La Crónica de Benavente

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lunes, abril 09, 2007

Cuaderno romano (I)

ANILLOS Y ESTATUAS
Por José I. Martín Benito


De vez en cuando es conveniente alimentar los recuerdos. Por eso, después de 19 años, han vuelto los viajeros a Roma. El grupo ha aumentado. Ahora son tres. Quizás piensan que determinadas cosas y algunos paisajes es mejor transmitirlos, para que estos no se olviden cuando se apague la llama. No lo dicen por la ciudad eterna, que ella continuará mientras el Tíber fluya. Lo piensan los viajeros por la necesidad de compartir ciertas vivencias y que estas perduren en la memoria de aquellos que les deberán de suceder.
Son las cinco de la tarde. El cielo está gris y alguna ligera llovizna ha mojado el asfalto. La bajada por la vía Cavour descubre la cabecera de la basílica de Santa María la Mayor. Pero ésta, como San Pietro in vincoli, y la mayor parte de las iglesias romanas, están cerradas, por ser hoy domingo de Pascua. También lo estarán mañana, día de Pascuata. Aquí se celebra lo que en algunos lugares de Iberia se conoce como “lunes de Pascuilla”.
Por la vía de Annibaldi llegan al corazón de la Roma antigua. El Coliseo se levanta todavía, clavado al suelo, como si fuera un gigantesco anillo que hubiera sido lanzado por los dioses para desposar a la ciudad. Otro anillo, el del pescador, está a punto de quebrarse, pero los orfebres pronto lo reemplazarán. Así es Roma: los reyes dieron lugar a los dictadores y estos a los césares; después vinieron los papas... y todos usaron y usan del anillo que les confiere la auctoritas y el imperium.
La mole sigue atrayendo a miles de visitantes. En otro tiempo, la excusa para entrar en el mágico recinto fueron las fieras y los gladiadores. Hoy, desaparecidos estos desde que Constantino prohibiera los espectáculos sangrientos, la atracción es el propio y descomunal anillo. Los curiosos forman largas y enfiladas colas, esperando su turno. Cerca, el arco de Constantino sirve como frente escénico a una multitud que deambula por la plaza: turistas –los más-, vendedores de puestos callejeros, policías, carruajes... -el resto-.
Por la vía Sacra acceden los viajeros al Foro, en situación inversa a como lo hicieran la primera vez. Entonces bajaron por el Campidoglio con el referente, al fondo, del arco de Tito. Pero el Foro sigue siendo el mismo, aunque se recorra en una u otra dirección, flanqueado por las colinas del Palatino y del Capitolio. Allí siguen estando la basílica de Majencio, el templo de Rómulo, el de Vesta, el de Cástor y Pólux, la basílica Julia y luego otro arco, el tercero, el de Septimio Severo. Allí, en el foro, está el corazón de una ciudad que extendió sus arterias por el mundo entonces conocido. Es un corazón disecado, incorrupto. Suenan en el aire los versos de Quevedo:

Si buscas a Roma en Roma, oh! peregrino.
Y en Roma misma a Roma no la hallas,
Cadáver son las que ostentó murallas
Y tumba de sí propria el Aventino
”.

“Pero el cadáver, ay!, siguió muriendo...” Tal vez porque todos los días han sido muchos los hombres que han surcado aquellas ruinas, el cadáver se fue incorporando lentamente y ha podido resistir el paso del tiempo. No hay reposo ni silencio en aquellos espacios de eternidad. Los fantasmas del pasado deberán esperar la llegada de las sombras, tras la luz crepuscular, para volver a ocupar los solares seculares. Pero con la llegada de “la hija de la mañana, la aurora, de rosáceos dedos”, deberán otra vez volver a sus ignotos aposentos, pues se acerca de nuevo la hora del bullicio.
La llama que Eneas trajo de Troya no está ya en el templo de las vestales. En la casa tampoco hay sacerdotisas vírgenes, ni dioses al acecho, a la espera de sorprender a jóvenes muchachas. Allí sólo crece la hierba y corren los gatos. El espíritu marcial y las palabras amorosas se apagaron, como se calló en Delfos la fuente parlante.
Pero el mundo antiguo se resiste a desaparecer del todo. Al menos aquí, en Roma, está continuamente presente, integrado o soportando las nuevas estructuras. Los viajeros suben a la colina del Capitolio y llegan a la plaza, donde les espera un ecuestre emperador. ¡Bendita su suerte! El desconocer su identidad le salvó la vida, a la estatua, no al emperador. A Marco Aurelio le confundieron con Constantino y le perdonaron fundirlo de nuevo, para campanas, cañones o una estatua más de San Pedro. El bronce de Trajano, que coronaba su propia columna, tuvo peor suerte y el de Itálica fue trocado por el Apóstol, ad maiorem gloria de la iglesia romana y de su fundador. La guerra de las estatuas no es sólo un hecho contemporáneo. Esto sucedió en tiempo de mudanza, hace ya siglos, cuando los papas señoreaban la ciudad y la tríada capitolina era sólo un culto recuerdo. Así que, piensan los viajeros, en épocas de cambio puede ser mejor que a uno le confundan y le tomen por otro, si con ello consigue preservar su integridad. Pero nunca se sabe: los designios del Señor son inescrutables.

Foto: El Coliseum y estatua ecuestre de Marco Aurelio en el Camplidogio.

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