La Crónica de Benavente

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jueves, octubre 19, 2006

Crónicas mallorquinas (VI)

ALCUDIA: Del ocio al descanso
Por José I. Martín Benito

Los viajeros llegaron a Alcudia al caer la tarde. La luz se iba yendo a jirones. Por eso, apenas si tuvieron tiempo de pasear por la ciudad. Pero tenían que hacerlo. No fue difícil penetrar en su interior, toda vez que las murallas, por estar incompletas, ya no impiden el paso a los forasteros.
Así es. La ciudad les recibe exhibiendo sus puertas y algún que otro paramento, pero, después, tan galanos muros desaparecen y ya no los volverán a encontrar hasta que hayan cruzado la urbe camino del naciente.
Los visitantes han venido a Alcudia para llevarse un testimonio. Por eso deben hollar las calles y empaparse de su aroma arquitectónico, temiendo ser examinados a la vuelta. Tanto les habían hablado de la civitas de la bahía que, a pesar del maratón por la Tramontana, de los ciclistas y de la cola del dragón en Formentor, tenían que verla. Y la vieron, sí; y la disfrutaron, también.
Todavía tuvieron tiempo los viajeros de buscar el teatro romano. Lo hallaron entre palmeras y cipreses, o al menos eso recuerdan. Este espacio, otrora bullicioso, se convirtió con el transcurso del tiempo, en camposanto. El graderío, excavado en la roca, fue perforado y usado como necrópolis. Las glorias mundanas se tornaron en silencio. Del ocio al descanso. De la representación a la muerte. Del bullicio –ya se ha dicho- a la quietud.
“De todo apenas quedan las señales”. Unos y otros se fueron. Lo hicieron las voces de los actores, los aplausos de los espectadores... Se fueron también los huesos de los muertos; al menos sus despojos no están allí.
En cualquier caso, todo forma parte de la representación del Gran Teatro: los viajeros, la naturaleza -desbocada o no-, la ciudad -la real y la soñada...; en suma, la vida y, finalmente, también la muerte con la caída del telón.
Pero dejemos el mundo y volvamos al teatro con minúscula. Aunque la construcción conserva el arranque de la scena, esta también desapareció. El frente escénico fue sustituido por árboles y arbustos, con un panorama lejano que trocó las insulae por los bloques de viviendas, más altos y desafiantes que sus romanos predecesores.
En la entrada o en la salida (según se mire) del yacimiento, una gran placa metálica informa de la fundación de la ciudad en época republicana, de su esplendor y decadencia, así como de los trabajos arqueológicos en busca del pasado -perdido y tal vez olvidado- en aquellos espacios de eternidad.
Del crepúsculo a las tinieblas. Cuando los viajeros salen del recinto ya ha anochecido. Atrás quedan las ruinas que, pese a la sentencia de Lucano, siguen aún permaneciendo. ¡Quién sabe por cuánto tiempo!
Los viajeros hubieran querido disfrutar más de Alcudia, pero la hora manda y también la luna, al completo. Al menos se llevan muchas imágenes en la retina – no sabrían decir cuántas- y otras tantas en el archivo de la cámara digital.
Es hora de regresar a Palma; lo hacen por la misma carretera que les llevó a la capital el día de la arribada. Pararán en Inca, pero sólo para cenar. A estas horas, el cuerpo no quiere dar libertad al espíritu. Y hace bien.


Fotos: Murallas de Alcudia y teatro romano.

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