La Crónica de Benavente

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miércoles, marzo 12, 2008

La coronela (y III)

EL PLUMILLA
Por José I. Martín Benito

Después de pasados dos maridos, un desengaño amoroso y muchas noches de luna y clavel, Manolita rodó de mano en mano, pero sólo en las que quiso.
Con treinta y cinco años se convirtió en el poder indiscutible de la villa. A su casa venían, en ocasiones, el gobernador y hasta el mismísimo obispo, desplazados ex professo desde la capital, por la necesidad de pedirle consejo en alguna empresa o, simplemente, por conseguir sus influencias frente a terceros. Y es que, a pesar de su disipada vida, Manolita no descuidó sus obligaciones con la Iglesia. Devota de la Virgen de los Remedios no faltaba ningún año a su novena y hacía importantes donaciones al santuario.
-El pecado sólo está en los ojos de los hombres, no en mi corazón-, acostumbraba a decir a su confesor, por lo que este recriminaba su soberbia y le recordaba que uno de los pecados de los que debía guardarse era del de orgullo.
Aún así, procurando estar a bien con Dios y menos con los hombres, a los que consideraba meros guiñapos, que corrían hacia ella con sólo mover un dedo, había algo que todavía le tenía turbada, que le provocaba insomnio y que no había sido capaz de domeñar.
Se trataba de hacerse con la voluntad de aquel plumilla de “La Voz de Rocópolis”, al que, en un principio, había declarado la guerra. Como fuera que la presa era más resistente que lo que ella había supuesto en un principio, cambió de estrategia. Lo intentó con halagos y zalamerías, con una cena a solas en el reservado de la Puerta del Cielo e, incluso, con una insinuación en toda regla, pero el plumilla siguió mostrándose contumaz e indoblegable.
Burlada en su propia casa y despreciada por primera vez, decidió pasar de las palabras a los hechos. Reunió al comité de notables del partido e hizo firmar al alcalde un decreto, que ella mismo había redactado, por el que se desterraba a Santiago de Cazem –la antigua Miróbriga- al irredento periodista. El gobernador le hizo saber que aquello rebasaba las competencias jurisdiccionales, pues el destierro, aunque contemplado por las leyes, no preveía el lugar de origen en otro país y, mucho menos, el lugar señalado, por lo que el apuntar a la ciudad algárvica invadía la soberanía portuguesa.
Sea como fuere y, tal vez porque la amenaza se extendió también al gobernador, las autoridades locales y provinciales se dispusieron a acatar las órdenes de la coronela. El director del periódico local fue detenido por dos alguaciles y puesto en la estación del ferrocarril con un billete para Portugal, en el que se había escrito a mano: “A los confines de Miróbriga”. Seguidamente, las brigadas municipales procedieron a derribar el inmueble donde estaba la redacción y la propia rotativa del semanario.
Retirados los escombros y sembrado el solar de sal, Manolita decretó el secuestro de todos cuantos ejemplares pasados y presentes del denostado semanario hubiera en la villa. Los buscó en la biblioteca, en arcas, desvanes y trastiendas, en las repisas de las alacenas y en los envoltorios de las castañeras; hasta ordenó inspeccionar el papel de las letrinas por si entre alguno de los recortes se hallaran retazos del maldito semanario. No satisfecha con eso, mandó emisarios a los suscriptores de la capital y aún de la Corte, para que le entregaran cuantos números tuvieran. Obtenidas las preseas, todo lo incautado ardió en la plaza pública el 24 de enero, festividad de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
Aquella noche dormiría, por fin, a pierna suelta, se decía. Se equivocó. A las tres de la madrugada las campanas de la torre de la iglesia comenzaron a sonar: no sabría decir si el sonido era el de un repique o el de un toque de difuntos o, tal vez, una simbiosis de ambos. Saltó de su cama y en camisón salió a la calle. Observó que allí también se habían ido congregando decenas de vecinos. Estaba nevando. En lo alto de la torre, junto a las campanas, tres grotescas figuras -en las que Manolita quiso reconocer a sus dos maridos y a Anthony Kruger- arrojaban cientos de copos, que al caer al suelo se transformaban en hojas volanderas de “La Voz de Rocópolis” y de Stetches in Spain.

Foto: El campanario, de Justo Manuel Mesa y Amores en la taberna.

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