La Crónica de Benavente

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domingo, julio 12, 2009

Por la Ribera Sacra (2)

LAUDAS, VIÑEDOS Y CASTAÑOS
2 noviembre 2007

Por José I. Martín Benito
De San Esteban a Santa Cristina entre robles y castaños; por una carretera estrecha y serpenteante, que se adapta al terreno. Parece que todas las curvas son iguales y repetidas. Cuando hay algún claro y lo permite la geografía, se abren miradores sobre el río.
En Santa Cristina los frailes también se fueron, pero queda su huella en los castaños. Y es que época de magostos. En eso piensan los viajeros, que se afanan en hacer la recolección frente a los ábsides de la iglesia. Laudas sepulcrales de pretéritos y desconocidos abades se han integrado en los reconstruidos muros.
Abajo el Sil, quebrado, apenas es invisible por la fraga. Enfrente está la ribera lucense. Pero antes los frailes no entendían de límites provinciales, que eso vino después; los benedictinos cruzaban el río en barca y recogían los diezmos en las tierras que el monasterio tenía en ambas márgenes.
Dicen las guías que en la Ribera sacra hay dieciocho monasterios. Los viajeros no lo ponen en duda, pero no verán todos. Se conforman con los de San Esteban, Santa Cristina, San Pedro de Rocas y Xunqueira de Espadañedo. Estuvieron también muy cerca del de San Paio, pero tuvieron que girar sobre sus pasos si querían llegar a tiempo de poder navegar entre los riscos.
El agua está detenida, como un inmenso lago formado por la presa de San Esteban. La superficie plateada sólo es alterada por la estela del catamarán. El contraste de luz y sombra en las orillas cambia la faz de los altos paredones. El sol ilumina y calienta una de las dos orillas, pero en la otra dominan los grises y la sensación de frío aumenta. Los viajeros se abrigan hasta las orejas. Desde la embarcación, aquí y allá, viñedos escalonados. Unos activos, cuidados; en muchos, el único acceso es por el río. Otros abandonados, por causa de los desprendimientos de rocas, que se llevaron por delante cepas y bancales. Y es que aquí la tierra está viva. El agua y el hielo han modelado un paisaje cortado, para solaz recreo de garzas y cormoranes y alguna gaviota despistada. En algún momento, entre la espesura de los árboles y el roquedo, emerge al fondo la torre de un monasterio. Y es que las cosas cambian según sea la perspectiva; los miradores que, desde lo alto, se asoman al Sil, ahora están siendo observados desde el lecho del río.

Entre dos luces llegan los viajeros a San Estaban. Ya no hay cánticos ni rezos de horas en el monasterio. La paz ha dado paso al bullicio. Un trajín de gentes y vehículos se mueven en su entorno, buscando posada. En el antiguo cenobio enmudecieron las campanas. Tan sólo la presencia del camposanto, a la salida o a la entrada de la iglesia, según se mire, advierte a los viajeros que hoy es día de difuntos.
Pero los huéspedes de San Estaban –que son muchos- no parecen estar por la labor de visitar los cementerios y rezar por las benditas ánimas del purgatorio. Se han lanzado a recorrer la Ribera con las ansias de los ojos de los vivos, para llevarse en la retina de la memoria las sombras del Sil y el sol de los castaños.

Fotos: Río Sil; escultura románica de Santa Cristina y pantano de San Esteban.
(Continuará: Montederramo).

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