La Crónica de Benavente

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lunes, septiembre 28, 2009

Recuerdos infantiles

EL TORAL DEL "CHERI BOMBA" *
Por J. I. Martín Benito

Guardo pocos juguetes de mi infancia. Entonces los regalos de Reyes duraban todo el año. A veces, ni eso, sobre todo si era mazapán lo que solían dejar en casa de la abuela. Recuerdo que mi hermano Juan Carlos, al ser más pequeño, disfrutó de más juguetes que yo, pero también los fundía antes.
Los que más me gustaban eran “los indios”. Aquellas figuras de plástico que se compraban en el quiosco por poco más de una peseta. Luego subieron a 3, después a 5. Eran minúsculas figuras de no más de seis o siete centímetros, con las que los niños nos entreteníamos. Las había también mayores que, por su precio, escaseaban.
Mi primo y yo teníamos varias, que juntábamos en una caja en el desván. A veces le pedíamos a nuestro amigo Andrés que sacara el fuerte: un complejo de madera que era la admiración –no sé si la envidia- de todos los muchachos. Y allí en su puerta, o en las vecinas “lanchas” del señor Luciano, desplegábamos los ejércitos de indios y vaqueros.
Andrés tenía también algunas figuras de mayor tamaño que le habían regalado sus tíos. También mi primo Luís Mari disponía de un jefe indio de gran plumaje y rifle en la mano.
Pero la admiración de todos era el “Cheri Bomba”. Y ese era mío. Un año me lo trajeron los Reyes y fue la admiración de todos mis amigos.
-Andrés, saca el fuerte- le decíamos.
- Vale, pero tu traes “el Cheri Bomba”.
Y yo iba a casa a buscar al vaquero. Le llamábamos así, “Cheri” (entonces ninguno de nosotros sabía inglés), porque tenía unas estrellas en los pantalones. El personaje iba bien armado: dos cananas a la cintura con sendas pistolas, rifle en la mano izquierda y un cartucho de dinamita –la bomba- en la derecha, a punto de ser arrojado. Recuerdo que también tuve otra figura de estas, de las grandes; era “El Peladilla”, un indio con la cabeza afeitada y de duras facciones, que un día me regaló mi prima Fe. No sé que fue del “Peladilla”. El “Cheri Bomba” lo conservo. Un día lo reencontré en casa, en Ciudad Rodrigo, y lo traje para Benavente. Aquí lo tengo, en un estante de mi librería.
Cuando miro al “Cheri Bomba”, me acuerdo de Andrés, de Manolete, de Javi y de mi primo Luís Mari; me acuerdo también de los hermanos Casimiro y Pedrito Ratero Mateos (que luego fue ciclista), de las redes, barbos y bogas del señor Ángel, el pescador y de aquella infancia en el Arrabal del Puente; y de “La Encañería”, la fuente en la que más de uno se cayó al intentar beber agua.

“El pelón de la alegría
se cayó en la encañería
por coger un caramelo
de los mas gordos que había”.

Esto cantábamos, haciendo burla del que, para desgracia suya y algazara nuestra, se había dado el chapuzón. Yo nunca me caí. Era demasiado prudente, por no decir que, lanzarse desde el brocal al pilar central, me imponía más que respeto–lo confieso. Sólo cuando tuve ocho o nueve años comencé a lanzarme con cierta seguridad . En ocasiones algún espabilado vaciaba la fuente, quitando el tapón inferior. Entonces el agua fluía y los chavales –alborozados- colaborábamos en equipo, amontonando tierra para hacer una cadena de efímeras presas que trataban de detener la furia del provisional torrente, pero que pronto se desbordaban o rompían.
Eran tiempos donde todo giraba en torno al Toral, la gran plaza del Arrabal del Puente, junto a las viejas escuelas; El Toral servía lo mismo de campo de fútbol -aprovechando un negrillo como poste de una de las porterías-, que para jugar al “hinque”, al “burro”, al "guá" o a “los toreros” (llamábamos así a las recortes de las cajas de cerillas, que coleccionábamos en cajas de galletas y nos los jugábamos a las “piezas” o al “pelín”). Allí, en El Toral, estaba la fragua de Paco, el carretero, el padre de mi amigo Andrés, al que un mal día la traidora parca le paró el corazón. El Toral era también el escenario de la hoguera de San Antón, que precedía a los ricos “panecitos” del 17 de enero y a los lotes del aguinaldo colgados en la pared de la iglesia de Santa Marina.
Jugando a los “toreros” en El Toral. 1970.

¡El Toral! improvisado anfiteatro, donde los aprendices de gladiadores o de Robin Hood nos batíamos con las espadas de madera que nos hacía Queru, el tío de Andrés, en su carpintería próxima al regato. El Toral, donde una vez un inmenso toro negro se le escapó a los Malmierca y se adueñó de la plaza, mientras, entre los gritos de las mujeres, los muchachos más ágiles subían a las tapias del matadero y el que menos -yo- se escondía, temblando en un rincón del corral de Nava por temer la llegada de la bestia.
Todo aquello sucedió en un tiempo en el que los Reyes Magos no venían ni en tractores ni mucho menos en modernas carrozas precedidas por cortejos de oropel; pero venían, y eso era lo importante. El año del “Cheri Bomba”, los mágicos personajes debieron entrar en mi casa , como lo habían hecho otras veces, trepando por el balcón que daba al Toral, pues mi padre, a pesar del frío, dejaba entreabiertas las puertas antes que nos durmiéramos.

Escuelas del Puente, junto al Toral. 1970.

Ahora que escribo estas líneas, me acuerdo también de mi maestra, doña Joaquina, encaramada sobre la tarima de madera de la vieja escuela, enseñándonos canciones y la tabla de multiplicar; me acuerdo ¡cómo no! de la leche en polvo que nos daban en el recreo y para la que hacíamos cola; recuerdo salir, al caer la tarde, a esperar a mi abuelo, que venía de La Encina hasta Ciudad Rodrigo las vísperas de las Ferias a lomos del burro “Pardo”. A mi memoria vienen también las casetas que hacíamos el día del Corpus, una vez pasada la procesión, con las ramas de los árboles que engalanaban las paredes de las calles. Y recuerdo también, ¡cómo olvidarlo!, el ruido de las carracas en Semana Santa, el “Monumento” y la salida el Domingo de Ramos de “La Borriquilla” (que esa era nuestra) camino de la Ciudad.
La memoria me trae una mezcla de imágenes y sonidos: las crecidas del Águeda y el refugio nocturno en Las Tenerías, cruzando el puente de piedra para ponernos a buen recaudo; la música de los titiriteros y el bailar de la mona; el repique en los días de fiesta; la subida al campanario en las tinieblas del invierno por aquella crujiente escalera de madera, temblando los monaguillos ante la hipotética aparición de un fantasma. Pero lo que me estremece todavía es el recuerdo del doblar de las campanas que anunciaron aquel domingo muy de mañana la muerte de Alejandrito, a quien el juego del carburo se lo llevó.
Y todo eso me trae a la memoria este vaquero que me acompaña desde mi niñez, este “Cheri Bomba”, osado e intrépido, testigo mudo del paso del tiempo y de una infancia irrepetible.
* Una primera versión del "Cheri Bomba" la publicamos en este blog el 3 de marzo de 2006. Hoy la hemos ampliado.

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