La Crónica de Benavente

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viernes, marzo 23, 2007

Cuaderno napolitano (2)

CIRCUMVESUVIANA
Por José Ignacio Martín Benito

El viajero escribe en el tren que les lleva a Pompeya. Son las 10,00 de la mañana y acaban de tomar hace unos minutos el ferrocarril de la Circumvesuviana. La escritura se hace difícil, con el balanceo y el tacatá. El tren funciona, sí, como todo en Nápoles, suponen. El trayecto se contempla para poco más de media hora. Es el tiempo que tardará en recorrer los cerca de 30 Km que separan la estación de plaza Garibaldi de las ruinas pompeyanas.
Un conglomerado de lenguas y razas ocupa, apretado, los vagones: familias italianas (algunos pasajeros leen “La Repubblica” o el “Leggo”); españoles, franceses, alemanes, africanos... No se busque aquí la comodidad, ni mucho menos el confort, pues no se encontrará. El tren del folleto informativo se parece, sólo en la forma, al que les lleva. En las polvorientas ventanas hay improntas de manos abiertas, que recuerdan a las pintadas en el interior de las cuevas paleolíticas. La carrocería exterior está completamente pintada de “graffiti”, que no sólo ocupan la parte baja del vagón sino que, en ocasiones, cubren parte del cristal, haciendo opaca esa parte de la ventana.
Al poco de salir de la estación, una niña cruza el pasillo central tocando el acordeón, precedida de un niño más pequeño, con un vaso en la mano que lo acerca a los pasajeros.
La Circumvesuviana es lo que aquí llamaríamos un tren de cercanías, casi un metropolitano, con múltiples paradas. Prácticamente desde la salida en la Stazione Centrale napolitana va bordeando el Vesubio. Apenas los viajeros se han dado cuenta de que el tren se ha detenido casi una decena de veces, cuando advierten de pronto el cartel que anuncia las excavaciones de Herculano. Suspiran los visitantes por la magia mítica del lugar, pero este, por ahora, no es su objetivo, que aquel se encuentra más allá, en la otra cara del volcán. Las estaciones se van sucediendo: Torre del Greco, Villa San Antonio... Pompeya se presiente cada vez más cerca.
Es entonces cuando sienten el aliento del Vesubio. El titán se levanta tranquilo, como un monte más; pero la furia, aunque aletargada, habita dentro. Desde esta cara se perciben claramente las escorrentías de lava que un día, hace casi dos mil años, sepultara Herculano, cara al mar.
Pero el volcán ha despertado varias veces desde entonces, el cráter ha cambiado y los cauces de lava también. En todo caso, complace a los viajeros la recreación histórica de que por esas laderas un día bajaron ríos de fuego. Pero esa complacencia es sólo desde la distancia del tiempo, pues la tragedia la padecieron las gentes del entorno circundante. Y es que el volcán da y el volcán quita. Hace dos mil años su incontrolado furor sepultó Herculano y Pompeya en un inmenso túmulo o sarcófago de lava. Hoy, abierta la inmensa tumba, llegan aquí peregrinos de todo el mundo para penetrar, tras atravesar Porta Marina, en el túnel del tiempo, en el gran escenario del romano imperio.
El tren sigue su camino hacia Sorrento. Ahora Leopardi. Pinos, palmeras y algún que otro eucalipto. Frutales en flor y chumberas. Hay también naranjos... y graffiti, muchos, en las paredes de ambos lados de la vía.
El día está soleado y el tren se detiene en Trecase. Toda la campiña está habitada. Las localidades se suceden, casi sin interrupción. Ahora sale al paso Torre Annunziata. Su antepasada fue también destruida por la erupción del 79, pero una nueva población surgió a comienzos del siglo XIV en torno a la capilla dedicada a la Anunciación, de donde la actual ciudad portuaria toma nombre. La siguiente parada será Pompeya, en las proximidades de la Villa de los Misterios. Los viajeros guardan la libreta y se disponen a bajar. Lo harán también otros muchos, precisamente los que se intuía que lo iban a hacer, pues lo delataban sus mochilas, sus libros y sus mapas. La gente del país ha ido bajando a lo largo de la ruta o seguirá viaje más allá, tal vez hacia Sorrento, pero eso los viajeros no lo pueden saber, aunque se lo imaginan.
La llegada a la entrada de la ciudad se convierte, de pronto, en un mercado. Y no sólo por los puestos callejeros que desde la estación han jalonado y orientado el recorrido de los visitantes, sino por las voces en varios idiomas de guías turísticos al ofrecer sus servicios. Van provistos de una tarjeta identificativa, que les garantiza su conocimiento del lugar y su oficio. Algunos turistas contactan con ellos. Unos guías tienen más fortuna y pronto forman grupo; otros tendrán que esperar. Por su parte, los viajeros prefieren hacer el recorrido sin prisa y perderse en solitario por el interior de la ciudad fosilizada. Suben por la calzada hacia Porta Marina y en poco más de un suspiro se encuentran en la vía que les conducirá hacia el Foro, dominado a lo lejos, pero a la vez tan cerca –como un frente escénico-, por la mole amenazante del Vesubio.

Foto: Circumvesuviana y Ruinas de Pompeya, con el Vesubio al fondo.

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