La Crónica de Benavente

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jueves, julio 10, 2008

El viaje del magistral (5)

MORADA HUMILDE
Por José I. Martín Benito

Según supe mucho tiempo después, por las noticias de un arriero maragato, dos falsos peregrinos, acusados de robar y matar a un caminante en Sarria, en el reino de Galicia, habían sido llevados a la picota. Por las señas que el arriero me dio, debían ser los mismos que me asaltaron en Mosteruelo. Dios tenga piedad de sus almas.
Como se acercaba la noche, el pastor encerró sus ovejas en un aprisco próximo a su cabaña y dejó allí, como guardianes, tres perros mastines con sus carlancas, pues en época de escasez los lobos bajaban desde Carpurias, según me dijo.
Nunca una humilde morada, como la que me acogió aquella noche, me pareció tan agradable. En aquellas cuatro paredes vivían cinco personas: el pastor, su mujer y sus tres hijos, todos de corta edad. Esa noche compartieron conmigo su cena: un caldo de berza, tocino y unas sopas de leche. El pastor me contó que el ganado era del conde de Benavente, como todo aquel monte y que no era la primera vez que en aquella espesura había habido algún asalto; y todo ello a pesar de los desvelos de su excelencia, que procuraba tener limpios los caminos de su villa, sobre todo por favorecer no sólo el comercio, sino también el tránsito hacia Santiago, del que era, como todos sus antepasados lo habían sido, un fervoroso devoto.
Aquella noche dormí sobre un montón de paja, cerca del rescoldo del fuego, mientras fuera soplaba con fuerza el aire y se oían lejanos los aullidos de los lobos, que esa noche, al menos, no osaron acercarse al aprisco.
Antes de conciliar el sueño di gracias a Dios por haberme mandado a su ángel en forma de pastor y poder dormir bajo techo y caliente. Y viérais allí todo un magistral de la catedral de Astorga, durmiendo en el suelo, en aquella modesta choza; y así me tuve por dichoso, pues también Nuestro Señor Jesucristo quiso venir al mundo en una cabaña, tuvo por cuna un pesebre y los primeros en venir a verle fueron humildes pastores.
Desperté al rayar el alba, cuando ya mis benefactores me estaban preparando unas provisiones, a base de queso y de cecina, para poder seguir mi camino. Y me dije entonces que, aunque el mal acecha en cualquier recodo y nos sorprende inesperadamente, el bien se encuentra entre la gente sencilla, que ofrece y comparte cuanto tiene.
No me fue difícil andar la media legua que me separaba de Villabrázaro, en aquella radiante, pero fría mañana de un enero que tocaba ya a su fin. No así mi viaje, pues me separaban de Astorga todavía unas 12 leguas y, perdida la mula, debía hacerlas a pie.
En Villabrázaro me detuve para entrar en la iglesia y dar gracias a Dios por estar a salvo. Encontré allí al beneficiado, al cual me presenté y referí los pormenores de mi viaje. Tan sorprendido quedó de mi periplo que se ofreció a acompañarme hasta Herreros, distante una legua y yo, por no hacerle disfavor y porque prefería la compaña a caminar en solitario, acepté.

(Continuará...)

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