La Crónica de Benavente

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viernes, agosto 24, 2007

Por la Raya (y 4)

MONTE SANTO
Por José I. Martín Benito

En el siglo del califato, el cordobés al-Razi escribió que uno de los castillos del término de Egitania era “Montesanto, que es mui fuerte a maravella”, según la traducción castellana. Por eso se sorprenden los viajeros que en una moderna monografía sobre Extremadura en los geógrafos árabes, el autor confiese ignorar su localización.
No será porque el monte y su crestón rocoso no sean bien visibles desde la llanura. Aún desde Idanha-a-Velha asoma su cumbre, invitando a coronarla. Por eso, apenas apuran los visitantes su estancia en el retiro de Wamba, antes que Febo decline y los espíritus morunos, amparados en la oscuridad, decidan entran en la ciudad por la poterna. Pero no hay comunicación rodada entre Idanha y Monsanto, por lo que los viajeros deberán volver sobre sus pasos o, mejor, sobre las ruedas, en dirección nuevamente a Medelim, para desde allí surcar el llano y encarar la montaña sagrada.
En la empinada subida a la roca no pueden por menos de recordar las vueltas a la Peña de Francia antes de alcanzar la cima y el santuario. Tiempo después, los viajeros se preguntarán qué deidad morará en la cumbre, pero sólo cuando hayan visto las cazoletas excavadas en el granito y la vieja ermita románica, cuyo antiguo sancta sanctorum se abre a estas horas a un cielo azul, previo al crepúsculo.
Seguramente fueron aquellas deidades las que preservaron a la población tras el ataque de los mouros que, envalentonados por haber finalmente arrasado Idanha, decidieron la conquista de la roca santa. Y es que los montes siempre han sido refugio de espíritus divinos y protectores. No lo dicen los viajeros sólo por la Peña de Francia, a donde todavía suben devotamente los romeros, sino porque recuerdan que muy próximo a su actual residencia, en los montes de León, está el Teleno, en el que según los astures romanizados moraba el espíritu de Marte. Pero no hace falta irse al norte. Basta quedarse en estas sierras del Sistema Central para entender los nuevos Parnaso de Apolo en occidente. Muy cerca de Monsanto está el pico Jálama, divinizado también en la romanidad. Además, a los pies de la Sierra de Francia extiende su “xaile no châo” Monsagro, otra cumbre sagrada, que fue señorío de los obispos civitatenses.
Con estas y otras divagaciones y, sin duda, con la ayuda de los dioses del roteiro, los visitantes se han plantado en las puertas de la población, dejando su mecánica cabalgadura en el mirador que se orienta hacia poniente. Se sorprenden por la batería de cañones desplegada apuntando al interior del país, cuando la amenaza siempre vino del este o del sur, como aquella vez en que el duque de Berwick, al frente de un ejército franco-español tomó la villa. Pero de aquello hace ahora trescientos años, mucho antes de los tratados unionistas de Madrid y Maastrich. Así que, los portugueses han sacrificado en este caso la historia por la decoración.
Monsanto es también una de esas “aldeias históricas de Portugal” tocada por el maná de los euros del Rhin. Pero tiempo atrás, a finales de los años cuarenta del pasado siglo, el lugar ostentó otro título, el de “aldeia mais portuguesa”, mientras otros países andaban entretenidos “à escolher a Miss de tal cidade ou de tal praia”, según las contemporáneas palabras de António Ferro.
Decididos a llegar a la cumbre del castillo, los viajeros emprenden la subida, refrescándose en las fuentes que encuentran a su paso. Deberán darse prisa, pues el sol ya hace que inició su descenso. Enormes bloques graníticos amparan y cimientan la otrora inexpugnable fortaleza, construyendo incontables grutas, a la vez que parecen amenazar la población. Sin prisa, pero también sin pausa, los visitantes se han plantado delante de la barbacana de la Puerta del castelo. No son los únicos. Siluetas entrecortadas por los rayos de la puesta solar circulan por las murallas o se asoman al aljibe. Ya hemos dicho que hoy es día de Todos los Santos, pero otra cosa sería si fuera el día de la Cruz; entonces el castillo estaría lleno de monsantinos, para rememorar la leyenda del becerro y, cual soldados de Gedeón, arrojar por los peñascos los cántaros de barro. Al bajar del sagrado cerro, las mujeres dejarán “las marafonas” sobre el lecho nupcial, esperando la fertilidad y prevenir la casa de los rayos de las tormentas. Dicen que estas costumbres son para celebrar el levantamiento de un asedio moruno, dicen, sí.., pero es muy posible, piensan los viajeros, que las prácticas se remonten a arcanas costumbres, anteriores a romanos y godos, moros y cristianos. Monsanto tiene así su particular fiesta de las Panateneas, acrópolis incluida.
Entre cultos y ritos, dioses y fortalezas, la montaña va llenando de sombras el valle. A lo lejos, los viajeros entrevén el embalse del Marechal Carmona; sólo del lado oeste los últimos rayos cubren de plata la superficie del agua de los charcos, para escaparse de la cumbre por la ermita. Entre dos luces los viajeros bajan del castillo y se dirigen al punto de partida. Los pueblos van pasando; otra vez Medelim, la aldea de Joâo Pires, Penamacor y Malcata. En alguno de ellos, al lado de la carretera, varios cazadores se amontonan ante una docena de jabalíes, cobrados en la montería. Tras muchas curvas entrarán de nuevo en Sabugal... El regreso a Ciudad Rodrigo lo hacen, ya se ha dicho, con las lágrimas de Dulce Pontes. Los viajeros cruzan el Águeda abrazados al “fado da mouraria”, con el destino marcado, acompañados da lua e de uma estrela brilante.

Fotos: Panorámicas de Monsanto,

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martes, julio 24, 2007

Por la Raya (3)

REY WAMBA
Por José Ignacio Martín Benito

Los viajeros han almorzado en Sabugal, después de haber visitado el exterior del castillo de la altiva torre. Por instantes, les vino a la memoria la gran cucaña de Beja, en las tierras alemtejanas. Hay momentos en que el aire sopla fuerte y frío, por lo que buscan el amparo entre las paredes de la estrecha calle de Aljubarrota. Buena abrigada para tan magnífico desastre. Pero no es tiempo de sacar aquí las viejas cuitas, que hace mucho se saldaron. Así que, lo mejor, se dicen, es ir en busca de un buen bacalhao o de un bistec de vitela, con la acostumbrada guarnición del país.
Sosegado el cuerpo, parten hacia Penamacor, atravesando la reserva de la sierra de Malcata, entre helechos y robles. Es éste el dominio del lince ibérico, el último bastión que disfruta el felino en Portugal.
Al otro lado, en la vertiente sur de la sierra, está Penamacor; su posición es parecida a la de Alfaiates. También aquí se conserva parte del recinto murado y la torre del castelo. Pero los viajeros no se detendrán, pues la tarde apremia y su deseo es entrar en Idanha-a-Velha y, luego, en Monsanto. La carretera se dirige hacia la Aldeia de Joâo Pires. Varias cartelas tientan a hacer un alto y visitar el museo y otros lugares que se anuncian. Pero no, lo dejarán para otra ocasión, quién sabe cuándo.
Medelim es el cruce donde se bifurca la carretera y, según las guías, la aldea de los balcones. Los viajeros, con prisa, la cruzaron, por lo que no pudieron ver ni subirse a las barandas. La villa, se dicen, tiene nombre de cárter colombiano, sí, pero también de ciudad extremeña. En cualquier caso, la portuguesa es mucho más pequeña que sus homónimas y, como una exhalación, la pasan camino de Egitania.
A eso de las cinco de la tarde, la vieja Idanha se entrevé entre las colinas del Ponsul, salpicadas de olivos. Antigüedad y modernidad se dan la mano. Recias murallas con sillares de granito salen al encuentro de los viajeros. Los fondos FEDER han habilitado aquí un paseo de ronda metálico y han rescatado derruidos paramentos. Pero no será el único milagro. Los viajeros se dirigen hacia la pequeña oficina de turismo, con suelo transparente, que deja ver muros y cimientos de una antigua construcción. Allí les aconsejan visitar la catedral, antiguo edificio paleocristiano, luego baptisterio visigótico y, finalmente, basílica altomedieval. Antes de entrar en su interior, los viajeros la rodean y salen de la ciudad por la puerta sur. Un lugareño les llama la atención sobre la poterna bajo la muralla y les habla de las entradas y salidas de los “mouros” en un tiempo impreciso, que se le debe antojar mítico y somnoliento.
Quién sabe si por aquella puerta no entraría también en repetidas ocasiones aquel labriego llamado Wamba, con su yunta de bueyes, antes de recibir a los emisarios que le hicieron llegar la oferta del reino visigodo. En algún lugar de Idanha –los viajeros no lo vieron- está un viejo fresno en las márgenes del río, heredero del cayado que floreció y que obligó al labrador a reconsiderar su primera negativa. Todavía, a finales del siglo XV, Duarte Darmas pintaba el “velho freixo” emergiendo de una grieta de la maltrecha y arruinada cerca primitiva. “Wamba egitaniense” reza una inscripción moderna en el muro de cantería que le rodea. Los viajeros lo comprobarían después, en el librito que adquirieron en Monsanto y que reproduce en la portada el dibujo del autor del “Livro das Fortalezas”. La imaginación les hace soñar y se imaginan que el paisano que les advirtió de las leyendas morunas es el mismo Wamba redivivo, que guarda su ciudad al declinar la tarde. De nuevo lo encontrarán en el horno comunal, mostrando a los visitantes otro de los diversos lugares rescatados por los fondos europeos.
Pero en la pequeña y vieja Idanha las sorpresas se multiplican: un lagar de aceite, recuperado y musealizado, es el exponente de una actividad agrícola secular. Cerca está también el arquivo epigráfico, y a menos de un tiro de ballesta se levanta la torre del homenaje de los templarios sobre el basamento de un templo romano. Idanha irradia romanidad por doquier. La antigua ciudad de Egitania colaboró en la construcción del puente de Alcántara sobre el Tajo y, siglos más tarde, sirvió de justificación para erigir la diócesis de Guarda. Ahora, rescatada del paso del tiempo, sus moradores asisten al rosario de visitantes, que un primero de noviembre hollan sus calles empedradas y descubren, en las paredes de granito, funcionales artilugios para tender cómodamente la ropa, que espera secarse al sol y al aire del Ponsul.


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domingo, julio 01, 2007

Por la Raya (2)

SERRAS DE MAROFA E MALCATA
Por José I. Martín Benito

En la Riba Côa hace mucho ya que dejó de hablarse el dialecto leonés, pues D. Dinis y sus sucesores se encargaron de estampar bien las quinas en los castillos de la Raya. Aún así, todavía en lo alto de la Marofa, promontorio cercano a Castelo Rodrigo, los lugareños dicen ver desde allí “todo Leâo” (todo León) y eso que hace ya más de setecientos años que se firmó el tratado de Alcañices. Se refieren, claro está, al sur del viejo reino, esto es, a las antiguas tierras del concejo de Ciudad Rodrigo, que se extendía desde la Sierra de Malcata al mismo Duero y desde el sur de la de Gata hasta el Yeltes y el Huebra.
Por allí debe andar todavía el espíritu de Alfonso IX, que dio fuero a la villa en 1209. En eso debían estar pensando los viajeros aquel día lluvioso de noviembre de 2002, cuando el viento soplaba con fuerza desde la Marofa. El aguacero les persiguió hasta la vecina Figueira, donde tuvieron cálido recibimiento de la cámara municipal y donde se dieron los mutuos parabienes. Después visitarían el monasterio de Santa María de Aguiar, tan regalado de Fernando II, en cuyo libro de visitas estamparían su firma, recordando el paso del congreso sobre la raya hispano-lusa.
En eso estaban hace un año, pero hoy, día de Todos los Santos, han venido al alto Côa y aquí están, en Sabugal, contemplando bajo los árboles la panorámica del gallardo castelo en restauración, cuya esbelta torre del homenaje domina el caserío. Tiempo tendrán de tomarlo, si es que pueden, o al menos acercarse a sus muros, pero ahora han decidido buscar Portugal en Sortelha.
Tras atravesar roquedales graníticos de formas caprichosas, por una carretera serpenteante se plantan, al mediodía, delante de la villa, que se esparce sobre las faldas de un cerro coronado por torres y cerca medieval. Los viajeros detienen el automóvil para registrar la panorámica en su cámara fotográfica y descubren algunos olivos que parecen saludar su llegada. Empinadas cuestas les llevan a la entrada de la ciudadela intramuros. La torre del homenaje se aferra a la roca dominando el precipicio y la serranía de Malcata. Restaurados paramentos cobijan las casas que emergen también del granito, en cuestas y pendientes continuas. Casi no haría falta el empedrado, pues allí está natural, plagado de escalones excavados para facilitar el trasiego.
La buena administración que los portugueses han hecho de los fondos europeos ha hecho posible el milagro que aquí, como en Castelo Rodrigo y, después en Idanha-a-Velha y Monsanto, se llama “aldeas históricas de Portugal”. Los viajeros lo comprueban y no sólo por la ingente restauración, sino porque comienzan a ver sus frutos. No son los únicos visitantes. A la entrada del castillo hay aparcados otros vehículos venidos del país vecino, esto es del nuestro, pues a su alrededor al menos una docena de personas platica en español. Algún negocio está empezando a florecer también frente a la iglesia. Los viajeros entran en una pequeña tienda que exhibe bordados al estilo “Castelo Branco”, objetos antiguos y algún que otro “souvenir”, como los famosos “pandeiros” cuadrados. El dueño es empleado del servicio portugués de Correios, pero en su tiempo libre ayuda a su mujer en el negocio.
En esto estaban cuando desde la iglesia, distante apenas diez metros, sale una silenciosa y devota procesión, precedida por estandarte mariano, al que siguen los fieles y el oficiante ataviado con blanca casulla. Cuando pasa, deciden entrar en el templo, luminoso, de una sola nave. Hay allí dos niveles diferentes, pues el edificio se adapta al terreno, al que permanece anclado en sus cimientos visibles. Por un momento les viene a la memoria la iglesia de San Pelayo de Guareña, mucho más al norte, en la ribera de un Cañedo que busca el Tormes a la altura de Ledesma. Cuando se dejan de recuerdos y salen al exterior, deciden poner rumbo a la torre campanario, que aquí está exenta, buscando una atalaya desde donde mirar el castillo y añadirlo a su colección fotográfica. Pero el riesgo de encaramarse al hueco de las campanas les hace desistir, por lo que deberán buscar otro punto de vista desde el paseo de ronda.
Cuando media hora después vuelvan sobre sus pasos, habrán comprendido mejor la geopolítica de la repoblación de los Alfonsos, Fernandos y Sanchos. En la plaza del castillo de Sabugal, una cruz con las armas lusitanas fija ahora bien la filiación. Por si no fuera suficiente, dos de las calles que parten o llegan a la plaza llevan los nombres de Aljubarrota y Alcañices, los dos hitos nacionales en la afirmación de la independencia portuguesa frente a las pretensiones anexionistas del vecino reino. El Côa hace mucho que dejó de ser fronterizo; hoy, portugués en todo su tramo, bajará de Malcata y recogiendo diversas aguas, buscará el Duero en las cercanías del monte Calabre, donde se alzó la antigua sede visigótica de los concilios toledanos. Atrás quedarán Vila Mayor, Castelo Mendo, Castelo Bom, Pinhel y Almeida. Atrás quedará también la Marofa, en las cercanías de Castelo Rodrigo, desde donde dicen que se ve “todo Leâo”.

Fotos: Castelo Rodrigo (panorámica desde la Marofa y parcial); Castelo de Sabugal y Sortelha.

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miércoles, junio 27, 2007

Por la Raya (1)

LEÓN EN RIBA CÔA

Se eu soubesse que morrendo
Tu me havias de chorrar
Por uma lágrima tua
Me dexairia matar

Al anochecer los viajeros regresan a Ciudad Rodrigo, acunados por la voz de Dulce Pontes y la dicha de haber descubierto en Portugal más de lo que fueron buscando. Al final de la jornada hacen recuento; atrás quedaron, casi como un suspiro, Monsanto e Idanha-a-Velha, Penamacor y Sortelha, Sabugal y Alfaiates. Cuando un buen día decidieron correr la Raya y remontar el Côa, en busca de la huella de dos monarcas leoneses, no podían ni imaginar tanta y tan dilatada geografía, preñada de paisajes y evocaciones históricas.
Lo que otrora eran largas jornadas, entre villas y sierras, a pie o a caballo, hoy, ochocientos años después, las distancias se acortan de la mano de los automóviles y de carreteras bien asfaltadas.
La mañana saludaba con un tímido sol que luchaba por abrirse paso. El cielo, rasgado, entre nubes y claros, era una incógnita. Los viajeros se dirigieron hacia Alberguería de Argañán por la ribera de Azaba, atravesando uno de los más grandes encinares de la península.
Es ahora cuando afloran los recuerdos de la infancia, cuando se iba a la dehesa de Pascualarina a hacer acopio de cisco para afrontar los fríos invernales. Pero apenas hay tiempo para la memoria, pues los pueblos del Azaba se suceden de manera rápida y, cuando menos se lo esperan, están ya los viajeros en Alberguería. Aquí preguntan por el castillo, al que no han vuelto a ver desde hace más de veinte años. Todo sigue igual: la ruina y los espacios invadidos. Aún así, todavía puede recorrerse e identificarse la planta de la fortaleza, entre cubos rellenos y derruidos. Uno se pregunta si aquí, en este espacio transfronterizo, no llegan los fondos europeos para que el viejo recinto pueda, aunque sólo sea, lavar su imagen y recuperar ciertos muros, ocultos tras corrales adosados y desvencijados. En el interior del que fuera patio de armas, algunas casas de vecinos y dos ancianos nonagenarios con los que intercambian palabras de salutación y de los que se despiden deseándose salud y suerte.
Después de caminar por el paseo de ronda y de volver sobre sus pasos, los viajeros abandonan el campo de Argañán y se dirigen a Portugal. Apenas si perciben el paso entre los dos países, como no sea una señal verde a la derecha de la carretera con el anuncio del país, en mayúsculas. Por el contrario, el paisaje es el mismo, de planalto, antes de atravesar las estribaciones serranas. Luego viene Aldeia da Ponte, tierra de toros, capeia y forçao, como es costumbre en estos pueblos rayanos. A las once, diez hora portuguesa, están en Alfaiates. Es día de Todos los Santos, pero todavía no hay movimiento en la villa. En el Largo del Castelo bajan de su motorizada montura y, casi como contraste, les saluda un viejo potro de herrar las cabalgaduras. Aquí sí parece que ha llegado el maná de Bruselas. Un cartel anuncia que el castelo está en restauración. La entrada a la fortaleza se abre hacia la praça de Braz Garcia de Mascarenhas, en cuyo centro se ubica blanco busto de piedra, con podium aún sin anclar al pavimento. Presiéntese pronta inauguración.
Al lado del castillo se descubre otra estatua, esta vez de cuerpo entero, que señala la Taberna del Rei. Se preguntan los recién llegados de qué monarca se trata, si de Alfonso IX de León, que dio fuero a Alfaiates hacia 1227 o de D. Dinis de Portugal que, tras el tratado de Alcañices, rescató la villa. Mas bien se decantan por el portugués, sobre todo después de observar que el escudo real con las quinas, la cruz de Cristo y las esferas armilares, campea sobre la puerta de la fortaleza. Tras recorrer las calles y rincones, los viajeros abandonan la villa, perseguidos por el sonido broncíneo de una campana que no cesa de sonar, y se dirigen hacia Sabugal.
Cuando pasan por Nave se topan con gente que lleva ramos de flores al camposanto. Hay coches con matrículas del país y también otras, francesas, pues esta zona de la Raya es tierra de emigración, a Francia, a Suiza o a Lisboa. También del lado español sucede lo mismo, sólo que éstos, además de ir allende el Pirineo, cambian el Manzanares por el Tajo.
En Rendo, una placa anuncia la ermita de Roque Amador, viejo culto ligado a las peregrinaciones jacobeas. Pronto estarán los viajeros llegando a Sabugal, antigua villa del reino de León a los pies de un Côa cantarín. Pero ahora es preciso hacer un alto en el camino y premiar el cuerpo, antes de encarar la subida a la roca de Sortelha.
Foto: Castelo de Alfaiates y río Côa.

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martes, junio 12, 2007

Hoces de Cuenca (y 3)

LA ESTELA DE FRAY LUÍS
Por José Ignacio Martín Benito

Ya se dijo que Santa Bárbara sólo trajo la llovizna, pero no los truenos. Hoy es lunes, cinco de diciembre y el santoral dice que es la festividad de algunos eremitas, abades, mártires y obispos; ignoran los viajeros si alguno de ellos estuvo por la serranía, pero no parece.
La mañana ha amanecido gris. Antes de tomar dirección a la Mancha, los visitantes han decidido iniciar la subida al castillo, para contemplar la panorámica de la ciudad, entre las hoces. Del lado del Huécar le sorprende la ventisca y la lluvia: la primera vuelve los paraguas y la segunda, además de mojar el objetivo de la cámara fotográfica, sumerge en una neblina el tajo del río, la catedral y las colgadas casas. Así que será mejor ponerse a resguardo y buscar el amparo del caserío.
Son las diez de la mañana. La casa Zabala, sede de la fundación del pintor Antonio Saura, no abre hasta las once. Los viajeros deciden que volverán por la tarde, pues tienen decidido ir en busca de las ruinas de Valeria, y de los castillos de Garcimuñoz y de Belmonte. Cuando abandonan la ciudad, por la carretera de Valencia, las nubes tienden a desaparecer y el sol comienza a abrirse paso entre los claros. En el camino del sur, pronto Cuenca y la serranía van quedando atrás.
Valeria se hace desear. Alguien les informó que quedaba más cerca. Pero el campo es amplio y las poblaciones pocas. Cuando la impaciencia arrecia y menos lo esperan, intuyen que han llegado. Pronto un indicador en la carretera lo confirmará. Los viajeros llegan al corazón de Valera de Arriba, en busca de las ruinas, que no encuentran. Vuelven sobre sus pasos por una calle abajo y, sin mucha dificultad –ahora sí- llegan a la entrada del despoblado.
A pesar de la soleada mañana, hace frío, acentuado por el viento. Lo primero con lo que se topan los viajeros es con las ruinas del foro, donde no ha mucho que se han hecho excavaciones, a juzgar por las huellas del terreno. Los visitantes no pueden por menos de evocar otros lugares y otros tiempos, cuando ayudaban a desenterrar el pasado escondido.
En la acrópolis hay restos de un castillo y de una iglesia. Del castillo apenas queda sino un paredón, mientras que el templo está techado por la bóveda celeste. En este lugar, en aras de la arqueología se ha profanado el sueño eterno de los que allí fueron enterrados. Sepulturas vacías en el exterior dan fe de ello, a la entrada de lo que otrora fuera templo. De todo apenas quedan las señales.
Los ecos de los que fueron ya no están. La tierra ha dormido casi dos mil años. La ciudad abandonada o destruida, convertida en era y aun en camposanto. Una cruz recuerda que no hace mucho se desmanteló el viejo cementerio, que los antepasados y los naturales de la actual Valeria habían ubicado sobre el antiguo foro. ¡Qué mejor lugar para el descanso! Lo que un día había sido el foco más bullicioso de la ciudad romana, luego se convirtió en la morada del silencio eterno. Por allí también, en metálicas placas, se recuerda a Tiberio y a Drusila y al culto imperial de la tarraconense. Parece ahora, que desde este lugar de Castilla- La Mancha, Tarragona queda muy lejos, pero más quedaba entonces Roma y, sin embargo, un aire de romanidad hervía en Segóbriga y en Valeria, como en tantas otras ciudades de Hispania.
De Valeria, por Almarcha hacia el hercúleo y macizo castillo de Garcimuñoz. Estamos ya en tierras manchegas, a la vera de la autovía que une Madrid con Valencia. Después del almuerzo en Almarcha, los viajeros prosiguen la ruta hacia Belmonte. Son poco más de las tres de la tarde, pero han decidido ir en busca de la huella de “los pocos sabios que en el mundo han sido”, en busca de Fray Luís.
En Belmonte el castillo es propiedad de la casa de Alba. Las taquilleras advierten a los visitantes que preguntan que se está a la espera de un convenio con la Junta de Comunidades y con el Ayuntamiento para su restauración y puesta en valor. La fortaleza presenta síntomas de abandono, lo que no impide que se pueda visitar. Hay por allí mucha reforma neogótica, gracias a la cual la construcción se ha mantenido a grandes rasgos.
Cuando los viajeros bajan de las torres y entran en la villa, se encontrarán con la estela de Fray Luís, en la plaza del Ayuntamiento, en un busto dedicado al agustino y también en la dedicatoria de una de las calles de la población. El silencio sólo es roto por unas obras en la casa consistorial y por el juego de unos chiquillos en la plaza. Las casas cerradas y las calles vacías. “Qué descansada vida”.
Junto a la iglesia colegiata de San Pedro están las ruinas del que llaman palacio de don Juan Manuel, que ahora intentan reconstruir con una escuela taller. Los viajeros rodean la iglesia, pero no encuentran acceso abierto. Normal, han venido a una hora vespertina un tanto intempestiva. Se preguntan si abrirán más tarde, pero no se quedan para comprobarlo y toman el camino de retorno para Cuenca. En Villaescusa de Haro se toparán de nuevo con otra iglesia dedicada al primer apóstol. Ciudad y provincia parecen rendir culto al portero del cielo. Eso piensan cuando, todavía en Cuenca, la casa Zabala les espera.
Fotos: Cementerio de Valeria y castillo de Belmonte.

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sábado, mayo 26, 2007

Hoces de Cuenca (2)

REJAS Y CUESTAS
Por José Ignacio Martín Benito

De Benavente a Cuenca en busca de los Pimentel o, mejor dicho, de sus retoños episcopales. La saga tuvo dos, que se sepa: uno, Enrique, anduvo por estos lares y puso su empeño en dejar el emblema de la familia repetido en las puertas de la seo. También en el palacio obispal. El otro, Domingo, después de una mitrada carrera que le llevó a Sevilla, acabó de cardenal en Roma, donde fue sepultado en una tumba diseñada por el mismísimo Bernini. De aquello hace ya algunas centurias, pero el recuerdo se agarra al bronce o al mármol y se resiste a desaparecer.
Enrique y Domingo eran hermanos de padre. El primero un capricho del conde. El segundo, santificado por la legitimidad. Pero a la romana iglesia tanto le daba ser legítimo como no. En ambas cabezas puso la mitra. Entonces a Dios se llegaba desde cualquier rincón de la nobleza, ya fuera iluminado u oscuro. Santa Teresa, mientras tanto, buscaba a Dios entre los pucheros, pero Roma encontraba a sus pastores en las casas solariegas. Roma era entonces el centro del mundo, y allí acudían buscafortunas de todo tipo: desde tonsurados a mercenarios y desde lozanas –andaluzas o no- a animadas cortesanas.
Pero estamos en Cuenca. Roma queda muy lejos. Tanto que ni se ve. Es verdad que en Cuenca, como en otras muchas ciudades, toda evocación es posible. Empezando por los Pimentel, lo que nos llevaría al virreinato de Nápoles y a los venerados escudos en la fachada del Palazzo Real. Enfrente, Carlo III. Nápoles, Roma..., Italia, al fin y al cabo.
Pero será mejor retornar a lo que pisan nuestros pies en este puente de la Inmaculada. Es esta una ciudad de rocas y de hoces, de viaductos decimonónicos y de contemporáneos auditorios; a este lado miran las casas colgadas –no colgantes, como corrigen a los viajeros-; hay también un río sin agua –el Huécar-, con el lecho candado de piedras.
En Cuenca hay dos mundos o, mejor, dos realidades urbanas. Una, hidalga y clerical, arriba, escalando la ladera donde comienza la serranía; otra, comercial y funcionaria, abajo. En la subida a la ciudad vieja el sentido de la verticalidad acompaña a los visitantes. Las casas son rítmicamente altas. Algunas se han remozado, adaptándose a las exigencias de habitabilidad de los nuevos tiempos, pero manteniendo el aspecto externo, para no parecer desarraigadas. Otras, guardan su recato tras recios enrejados de hierro. La rejería sorprende a los viajeros. Rejas en la catedral y en la empinada calle de San Pedro. La ciudad vieja es una cuesta permanente.
Buscando la comodidad y, tal vez, el descanso de las piernas, Cuenca se extendió hacia la parte baja. Pero no por ello se olvidó de sí misma ni de sus glorias. Acaso por eso sus moradores dieron al santo patrono Julián un jardín domesticado en el llano. Y es que recordarlo sólo en la capilla de la seo, por mucha urna de plata que se quiera, se hacía muy cuesta arriba. Lo mismo hizo con Alfonso VIII. Su nombre está también grabado en un rincón de la catedral, pero hay que pensarlo dos veces subir allí para rendirle homenaje. Quizás por eso, ahora el recuerdo del rey que conquistó la Cuenca islámica tenga nombre de hotel. No están seguros los viajeros, ni hicieron encuesta alguna, pero se atreven a pensar que si preguntan a los vecinos de hoy por Alfonso VIII, la mayoría les indicará que se encaminen al parque de San Julián y entren en la nueva morada del monarca. Es lo que tienen las glorias patrias, que pasado un tiempo, su nombre se tambalea o, como mucho, permanece asociado a rincones de menor enjundia.
En poco más de una hora se hace de noche. Los viajeros vislumbran la hoz del Júcar entre dos luces: una la natural, oscura, y otra la producida por artificios de la electricidad que parece abrazar a las formas roqueñas, entre fantasmales y voluptuosas. A esta hora la hoz es un gran escenario, un inmenso anfiteatro sin actores. Hasta este mirador han venido los viajeros, sólo para contemplar el decorado.
Foto: Escudo de Domingo Pimentel y vista general de Cuenca.

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lunes, mayo 07, 2007

Hoces de Cuenca (1)

CICLISTAS Y ENCANTAMIENTOS
Por José I. Martín Benito

De Cuenca a la “ciudad encantada”. Hoy hay sido Santa Bárbara, pero los viajeros no lo advierten hasta las 22, 20 h., casi cuando el día ha fenecido. Se han dado cuenta ahora de regreso al hotel, cuando han querido dejar escritas sus impresiones sobre la jornada. Normal, uno se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. El día ha estado gris, ha llovido, pero no ha habido trueno alguno. Recuerdan los viajeros otros cuatro de diciembre, cuando en Ciudad Rodrigo la Empresa Nacional de Uranio celebraba la festividad de la patrona. Fue entonces cuando vieron por primera vez un toro de fuego recorrer la Plaza Mayor. Al cabo de varios años, cuando se instalaron en Benavente, volverían a encontrarse con los luminosos cornúpetas, esta vez en torno al Corpus.
Pero estamos en Cuenca. Ya hemos dicho que en este cuatro de diciembre no se han oído truenos ni visto relámpagos. Por la mañana, los hombres del tiempo han anunciado lluvia y nieve por encima de los 1.400 metros. Ignoran los viajeros la altitud de los puntos altos de la serranía y si sufrirán la presencia de la nieve, como les pasó hace diez años, un puente como este, entre Leyre y Pamplona. Entonces los cánticos gregorianos tuvieron la culpa, pues retrasaron el regreso y cuando quisieron salir del monasterio, ya entrada la noche, comenzó a nevar.
Pero hemos dicho que estamos en Cuenca. Así que dejemos viejas historias, por otra parte repetidas. Es aquí, tras las espaldas de la propia ciudad donde comienza la serranía. El camino hacia la “Ciudad Encantada” se inicia hacia el norte; es preciso remontar la hoz del Júcar. Una señal indica que en 30 km debe conducirse con mucha precaución, debido a la práctica del ciclismo. Piensan los viajeros que será un simple aviso de compromiso o que, en todo caso, es una mera advertencia. La carretera está despejada: no hay ni coches ni bicicletas. Pero, al cabo de unos kilómetros, comprobarán que se han equivocado, sobre todo cuando en una pequeña recta de la carretera divisan varios ciclistas. Parece que estos han decidido hacer acto de presencia para quitarles la razón. No son los únicos. Pronto verán más. Pedalean en fila, formando pequeños grupos. Los viajeros, cuando llega a su altura, invaden el carril contrario, dejando amplia distancia entre los “esforzados de la ruta” y el vehículo a motor; no vaya a ser. En esos momentos no se acuerdan, ni por asomo, de la película de Bardem, pero es mejor tomar las debidas precauciones.
Después de tomar un primer desvío y de repostar en una solitaria gasolinera se topan, pasado Villalba, con “El Ventano del Diablo”, mirador natural que, con dos ojos, se abre sobre la hoz del Júcar. No ven los viajeros señales de azufre, pero abajo está el abismo. El río ha ido excavando la roca cárstica. Llegará un día, tal vez, en que sus aguas conecten con la morada de Hades o con la de Lucifer, que ambos son señores del mundo subterráneo.
Sigue la subida hacia el encantamiento “urbano”. Un coche de la policía de tráfico les precede. Le siguen sin poder adelantarlo. Tampoco se atreverían, dado lo serpenteante de la carretera. Al cabo de unos minutos, con la fina lluvia deslizándose en el parabrisas, llegan al lugar objeto de la visita. Sacan la entrada, cruzan la verja y se disponen a descubrir las caprichosas formas. Barcos varados, perros vigilantes, cocodrilos del Nilo, gigantes esforzados y tendido de puentes les salen al paso, sorprendiéndole en cada recodo del camino. Siguen el recorrido del paraje entre la neblina o fina llovizna y luego bajan por una aguda y larga grieta de apenas dos o tres metros de anchura. Tan angosto camino les conduce a un mar de rocas. Lo escudriñan y allí, observando los efectos del agua de la lluvia en la picada coraza, comienzan a entender la geología y la formación de aquellos parajes de “encantamiento”. Ya no hace falta recurrir a Merlín. Los magos de las grandes sagas se durmieron hace mucho tiempo, pero el agua sigue esculpiendo lentamente la roca.
De las robustas y caprichosas formas marchan los viajeros a Tragacete. En el camino se topan con una laguna en Uña, junto al Júcar. Tragacete está a las puertas del nacimiento del río Cuervo. El pueblo es pequeño, pero llama la atención la proliferación de casas de comidas y restaurantes en proporción con el caserío. En un momento, los viajeros contaron hasta cuatro y se pararon en una que se hace llamar Serranía. Es una casa nueva, de esas que llaman rural, construida recientemente con entramado de madera, que contrasta, no obstante con el blanco de las viviendas. Morteruelo, ajo arriero y migas de pastor combaten el desapacible día.
En el camino hacia el nacimiento del Cuervo, barro, cascadas, ruido del agua. Resbaladizo terreno. Restos de la nevada de días anteriores. Al fin el origen. De entre la grieta sale el río, una vez filtrada el agua desde las cumbres. Allí, del intestino de las rocas de caliza, entre pinares, nace el Cuervo buscando el Júcar.


Foto: Villalba. "Puente Romano" en la Ciudad Encantada y río Cuervo.

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sábado, abril 28, 2007

Cuaderno romano (y 3)

SOL DE PASCUA
Por José I. Martín Benito

Es lunes de Pascua y hace sol. Los viajeros han entrado en el Coliseo, después de haber guardado pacientemente la cola. Dentro no hay espectáculo que les espere. Ya no hay ni fieras, ni mirmillones, ni reciarios. Las gradas están vacías, sin asientos. La arena ha sido sustituida, pero sólo en parte, por una plataforma de madera, de modo que los visitantes pueden ver a vista de pájaro los intestinos del gigante. Pero abajo no está permitida la entrada. Los viajeros no pueden por menos de evocar el anfiteatro de Tarraco, y también el de Emerita, similares en la estructura, pero no en las proporciones. La gente deambula por la cavea, sin encontrar su localidad. Ya se ha dicho que no la hay. La entrada da derecho a recorrer un circuito, pero no a invadir los sectores protegidos. Así que los turistas dan la vuelta al recinto, con parsimonia, tomándose su rato para hacer algunas instantáneas y llevarse el recuerdo digital que le permita mantener activa la memoria cada vez que se quiera.
Los viajeros se asoman al exterior y ponen sus ojos en la colina del Palatino, su próxima escala. Por la vía Sacra, otra vez, llegan al arco de Tito para iniciar, más adelante, el ascenso. La subida es cómoda, con paradas para ver grutas acuáticas y jardines. Ahora recorrerán el parque, pues las ruinas de los palacios imperiales están más retiradas.
Desde lo alto de la colina Palatina se divisa el Foro. Un rumor constante sube desde abajo, entre un ir y venir de transeúntes que recorren los espacios plagados, aunque en ruinas, de templos y basílicas. Es seguro que ahora, como entonces, el murmullo es también una mezcla de diversos sonidos y de lenguas. Lo que debe ser diferente son las conversaciones, pero desde aquí arriba no son audibles ni, por tanto, inteligibles. Además, los que deambulan ahora llevan otra indumentaria y van armados de cámaras y planos. ¡Cualquiera diría que necesitan una guía para no perderse!...
El sol juega al escondite, cuando los viajeros toman conciencia de que aquel lugar fue otrora el centro del mundo, al menos del conocido. Lo desconocido no cuenta y, además, aunque contara, daría lo mismo, pues lo que no se conoce no existe, al menos para el que lo ignora. Es también seguro que las damas romanas llevaban telas de seda, pero ignoraban su lejana procedencia, de la misma manera que los chinos no sabían qué había al otro lado del techo del mundo.
Después de pasear por la Domus Flavia, bajarán del Palatino e irán en busca de la Fontana di Trevi y de la columna aureliana. La primera está literalmente cercada por centenares de turistas y apenas si se puede llegar al pretil de la gran alberca. La segunda, en Piazza Colonna, es prima hermana de la de Trajano, pero el lugar es más accesible y no hay gatos que la custodien. ¡Y eso que los puestos de souvenirs están llenos de postales de Roma con felinos como protagonistas!
Con gatos o sin ellos, van los caminantes por la via di Pastini, en busca del Panteón; lo encontrarán, pero la entrada está vedada. Lo debían haber supuesto. Es lunes de Pascuata y las iglesias, ya se dijo, están cerradas al culto y a las visitas. Piensan los viajeros que les han hecho “la pascua”, por lo que, ya cansados, buscarán un lugar para sentarse y llenar el cuerpo. Lo encontrarán en una de las terrazas de la esquina, frente al circular edificio. Así que, se dicen, “los lunes al sol en piazza Rotonda”; y es verdad que el sol pega con fuerza. Sólo desean que Febo se esconda tras una nube, como, en efecto, sucede. Pero el alivio no durará mucho...

La tarde está al otro lado del río, en el Trastevere y en el Gianicolo. Pero antes de toparse con el bronce de Garibaldi, que desde la colina domina la ciudad, como esperando el momento del ataque, los viajeros habrán de buscar la huella de España y de Bramante. La encontrarán en San Pietro in Montorio y en el pequeño templete no hace mucho restaurado con hispánicos dineros. Con la mirada se refrescan en la Fonte Acqua Paola, que semeja un gran arco acuático de triunfo. Luego, sí, irán en busca del monumento al Garibaldi y bajarán la colina. Dejando a la izquierda el Vaticano, cruzan nuevamente el río por el puente de Amadeo de Saboya, para tomar la cada vez más larga vía dei Coronari, donde se dan cita las tiendas de antigüedades. Muy cansados, por la piazza di Montecitorio llegan de nuevo, ya entre dos luces, a Piazza Colonna. Por la via dei Tritone enlazarán con la de las Quatro Fontane, para toparse con San Carlino; refrescarse, esta vez de verdad, en una de las fuentes que da nombre a la calle y bajar hacia las cercanías de Santa María la Mayor. Son las ocho de la tarde. Las tinieblas, en este día de finales de marzo, han tomado no ha mucho la ciudad. Es hora, pues, de reponer fuerzas en uno de los restaurantes de via Cavour y regresar a la morada de Diana. El Vaticano y la Roma cristiana tendrán que esperar un día más. De momento, ha llegado la hora de los búhos.

Fotos: Columna aureliana. San Pietro in Montorio. Roma desde el Gianicolo.

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lunes, abril 16, 2007

Cuaderno romano (2)

EL LARGO SUEÑO
Por José I. Martín Benito

Con las reflexiones sobre la guerra de las estatuas bajan los viajeros del Campidoglio y buscan el Tíber. En su camino se encontrarán con el Teatro de Marcelo, más remozado, al menos en su exterior, que cuando lo vieron por primera vez hace casi veinte años. Después, por la vía Petrorelli bajarán en busca de los templos del Foro Boario. Allí debieron citarse las boyadas romanas, pues “Boario” significa precisamente “de los bueyes”. Recuerdan los viajeros que, después de la decadencia de la ciudad, a las antiguas ruinas del Foro romano y otras colindantes se les llamó “Campi di vaci”, pues en aquellos lugares, entre columnas y muros de piedra y ladrillo, pastaban los ganados.
Hoy el lugar está tomado por turistas, que se solazan o descansan en los alrededores de los reconstruidos templos. Las casas de las antiguas deidades conviven con las iglesias cristianas; en algunas, incluso, los espacios son los mismos y lo que cambió fue el culto. A menos de un tiro de piedra del templo circular se levanta la iglesia de Santa María in Cosmedin. A las siete de la tarde una larga cola de turistas espera pacientemente. Pero, curiosamente, no buscan su interior, por otra parte cerrado al ser domingo de Pascua; sólo les interesa penetrar en el atrio para introducir su mano en el interior de la “Boca de la veritá” que, a modo de gran clípeo, cuelga de uno de sus muros. De ella dice una antigua creencia popular que las fauces se cerraban y aprisionaban la mano de los que ocultaban la verdad, pero no se ha sabido de nadie que haya sido mordido por el pétreo mascarón. Si alguien lo fue, no quiso contarlo, no fuera a pasar por mentiroso.
Los viajeros no se quedan a comprobar la sinceridad de sus palabras y van en busca del río. El Tíber baja bravío y revuelto, encauzado por altos muros, serpenteando la ciudad. Tan domesticado está que por quedar no quedan ni cañaverales donde pudiera varar la cesta de los gemelos engendrados por Marte y paridos por la vestal; tampoco se oyen aullidos lobunos que bajen del Capitolio. Así que, ensoñaciones al margen, será mejor acercarse al Circo Máximo y trasladar la imagen del celuloide con Ben-Hur y Mesala compitiendo por la gloria. La larga spina divide en dos el espacio como si fuera la columna vertebral de un gigante recostado. Pero tampoco allí hay bigas ni cuádrigas. Ahora son los vehículos a motor los que parecen competir fuera del recinto en una loca y eterna carrera sin principio ni final. Pero en aquella no habrá coronas de laurel ni vítores para los héroes. El Circo Máximo dormita el largo sueño de la historia. Convertido en un inmenso y verde paseo, tan sólo la carrera de unos galgos parece haber tomado el relevo a los caballos.
Por la vía de San Gregorio, llegan de nuevo los andarines al arco de Constantino. El cielo se ha ido cerrando cada vez más y tornándose de color gris oscuro. Pronto llueve. Como otra mucha gente, los viajeros se cobijan bajo un metálico andamio de tres pisos, con las planchas agujereadas, por las que se ve el cielo y se cuela la lluvia. Cuando ésta remite, tomarán la vía de los Foros Imperiales y casi entre dos luces, llegarán a los dominios de los mercados de Trajano y su colosal columna. Allí se encontrarán con una pareja de españoles con la que coincidieron en el traslado del aeropuerto a la ciudad. Será que Roma, como centro del mundo, es también un pañuelo. Lo comprobarán al día siguiente cuando, en el mismo hotel, se den, casi de bruces, con el director de un instituto de Zamora, colega de profesión.
Pero estábamos junto a la columna trajana, ahora despejada de andamiajes. La verdad es que tiempo han tenido los romanos, después de veinte años, de retirarlos. Un gato, que deambula por los alrededores, parece ser el guardián del monumento. Por él, aquí en Roma, como en Óbidos, pasan mansas las últimas tardes de marzo, en espera de abril florido. El pedestal, que sujeta la columna, anuncia el mensaje militar de tan osada obra, plagado, como está, de panoplias en relieve. En el grueso fuste se labraron las campañas del emperador en el Danubio. Próximo a la basa, el gran río, representado en forma humana, a la manera del Nilo del Vaticano o del Tíber del Louvre, parece querer incorporarse, como si quisiera detener el avance de los hijos de Marte y, con ellos, el de la romanidad, o quizás impulsarlo. Los soldados fortifican las defensas y combaten con los dacios. Pero Trajano ya no está allí, sólo su nombre permanece. Tal vez su espíritu se mudó de nuevo a Hispania, a las campiñas de su local Itálica, después que en el siglo XIV la iglesia romana le descabezara de lo alto de la columna y pusiera en su lugar la estatua de San Pedro. El poder, ya se sabe, es así, de quita y pon.

Fotos: Arco de Tito (grabado de Piranesi); Boca de la Verdad, Arco de Constantino y relieve del emperador Trajano.

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lunes, abril 09, 2007

Cuaderno romano (I)

ANILLOS Y ESTATUAS
Por José I. Martín Benito


De vez en cuando es conveniente alimentar los recuerdos. Por eso, después de 19 años, han vuelto los viajeros a Roma. El grupo ha aumentado. Ahora son tres. Quizás piensan que determinadas cosas y algunos paisajes es mejor transmitirlos, para que estos no se olviden cuando se apague la llama. No lo dicen por la ciudad eterna, que ella continuará mientras el Tíber fluya. Lo piensan los viajeros por la necesidad de compartir ciertas vivencias y que estas perduren en la memoria de aquellos que les deberán de suceder.
Son las cinco de la tarde. El cielo está gris y alguna ligera llovizna ha mojado el asfalto. La bajada por la vía Cavour descubre la cabecera de la basílica de Santa María la Mayor. Pero ésta, como San Pietro in vincoli, y la mayor parte de las iglesias romanas, están cerradas, por ser hoy domingo de Pascua. También lo estarán mañana, día de Pascuata. Aquí se celebra lo que en algunos lugares de Iberia se conoce como “lunes de Pascuilla”.
Por la vía de Annibaldi llegan al corazón de la Roma antigua. El Coliseo se levanta todavía, clavado al suelo, como si fuera un gigantesco anillo que hubiera sido lanzado por los dioses para desposar a la ciudad. Otro anillo, el del pescador, está a punto de quebrarse, pero los orfebres pronto lo reemplazarán. Así es Roma: los reyes dieron lugar a los dictadores y estos a los césares; después vinieron los papas... y todos usaron y usan del anillo que les confiere la auctoritas y el imperium.
La mole sigue atrayendo a miles de visitantes. En otro tiempo, la excusa para entrar en el mágico recinto fueron las fieras y los gladiadores. Hoy, desaparecidos estos desde que Constantino prohibiera los espectáculos sangrientos, la atracción es el propio y descomunal anillo. Los curiosos forman largas y enfiladas colas, esperando su turno. Cerca, el arco de Constantino sirve como frente escénico a una multitud que deambula por la plaza: turistas –los más-, vendedores de puestos callejeros, policías, carruajes... -el resto-.
Por la vía Sacra acceden los viajeros al Foro, en situación inversa a como lo hicieran la primera vez. Entonces bajaron por el Campidoglio con el referente, al fondo, del arco de Tito. Pero el Foro sigue siendo el mismo, aunque se recorra en una u otra dirección, flanqueado por las colinas del Palatino y del Capitolio. Allí siguen estando la basílica de Majencio, el templo de Rómulo, el de Vesta, el de Cástor y Pólux, la basílica Julia y luego otro arco, el tercero, el de Septimio Severo. Allí, en el foro, está el corazón de una ciudad que extendió sus arterias por el mundo entonces conocido. Es un corazón disecado, incorrupto. Suenan en el aire los versos de Quevedo:

Si buscas a Roma en Roma, oh! peregrino.
Y en Roma misma a Roma no la hallas,
Cadáver son las que ostentó murallas
Y tumba de sí propria el Aventino
”.

“Pero el cadáver, ay!, siguió muriendo...” Tal vez porque todos los días han sido muchos los hombres que han surcado aquellas ruinas, el cadáver se fue incorporando lentamente y ha podido resistir el paso del tiempo. No hay reposo ni silencio en aquellos espacios de eternidad. Los fantasmas del pasado deberán esperar la llegada de las sombras, tras la luz crepuscular, para volver a ocupar los solares seculares. Pero con la llegada de “la hija de la mañana, la aurora, de rosáceos dedos”, deberán otra vez volver a sus ignotos aposentos, pues se acerca de nuevo la hora del bullicio.
La llama que Eneas trajo de Troya no está ya en el templo de las vestales. En la casa tampoco hay sacerdotisas vírgenes, ni dioses al acecho, a la espera de sorprender a jóvenes muchachas. Allí sólo crece la hierba y corren los gatos. El espíritu marcial y las palabras amorosas se apagaron, como se calló en Delfos la fuente parlante.
Pero el mundo antiguo se resiste a desaparecer del todo. Al menos aquí, en Roma, está continuamente presente, integrado o soportando las nuevas estructuras. Los viajeros suben a la colina del Capitolio y llegan a la plaza, donde les espera un ecuestre emperador. ¡Bendita su suerte! El desconocer su identidad le salvó la vida, a la estatua, no al emperador. A Marco Aurelio le confundieron con Constantino y le perdonaron fundirlo de nuevo, para campanas, cañones o una estatua más de San Pedro. El bronce de Trajano, que coronaba su propia columna, tuvo peor suerte y el de Itálica fue trocado por el Apóstol, ad maiorem gloria de la iglesia romana y de su fundador. La guerra de las estatuas no es sólo un hecho contemporáneo. Esto sucedió en tiempo de mudanza, hace ya siglos, cuando los papas señoreaban la ciudad y la tríada capitolina era sólo un culto recuerdo. Así que, piensan los viajeros, en épocas de cambio puede ser mejor que a uno le confundan y le tomen por otro, si con ello consigue preservar su integridad. Pero nunca se sabe: los designios del Señor son inescrutables.

Foto: El Coliseum y estatua ecuestre de Marco Aurelio en el Camplidogio.

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miércoles, marzo 28, 2007

Cuaderno napolitano (y 3)

BAHÍA, MERCADO Y BULLICIO
Por José I. Martín Benito

Bajan los viajeros desde la Piazza Garibaldi a la del Municipio por el Corso Umberto I. La mañana es corta y por eso han decidido hacer el trayecto en autobús. La calle es un mercado continuo de puestos callejeros, como ya advirtieron la tarde de su llegada. Desde aquel rodante mirador, observarán que cualquier lugar a lo largo de las aceras es bueno para instalar un muestrario de bolsos, bisutería, gafas, cinturones, gorras, perfumes, artesanía africana o libros de ocasión. De estos últimos, los viajeros sólo vieron un puesto, pero no por ello deducirán que los napolitanos son poco amantes de la lectura, que las apariencias engañan. Puestos callejeros de viejos libros vieron también en el Trastevere y en las plazas de la Repubblica y del Cinquecento, junto a las Termas de Diocleciano, poco transitados, es cierto, pero no por eso se dirá que los romanos no leen. En el Trastevere encontraron los viajeros dos guías de España, una de los años sesenta del pasado siglo y otra más antigua, escrita por Edmundo de Amicis, que visitó el país a principios de la centuria.
Pero estábamos en Nápoles, así que dejemos a los romanos, “aunque oímos o leímos sus historias”. Decíamos que la avenida es un mercado al aire libre. En verdad, por lo que llevan visto, diríase que toda la ciudad lo es. La actividad mercantil contribuye al ruido y al bullicio. Pasan automóviles y motocicletas y por doquier se oyen bocinas y sirenas. ¡Ruidosa y ajetreada Nápoles! Sobre la bahía, un volcán duerme, pero la gente está plenamente despierta, en una interminable “joie de vivre”.
Los viajeros se dirigirán primero al Castel Nuovo para cruzar el umbral del arco de triunfo del aragonés Alfonso. Subirán a la azotea y allí contemplarán, casi a vista de pájaro, la populosa ciudad, el puerto y la silueta borrosa del Vesubio. Luego dirigirán sus pasos a la capilla palatina, a la sala grande o de los barones, hoy convertida en salón de plenos del Consiglio comunale. Tras pasear las salas del Museo cívico, salen del castillo con dirección a la Piazza del Plebiscito, la más vasta y monumental de la ciudad. Allí da la fachada del Palazzo Real, enfrentada a la iglesia de San Francisco de Paula, que pretende ser aquí, en el Sur, una réplica del Panteón de Agripa.
El templo está escoltado por dos estatuas ecuestres que miran al palacio. Los jinetes no llevan nombre, pero pronto los viajeros reconocen en uno de ellos las facciones de un joven Carlos III, que fue rey de Nápoles antes que la muerte de su padre le obligara a cambiar de trono y tomar los asuntos de España. El rey debe ser muy conocido aquí, pues el pedestal sobre el que se levanta la estatua, erigida por Antonio Cánova, carece de inscripción que la identifique. No obstante, algunos grafiteros se han encargado de suplir el olvido oficial y en los balaustres que rodean el podium han escrito varias veces en italiano: Carlo III.
Advierten los viajeros que el pasado español está aún presente en la ciudad. Y no sólo por el rey Carlos, o por el arco de Alfonso el Magnánimo empotrado en el Castel Nuovo. Lo piensan también por el entramado urbano. Ya se dijo que uno de las arterias principales lleva el nombre de Vía Toledo, llena de negocios de cualquier género. Convendrá consignar que la denominación no es por la ciudad del Tajo, sino por el virrey Pedro de Toledo, que promovió la expansión urbana de la Nápoles del Quinientos. El nomenclátor se encarga de ligar el presente con la historia. Por allí anda también el Quartiere degli spagnoli (Barrio de los españoles) o la Rua Catalana.
Con tanta evocación, recordarán que por aquí estuvo también de virrey don Juan Alfonso Pimentel, VIII conde de Benavente, el cual mandó trazar la Via de Poggio Reale, construyó varios puentes y contribuyó al embellecimiento, higiene y salubridad de la ciudad con múltiples fuentes. No podrán olvidar tampoco que desde Nápoles enviaba sus lienzos a España José Ribera, el Spagnoleto.
Pero la historia continua, eso sí, sin perder las raíces. Los viajeros llegaron a la ciudad de Campania en busca de Pompeya, pero se irán también con recuerdos de sabor español. En la Piazza Garibaldi un gran cartel anuncia una exposición de Velázquez en el Museo di Capodimonte. No la verán. Los días son contados, así que tendrán que decidir. Además, la obra velazqueña la ven a menudo en el Prado, y la vieron también, muy completa, en la retrospectiva de 1988. Es por ello por lo que no dudarán entre la muestra de Capodimonte o el Museo Arqueológico Nacional, con las esculturas del cardenal Farnese.
Grecia y Roma en Campania. Hércules, el Toro y el mundo helenístico. Y una espléndida galería de retratos. De entre todos, destaca el colosal de Vespasiano, digno de su vasta obra: el anfiteatro Flavio. La serie de Marco Aurelio refleja la evolución del joven al maduro emperador; la frente despejada de Julio César, la firme decisión del paso del Rubicón; la rizada barba y el gesto severo de Caracalla, la extensión de la ciudadanía...
Roma en Campania. Campania en la Magna Grecia y España en Nápoles. Crisol de luces y colores en la paleta mediterránea. Azulada bahía. Mercado y pintura, tráfico volcánico, jinetes, fuentes y corceles. Aceras y motocicletas. Ruidos y fachadas desvencijadas. Bulliciosa Nápoles.

Foto: Castell Nuovo, Carlo III y Toro Farnesio (Nápoles).

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viernes, marzo 23, 2007

Cuaderno napolitano (2)

CIRCUMVESUVIANA
Por José Ignacio Martín Benito

El viajero escribe en el tren que les lleva a Pompeya. Son las 10,00 de la mañana y acaban de tomar hace unos minutos el ferrocarril de la Circumvesuviana. La escritura se hace difícil, con el balanceo y el tacatá. El tren funciona, sí, como todo en Nápoles, suponen. El trayecto se contempla para poco más de media hora. Es el tiempo que tardará en recorrer los cerca de 30 Km que separan la estación de plaza Garibaldi de las ruinas pompeyanas.
Un conglomerado de lenguas y razas ocupa, apretado, los vagones: familias italianas (algunos pasajeros leen “La Repubblica” o el “Leggo”); españoles, franceses, alemanes, africanos... No se busque aquí la comodidad, ni mucho menos el confort, pues no se encontrará. El tren del folleto informativo se parece, sólo en la forma, al que les lleva. En las polvorientas ventanas hay improntas de manos abiertas, que recuerdan a las pintadas en el interior de las cuevas paleolíticas. La carrocería exterior está completamente pintada de “graffiti”, que no sólo ocupan la parte baja del vagón sino que, en ocasiones, cubren parte del cristal, haciendo opaca esa parte de la ventana.
Al poco de salir de la estación, una niña cruza el pasillo central tocando el acordeón, precedida de un niño más pequeño, con un vaso en la mano que lo acerca a los pasajeros.
La Circumvesuviana es lo que aquí llamaríamos un tren de cercanías, casi un metropolitano, con múltiples paradas. Prácticamente desde la salida en la Stazione Centrale napolitana va bordeando el Vesubio. Apenas los viajeros se han dado cuenta de que el tren se ha detenido casi una decena de veces, cuando advierten de pronto el cartel que anuncia las excavaciones de Herculano. Suspiran los visitantes por la magia mítica del lugar, pero este, por ahora, no es su objetivo, que aquel se encuentra más allá, en la otra cara del volcán. Las estaciones se van sucediendo: Torre del Greco, Villa San Antonio... Pompeya se presiente cada vez más cerca.
Es entonces cuando sienten el aliento del Vesubio. El titán se levanta tranquilo, como un monte más; pero la furia, aunque aletargada, habita dentro. Desde esta cara se perciben claramente las escorrentías de lava que un día, hace casi dos mil años, sepultara Herculano, cara al mar.
Pero el volcán ha despertado varias veces desde entonces, el cráter ha cambiado y los cauces de lava también. En todo caso, complace a los viajeros la recreación histórica de que por esas laderas un día bajaron ríos de fuego. Pero esa complacencia es sólo desde la distancia del tiempo, pues la tragedia la padecieron las gentes del entorno circundante. Y es que el volcán da y el volcán quita. Hace dos mil años su incontrolado furor sepultó Herculano y Pompeya en un inmenso túmulo o sarcófago de lava. Hoy, abierta la inmensa tumba, llegan aquí peregrinos de todo el mundo para penetrar, tras atravesar Porta Marina, en el túnel del tiempo, en el gran escenario del romano imperio.
El tren sigue su camino hacia Sorrento. Ahora Leopardi. Pinos, palmeras y algún que otro eucalipto. Frutales en flor y chumberas. Hay también naranjos... y graffiti, muchos, en las paredes de ambos lados de la vía.
El día está soleado y el tren se detiene en Trecase. Toda la campiña está habitada. Las localidades se suceden, casi sin interrupción. Ahora sale al paso Torre Annunziata. Su antepasada fue también destruida por la erupción del 79, pero una nueva población surgió a comienzos del siglo XIV en torno a la capilla dedicada a la Anunciación, de donde la actual ciudad portuaria toma nombre. La siguiente parada será Pompeya, en las proximidades de la Villa de los Misterios. Los viajeros guardan la libreta y se disponen a bajar. Lo harán también otros muchos, precisamente los que se intuía que lo iban a hacer, pues lo delataban sus mochilas, sus libros y sus mapas. La gente del país ha ido bajando a lo largo de la ruta o seguirá viaje más allá, tal vez hacia Sorrento, pero eso los viajeros no lo pueden saber, aunque se lo imaginan.
La llegada a la entrada de la ciudad se convierte, de pronto, en un mercado. Y no sólo por los puestos callejeros que desde la estación han jalonado y orientado el recorrido de los visitantes, sino por las voces en varios idiomas de guías turísticos al ofrecer sus servicios. Van provistos de una tarjeta identificativa, que les garantiza su conocimiento del lugar y su oficio. Algunos turistas contactan con ellos. Unos guías tienen más fortuna y pronto forman grupo; otros tendrán que esperar. Por su parte, los viajeros prefieren hacer el recorrido sin prisa y perderse en solitario por el interior de la ciudad fosilizada. Suben por la calzada hacia Porta Marina y en poco más de un suspiro se encuentran en la vía que les conducirá hacia el Foro, dominado a lo lejos, pero a la vez tan cerca –como un frente escénico-, por la mole amenazante del Vesubio.

Foto: Circumvesuviana y Ruinas de Pompeya, con el Vesubio al fondo.

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domingo, marzo 11, 2007

Cuaderno napolitano (1)

CAOS
Por José I. Martín Benito

Los viajeros no recuerdan haber visto una ciudad tan sucia, ni tan ruidosa, como Nápoles. Por las aceras y las calles se esparcen bolsas, papeles y desperdicios. El suelo está negro y pegajoso.
Un ir y venir de automóviles y motocicletas pueblan el enjambre de Piazza Garibaldi. Los recién llegados han tomado un taxi para ir al hotel. El taxista, impaciente por la aglomeración del tráfico, gira de pronto a la derecha buscando un atajo e introduce el vehículo por dirección prohibida, ante las miradas de asombro de los pasajeros. Lo hará en dos ocasiones, aorillándose al cruzarse con los que circulan en el sentido correcto. Pero no es el único. Los viajeros comprobaran luego que esta maniobra debe estar a la orden del día. Los conductores tampoco parecen respetar los pasos de peatones, muchos de ellos semiborrados. Por su parte, los viandantes atraviesan la calzada por doquier, por lo que los pasos son aquí más un testimonio ornamental que una vía para cruzar. Llegar a la terminal de autobuses, en pleno centro de la plaza Garibaldi y rodeada del caos circulatorio, es toda una aventura y, sobre todo, una prueba de habilidad peatonal. Tampoco los autobuses gozan de señales fijas de identificación ni de reservas de estacionamiento, de modo que si uno quiere encontrar el suyo deberá dirigirse a lo que llaman “oficina de información” y allí le indicarán, señalando con la mano, la zona de la plaza donde se puede localizar.
Una hora después de su llegada a la Estación Central, los visitantes medirán con sus propios pies el Corso Umberto I y bajarán hasta la Piazza del Municipio para contemplar, entre dos luces, el imponente Castel Nuovo, que se yergue sobre la bahía y el puerto. Lo rodearán por completo y sólo encontrarán un sitio accesible: la puerta que, a modo de arco de triunfo, mandó levantar Alfonso el Magnánimo, a mediados del siglo XV, cuando los aragoneses señoreaban la ciudad y el sur de Italia. Por ahora la silueta y la entrada sólo las fijan en su retina; tiempo tendrán otro día de traspasar la triunfal entrada.
De regreso al hotel buscan desesperadamente una heladería, que no encuentran, y eso a pesar de la fama que tienen los helados italianos, como pudieron comprobar días antes en Roma. Con lo que sí se toparon de manera inesperada en un escaparate -¡en plena semana de Pascua!- fue con un “nacimiento”; tal vez, para recordar que fue en Nápoles donde surgieron los “belenes” o que desde allí vinieron a España por el siglo XVIII.
El Corso, una de las arterias principales de la ciudad, está llena de tiendas y de gente, con decenas de puestos callejeros que invaden las aceras y casi se topan con los comercios oficiales. Hay un contraste entre los establecimientos fijos y los ambulantes, al menos en la iluminación y en la distribución y el muestrario de sus productos, también entre la pulcritud de los espacios interiores con la suciedad del exterior, pero tanto un comercio como otro parece que se han acostumbrado a convivir en vecindad.
Las fachadas de los edificios están desvencijadas, oscuras, con jirones de pintura suelta. No parece que el espíritu napolitano esté por remozarlas, toda vez que a lo largo de la vía no se perciben pioneras señales que marquen el camino a seguir.
Pese a todo, cierto aire de renovación observarán en el entorno del Palazzo Real y de la galería Umberto I. Pero este es el Nápoles racionalista y borbónico; el auténtico corazón napolitano está entre las vías de Toledo, Foria, Carbonara y el Corso Garibaldi, y allí reina el caos. Se trata eso sí, de un caos alegre, bullicioso, sureño, temperamental y vesubiano; de un caos, en suma, dentro de un orden.


Foto: Piazza del Plebiscito, con la estatura de Carlos III, rey de Nápoles. Vía Toledo.

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sábado, marzo 03, 2007

Cuaderno del Este: Nuevos santuarios (y 5)

GERONA
Por José I. Martín Benito

Del Tera al Ter. Los hidrónimos serán parecidos, pero no así sus aguas. Al menos los viajeros vieron turbias las del segundo. Han cruzado el río por uno de los puentes peatonales que cosen a la ciudad nueva con el casco histórico y ponen rumbo a la zona de las torres. En uno de los extremos y en la parte baja, dos templos les esperan. San Nicolás y San Pedro de Galligants se dan la mano. Fuera ya del culto, el primero alberga una exposición temporal de vanguardia, en tanto que San Pedro, restaurado por la Diputación Provincial en el siglo XIX, contiene la colección arqueológica donada por los herederos de un coleccionista gerundense. La iglesia, hay que decirlo, sufrió la devastación y ruina provocada por el sitio de los franceses durante la Guerra de la Independencia y por la inundación del río. De poco valieron las defensas abalaurtadas que se hicieron tras la Paz de los Pirineos. El francés cruzó igualmente las montañas y se presentó en la ciudad. Lo demás, ya lo sabemos por las crónicas. Los sitios de Gerona, Zaragoza y Ciudad Rodrigo fueron acaso los más largos y heroicos de aquel conflicto.
En estas ensoñaciones estaban los viajeros cuando por la tarde han penetrado en la ciudad vieja, cansados del paseo matutino por los entresijos del castell de Sant Ferran. Son las cinco. Agotados, deciden hacer un alto para descansar. Lo encontrarán en los sombreados jardines que hay junto a San Pere, antes de visitar los llamados baños árabes. La verdad es que éstos de árabes tienen poco, pues cuando se construyeron Gerona era ya dominio de cristianos. Pero los ecos de las arquitecturas nos remiten al mundo hispano-musulmán, al alfiz y al arco de herradura. Los viajeros evocarán aquí los baños que un día encontraron en los sótanos de un palacio en Jaén, aunque nada de Aixa, Fátima y Marién, las tres morillas enamorizadas.
Después se encaminan en larga subida a la Catedral, tras la huella del códice que Emeterio y Ende ilustraron hace más de mil años en un monasterio tabarense. El esfuerzo de la larga escalera bien merecerá el Grial. Pero en su lugar sólo encontraron dos reproducciones facsimiladas, pues el original estaba guardado a cal y canto por el cabildo. Los visitantes tuvieron que conformarse con el resto del tesoro y recordar la lápida que los de Gerona regalaron a los de Tábara. Al menos, eso sí, pudieron contemplar el tapiz de la Creación, que se exhibe en una atmósfera de penumbra. Entienden que el ambiente es para que la luz no dañe al color de las telas, pero los viajeros le dan también su particular interpretación; en la soledad, a oscuras en aquella habitación, hasta que los ojos se van adaptando y descubriendo poco a poco la luz y los colores. Y recuerdan: “la tierra era soledad y el caos y las tinieblas cubrían el abismo...” (Gén. 1, 2). De la nada, de la sombra salió la luz. Al principio eran las tinieblas y el sumo hacedor fue insuflando claridad a las tierras y a las aguas. Hasta que la luz se hizo... Después buscarán la frescura del claustro, bajo el muro torreado.


Cuando salen de la catedral seguirán la huella de Sefarad en el Call dels Jueus, entre calles estrechas y empinadas con escaleras inacabables. No pueden por menos de recordar la judería de Hervás, recóndita en el valle del Ambroz, y se preguntan cuántas llaves de las aljamas hispanas conservarán aun los hijos de la Diáspora.
Gerona está limpia. Pocos cascos históricos han encontrado los viajeros tan inmaculados, sin desperdicios o papeles que perturben la contemplación de casas, rincones y palacios.
Aun tendrán tiempo de comprar unas sandalias, no las del pescador, que tanto Roma como Tierra Santa ni se divisan, por lo que será difícil caminar sobre las aguas; aunque esta provincia tenga la réplica del lago de Tiberiades en Bañolas.
La rambla hierve y con un calzado cómodo se disfruta mejor. Por ella iban, descubriendo tiendas y librerías, cuando de pronto se toparon, sin buscarla, con la Fontana d´Or, restaurado edificio donde se exhibe una muestra sobre la vida en los palacios de la Edad Media. La exposición se cierra a las nueve y faltan sólo diez minutos. Pero no tendrán dificultad para entrar. Está visto que los gerundenses quieren enseñar sus tesoros, que son muchos. Tímidas gotas de alguna nube pasajera mojan ligeramente el pavimento.
Todo ello se esconde tras cruzar el Ter desde la parte nueva de la ciudad. Rebasar esa barrera es un poco pasar también el Rubicón: una inmensa oportunidad se abre a la ambición de los soldados, en este caso armados sólo con sandalias y cámara en ristre, que el pilum lo dejaron en Ampurias. Cruzar el Ter es trasladarse en el tiempo, de la Gerona de ayer a la de hoy, donde el pasado y el presente conviven en armonía inacabada. Y así debe seguir siendo.



Foto: Río Ter a su paso por la ciudad. San Pere de Galligants. Beato de Gerona y Tapiz de la Creación.

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sábado, febrero 24, 2007

Cuaderno del Este: Nuevos santuarios (4)

SANT FERRAN
Por José I. Martín Benito
Acaso sea la tierra un inmenso espejo del firmamento. Y es que si alguien recorriera desde el aire la frontera hispano-lusa y también la pirenaica vería varias estrellas varadas, a ras de suelo. Estrellas perfectas de cinco puntas, como la de la ciudadela de Jaca; de ocho, como la del Fuerte de la Concepción en Aldea del Obispo, o de doce, como la que cobija la villa portuguesa de Almeida. Diríase que han caído del cielo, aunque alguna de ellas, caso de la de Figueres, parece que está a punto de despegar y volver con sus celestes compañeras.
Cuando llegaron al Ampurdán los viajeros habían oído hablar de algunas cosas, pero desconocían otras. Así que, casi de suerte, vinieron a saber de la existencia del castell de San Ferran. Al ver en la oficina de turismo una fotografía aérea ya no dudarán en visitarlo. Por eso, antes de abandonar la capital ampurdanesa y salir para Gerona, los viajeros decidieron subir al cerro. “La mayor fortaleza de Europa”, rezan los folletos turísticos. Los viajeros han visto otras, pero no lo discuten. Además, hace mucho calor para andar haciendo mediciones, por lo que se fiarán de las palabras de los guías: 32.000 m2 construidos, dicen; más de 50.000 incluyendo el glacis.
Como si de un safari se tratara suben los exploradores en un todo terreno e inician la aventura por fosos, pasadizos y cisternas. Van cubiertos con cascos de mineros, pues por minutos dejarán de ver la luz del sol y se adentrarán en el estómago y en los intestinos del gigante. San Fernando es conocido también como “la catedral del agua”. Nueve mil millones de litros están almacenados desde hace más de 20 años en sus profundidades. Justo el tiempo que hace que se rompió la conducción que traía el preciado líquido desde el manantial de Llers, a unos 3,5 km del castillo. Cuando en Roma se cortaron los acueductos empezó el declinar de la ciudad. Allí dicen que fueron los bárbaros venidos del Norte. Aquí, en Figueras, la culpa la tuvieron las obras de la autopista del Mediterráneo. Barbarie contra civilización, aunque en el corte del acueducto de la fortaleza ampurdanesa no se sepan donde están los límites de cada una. A la postre dio igual y el agua dejó de llegar.
Los viajeros bajan a las profundidades y, cual argonautas, con ayuda de una barca, recorren tramos de agua embalsada. Apretados como sardinas en lata, agachan la cabeza para pasar por angostos huecos entre las cisternas. El silencio no puede ser mayor. El agua, mansa, limpia y fría bajo las bóvedas. Las lámparas de los cascos sirven de antorchas en la fresca oscuridad. Se preguntan si por allí no estarán Dante y Virgilio o si el barquero no será un Caronte redivivo. Después, cuando salgan al gran patio, les sorprenderá la luz, el resplandor y la ceguera. La inmensa y calcinante soledad de la plaza de armas no es capaz de disimular la iglesia inacabada, frente a la flamante casa del gobernador. Curiosa paradoja, pues lo castrense ha sido siempre amigo del hisopo.
Sant Ferran es una de las fortificaciones militares de la frontera francesa. Los planes para construirla comenzaron tras la Paz de los Pirineos, cuando la Monarquía Hispánica debió ceder la hegemonía al Rey Sol. Pero no sólo fue el poder lo que se entregó; también el condado del Rosellón. Así que, los Austrias empezaron los planes, pero ahí se quedaron; debieron pasar casi cien años y otra dinastía hasta que Cermeño comenzara las obras. Ya se sabe que en este país las de palacio van despacio.
A pesar de su relativa juventud, el castell ha visto singulares acontecimientos bélicos: la Guerra Grande, que enfrentó a la Francia revolucionaria con la monarquía española y la de la Independencia. Contra todo pronóstico, el paso de los gabachos no afectó a su fisonomía. Sólo la Guerra Civil dejó cicatrices en la fábrica, cuando en la retirada del ejército republicano se voló una parte del castillo y la mitad de las caballerizas. Aún así, Sant Ferran sigue conservando su colosal integridad. Por sus muros han pasado soldados y convictos, pues no en balde fue también Centro de Instrucción de Reclutas y establecimiento penitenciario.
Hasta este lugar llegan también los devotos. Por lo que se observa en bastante menor número que en la villa. Claro que allí está Dalí y aquí sólo resta el reciente espíritu levantisco de Antonio Tejero, aquel teniente coronel de la Guardia Civil que, pistola en mano, entrara en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981 y que, tras ser juzgado y condenado, fuera confinado a este penal militar.
Hoy el castillo ya no guarda a nadie: ni soldados, ni milicianos, ni presos.., tan sólo algunos gamos que ramonean la hierba de los fosos. Las dependencias e instalaciones son cuidadas y explotadas por una entidad privada, que organiza las visitas, aunque la propiedad siga siendo del Ministerio de Defensa. Con sana envidia desearían los viajeros un destino similar para el Fuerte de Aldea del Obispo, perdido y olvidado en la frontera hispano-portuguesa, y así lo dejan escrito en el libro de visitas de San Fernando.


Fotos: Aérea del castell de Sant Ferrant (www.cnllanca.cat/080_alt_emporda.htm) y varias del recinto (www.ingenierosdelrey.com/.../figueras.htm).

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