menhir “brisé”, aquel gigante de 20 metros tumbado, abatido. Hasta los gigantes sucumben. Y es que tanto desafío a la verticalidad, tarde o temprano se acaba pagando. Los viajeros ignoran el David, esto es, el motivo de su caída, pero da igual, de nada serviría saber la causa. Tumbado está y así seguirá, dormido, fragmentado, en posición de derrota. Sin embargo, en otro tiempo, la enorme piedra debió ser la primera gran torre del mundo en el golfo de Morbihan.
Al gran menhir, como a Zeus, le salieron hijos por doquier, que poblaron Bretaña y se extendieron por el orbe megalítico de los Finesterres atlánticos. Muy cerca, los viajeros vieron uno reutilizado como estela funeraria en el camposanto de la población, entre cruces y cristos.
Pero si el gigante cayó, la semilla prendió y se multiplicó. Los alineamientos de Carnac parecen un ejército en formación. La milicia pétrea se extiende durante varios kilómetros entre Ménec, Kermario y Kerlescan.
Locmariaquer es conocida también, desde hace décadas, por el cultivo de las ostras. A buen seguro, cualquiera de los restaurantes de la zona las ofrecerá a sus comensales. Pero los viajeros no lo sabrán. Acostumbrados al hispánico horario, cuando se disponen a hacer un alto para alegrar el cuerpo, son pasadas las dos de la tarde. No son horas en Bretaña. Recorren hasta cinco casas de comida, pero les dan con la puerta en las narices: “la cuisine c´est fermée”. Así que, con el estómago vacío, deciden hacer de tripas corazón y continuar la visita a Kermario, el cuerpo central, la guardia pretoriana del ejército petrificado...


Dicen que Kermario en lengua bretona significa “aldea de los muertos”. Los viajeros no saben bretón, pero lo creen. Además, se muestran optimistas, después de tener la fortuna de encontrarse una crepería en mitad del campo, entre menhires, ovejas y praderas. Una antigua casa de labranza, adaptada como tienda de recuerdos de la tierra, ofrece también un tentempié a los despistados turistas. De esta forma, podrán remontar este alineamiento y visitar otro gigante, el de Manio, este sí enhiesto, en medio de un bosque y próximo a una escuela de equitación. Muy cerca, los soldados inmóviles continúan formados en Kerlescan, resistiendo el paso del tiempo.
Ahora los viajeros transitan por la península de Quiberon, estrecha lengua de tierra que desafía al Atlántico. Eolo ha hecho de las suyas y los árboles, tumbados por su fuerza, se inclinan hasta casi besar el suelo. Llegará un día que les suceda lo que al géant de Locmariaquer.
En Maré Kerionned encuentran los viajeros tres dólmenes y entran en sus entrañas. Más díficil se hace la exploración interior del túmulo de Baden. El pasillo, dobla en curva y no termina. No hay luz. Los exploradores penetran en el intestino del gigante, sólo asistidos por los instantáneos destellos del flash de su cámara fotográfica. Pero no logran llegar a su estómago, esto es, al centro de la cámara. Desisten y se dan la vuelta, camino de la bahía de las cien ínsulas. Descubrirán el golfo al contraluz y, con ello, la quietud o mansedumbre de las aguas.
Es hora de que el sol inicie su descenso. Son muchos los kilómetros que les separan aún de Nantes, donde tienen establecido su cuartel general. Pero han venido por segundo día a Bretaña y, todavía, Vannes les espera.

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