La Crónica de Benavente

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lunes, agosto 07, 2006

Crónicas mallorquinas (V)

De un hombre llamado Fidel
y de un amante desbocado

Por José I. Martín Benito

En el Mirador de Ses Barques, con el puerto de Sóller como fondo, los viajeros compartieron comedor con Fidel.
Fidel es vecino de mesa y habla por los codos, ya sea a través del teléfono móvil o con su mujer, una hispano-americana de su misma edad, con la que recientemente acaba de contraer matrimonio. Ha venido a la isla en viaje de novios y le cuenta a su interlocutora, al otro lado del auricular, lo que ha encontrado en Mallorca y lo feliz que es en su nuevo estado.
A través del móvil y en el inmenso espacio del comedor, Fidel habla alto, sin importarle los otros comensales. Cuenta lo feliz que es y arremete “contra los hijos de puta de los catalanes”. Su mujer no habla. “Bastante tiene con oírle”, piensan los viajeros. Tal vez se limite a escuchar los mítines telefónicos de su marido.
Fidel es un cuarentón que lleva gafas metálicas, viste camisa azul de manga corta y se peina a lo “Anasagasti” intentando ocultar una avanzada calvicie. Allí, en la Serra de Tramontana, Fidel, un hombre de empresa, está pletórico y habla, ya se ha dicho, por los cuatro costados. Entre otras cosas hace notar la diferencia de la radio. Por lo visto, las emisoras que él ha sintonizado en Mallorca “dan gusto, pues hablan en castellano”, dice, “mientras que en Cataluña sólo lo hacen en catalán”. Luego asegura que en su carnet figurará la nacionalidad española toda la vida, para añadir también que él es de derechas (como si los viajeros no lo hubieran notado).
Fidel lleva a cuestas más de 1.000 kilómetros en su luna de miel y se le nota pletórico de dicha o de felicidad; a los viajeros no le cabe duda, al menos eso aparenta. Y es que se puede ser feliz y, a la vez, de derechas; no es incompatible.
Cesa, finalmente, la larga conversación a distancia. Hay un momento en el que Fidel y el viajero intercambian una rápida mirada, pues están frente con frente, a menos de cuatro metros. Las mujer de aquel se ha ausentado por unos momentos. Cuando regresa, los recién casados se disponen a dar cuenta de las viandas. De una paletilla de cordero, Fidel sólo deja el hueso. Su mujer, en cambio, ha dejado la mayor parte.
-No le ha gustado- dice el marido a la camarera cuando ésta recoge los platos. Él bebió cerveza; ella agua. Toman postre, café o bombón helado, que en eso no repararon los vecinos comensales.

***



A los viajeros les queda todavía cierto trecho para llegar al fin o al principio, según se mire, de la Tramontana y una ruta plagada de ciclistas. Subirán el puerto de Puig Mayor y rodearán los embalses que abastecen la capital de la isla antes de encaminarse a Pollensa en busca de un puente romano. Pero el objetivo está en el cabo Formentor y en Alcudia y la tarde avanza. Todavía podrán asomarse al vacío y presenciar la danza de dos amantes: el cortejo del mar con la cordillera. Aquel se acerca y besa las plantas de esta, en caricias tiernas o salvajes, que todo depende del furor amatorio. Pero cada embestida va dejando cicatrices y doblega lentamente la voluntad de la altiva montaña. El asedio es permanente. Seculares requiebros amorosos en forma de espuma, que dibujan grutas, minan y ablandan la firme voluntad y acaban por desmoronar a la doncella. Abajo se escuchan los gemidos o lamentos del mar sobre las paredes calizas. El ímpetu es constante. El agua entra y arranca las entrañas de la roca, haciéndola jirones, mientras la vegetación trata de proteger con un tímido manto su desnuda virginidad. Pero el mar es un amante desbocado y antes o después verá cumplido sus deseos.
Es esta una naturaleza agreste. La cordillera lanza aquí los últimos suspiros antes de buscar el descanso marino; sus crestas remedan el lomo erizado de un inmenso dragón que emerge de las aguas.
Como sucede casi siempre, lo que se ansía tarda. La intrincada carretera no parece tener fin. Cuando después de varias subidas y bajadas los viajeros llegan al finisterre mallorquín, el sol se está poniendo entre la bruma. El faro no tardará en orientar a los argonautas que naveguen por esta parte de la isla. Por eso, los viajeros se detienen menos tiempo del que han invertido en llegar. Habrá que darse prisa para llegar a Alcudia, rodeando antes la bahía de Pollensa.


Fotos: Puerto de Sóller desde el mirador de Ses Barques, puente de Pollensa y zona del cabo Formentor en las cercanías de Pollensa.

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