La Crónica de Benavente

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sábado, septiembre 26, 2009

Crónica de Barataria (1)

LA LEONA HERIDA
Por Fray Junípero Pimentel

Lo ocurrido la noche del jueves en el pleno de Barataria puso de relieve la complicidad del primer regidor con una rugiente y feroz concejala, que herida en su orgullo, arremetió sin piedad y con varias pausas para tomar aliento, contra un edil de la oposición que había osado –¡oh dolor!- pedir su dimisión.
Como en el relieve asirio del palacio de Asurbanipal de Nínive, la protagonista de la velada nocturna lanzaba sus desgarradores gritos, en forma de insulto, ante la atónita mirada de los presentes. En un abrir y cerrar de hojas, recurriendo al gran libro de la memoria, el torbellino echó mano de Mendizábal y Madoz, para saltar en una cabriola cronológica hasta Pepe Stalin y concluir –aquí dejó constancia de su ilimitada sabiduría- que “hay dictaduras tanto de derechas como de izquierdas”. Seguro que le aguarda la Academia.
Como por arte de magia, pasó de las llaves a la carpa, eso sí, repartiendo arañazos por doquier. Antes de proclamar en su largo soliloquio que el edil de marras no tenía dignidad *, hizo un alto en el camino, para encontrar el hilo argumental en el folio que sentenciaba al ostracismo y a la vergüenza al rival político. Por un momento, el iracundo fantasma de Medusa recorrió el caluroso salón de plenos. Fulminados por la mirada penetrante y el fuego verbal cayeron los ediles de la oposición que, asustados, abandonaron la sala. Como si se tratara de la primera bestia apocalíptica (Ap. 13, 5), parecían escucharse "palabras arrogantes y blasfemas" en el templo plenario de tan democrática corporación. Pero no hubo Perseo ni héroe alguno que hiciera frente al aullido de la fiera, que en insolente discurso, iba tomando aliento y descanso para seguir embistiendo.
Hubo quien pensó si no había retornado la Quimera. Como es sabido, era este un terrible monstruo con forma de león y cola de serpiente, que arrojaba fuego por la boca; la fiera asolaba los fértiles campos y devoraba personas y animales. Pero esa noche, allí, en el salón de plenos de Barataria tampoco estaba Belerofonte.
Fue así, por espacio de diez minutos, cuando se fue abriendo paso la España inferior de Machado “que ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza”.
Hubo momentos en la sesión plenaria que también se abrió paso la “España inferior que ora y bosteza”, cuando los asistentes se creyeron transportados a una homilía protagonizada por el primer regidor, que dio las gracias a Dios y casi interpretó el bolero de “alma, corazón y vida” de Los Panchos. Pero este, en todo caso, fue un asunto menor que el del rugido moribundo de la leona acorralada y herida del Museo británico.
Temblaron los cimientos de la improvisada Casa Consistorial, al tiempo que la noche se cerraba y llegaban las tinieblas. El primer regidor, sentado en su poltrona, contemplaba complacido y hasta casi jaleaba a la fiera que se defendía a zarpazos contra aquellos que habían cuestionado su intromisión en un asunto tan delicado como la vida de uno de los barrios de Barataria.
Y echándose así misma un bálsamo de Fierabrás, lamiéndose sus heridas y cantando las bondades de su gestión, fueron abriéndose paso a paso la incontinencia verbal de una serie de exabruptos sin límite.

Mientras retumbaba el rugido atronador, hubo un momento en el que los oyentes quisieron descubrir el pincel de Francisco de Goya y el cartón de El Pelele encima de la cabeza del presidente de la sesión plenaria. Pero esto sólo fue una pasajera ilusión. Si hubiera que pintar la escena, tal vez habría que echar mano del celuloide y pensar en la actriz mejicana María Félix en su inolvidable papel de "Doña Bárbara". Pero películas al margen, casi prefiero trocar “la leona herida” del British Museum por la “Quimera de Arezzo” del arqueológico de Florencia. Al menos, el broncíneo icono causa más espanto.


Foto: Leona herida (Museo Británico). Medusa, de Caravaggio, Quimera de Arezzo (Museo arqueológico de Florencia). El Pelele, de Francisco de Goya (Museo del Prado).


* Todo ser humano tiene dignidad y valor inherentes, solo por su condición básica de ser humano. El valor de los seres humanos difiere del que poseen los objetos que usamos. Las cosas tienen un valor de intercambio. Son reemplazables. Los seres humanos, en cambio, tienen valor ilimitado puesto que, como sujetos dotados de identidad y capaces de elegir, son únicos e irreemplazables.

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