La Crónica de Benavente

vallesbenavente@terra.es

lunes, abril 20, 2009

Crónicas béticas (y 3)

TRIANA, PUENTE Y APARTE
Por José I. Martín Benito *
En el Museo de Sevilla están -sí- los jardines, pero no hay rastro del joven pintor desesperado por la huída de su “Triniá”. En eso estaban los viajeros, evocando a Miguel de Molina y a Carlos Cano, bajo la estatua de Murillo, cuando deciden que lo que han venido a ver son los lienzos de la escuela barroca sevillana; así que dejan la copla por el pincel y recorren los muchos patios y salas del antiguo convento de la Merced.
Saciado el espíritu, desde el Arenal se dirigen a los Reales Alcázares, no sin antes pasar por el plateresco ayuntamiento de Riaño y envolverlo en su cámara digital. Pero la entrada en los Reales es complicada, de efectos retardados. No es, "vamos a entrar" y ¡hala! "ya estamos". Los viajeros, como tantos otros, deberán esperar a que la cola que les precede sea engullida por las fauces del león que guarda la puerta; sólo así entrarán en la morada del rey don Pedro y podrán admirar los azulejos, atauriques y mocárabes.
Pero los visitantes quieren empaparse del alma sevillana al otro lado del río. Por la tarde, bajarán hacia la torre del Oro y cruzarán el puente que les lleva a la margen izquierda.
Triana es a Sevilla lo que el Trastévere a Roma.
El río sigue fluyendo, se llame Betis, río Grande o Guadalquivir, que lo de menos es el nombre, mientras lo surquen galeras, bajeles o piraguas; mientras corra por la depresión en busca del océano. El río baja sucio en su curso bajo. Un barbo muerto flota vientre arriba. También, en los jardines de los Reales Alcázares, una tórtola sin vida, rodeada de hojas marchitas, espera volver a ser polvo de la tierra.
Para acceder a los embarcaderos hay que buscar la entrada entre restaurantes. Allí bajarán los viajeros, no para comer –que ya lo hicieron- ni para subirse a una barca, sino para ver los reflejos de la torre del Oro en las mansas aguas del río.
Por la calle de Troya, los visitantes se dirigen al corazón de Triana. Una placa recuerda que en otro tiempo se llamó de La Cruz, ambiente de la novela cervantina de Rinconete y Cortadillo en el patio de Monipodio.
¡Quién lo iba a decir!, pero en uno de los bares de Triana, los viajeros se toparon con una fotografía de Barrio de Sanabria, de Paisajes Españoles. Ya lo ven, pusieron rumbo al sur y el norte, como una sombra, les persigue. Pronto encontrarán la explicación; el padre del camarero es oriundo de tierras sanabresas, donde tiene una casa a la que la familia retorna todos los veranos. En el interior, se ofrecen varias participaciones de la lotería de Navidad, tanto de la Hermandad del Cachorro como de la Esperanza de Triana. A la salida descubren más ecos sanabreses; no habían reparado a la entrada en el nombre del establecimiento: “Bar Remesal, especialidad de caracoles”. Y es que el norte está tan lejos y tan cerca. Por la mañana, en la calle Sierpes, los viajeros se encontraron con Paco, un maestro zamorano al que conocieron hace veinticinco años. Ahora vienen a saber que organiza viajes y, durante estos días, está en Sevilla de visita con unos amigos.

Es a la ermita del Cachorro a dónde encaminan sus pasos los viajeros. Antes pasarán por la iglesia de la Hermandad de la Divina Pastora. Estamos aquí en el corazón de la religiosidad sevillana, a este otro lado del río. Y es que, como dicen sus habitantes: “Triana es puente y aparte”. Aquí se dan la mano béticos y sevillistas, que el color alcanza las humanas pasiones y, así, en la calle de Rodrigo de Triana, los colores van del blanco al verde y del verde al blanco.
Cuando llegan, por fin, a la ermita, acaba de terminar una boda. Una limusina recoge a los novios. Ya no hay devotos en la iglesia, tan sólo cuatro turistas y los recién llegados.
El regreso a Sevilla lo hacen por el puente del Cachorro, hacia el barrio del Arenal, hasta la plaza del Cabildo. Todavía tendrán tiempo de comprar los “dulces de las monjas”. Observan los viajeros que los sevillanos deben ser muy golosos, pues formando cola aguardan pacientemente su turno para comprar los exquisitos manjares en un pequeño y especializado local.
Poco más les entretiene por hoy en Sevilla, como no sea adquirir algunos azulejos y objetos de cerámica. Por estar, se quedarían más tiempo, pero los cuerpos están cansados y desean retornar a Carmona.


Fotos: Estatua de Velázquez en los jardines del Museo de Bellas Artes de Sevilla; tórtola muerta en los Reales Alcázares; la Torre del Oro desde Triana y azulejo de la Divina Pastora.


* 8 de diciembre de 2007


Próximamente: Crónica galaica

Etiquetas:

domingo, abril 12, 2009

Crónicas béticas (2)

DULCES DE LAS MONJAS
Por José I. Martín Benito *

Estamos, ya se dijo, en la Bética, en la fértil y suave vega del Guadalquivir. Y aunque no sea hoy primero de noviembre, los viajeros inician la visita al cementerio más antiguo de Carmona. La romería mortuoria se topó primero con el anfiteatro. Todavía tienen en la retina las moles desprendidas del de Itálica, como si fueran los restos de un cataclismo. En Carmona se conserva el esqueleto entero, como una honda cicatriz en la blanda roca.
Vienen a saber que, caído en desuso, los habitantes de la ciudad llegaron a utilizarlo como camposanto. En este, hicieron lo mismo que los isleños en el teatro de Alcudia; y es que los espacios bulliciosos, andando el paso del tiempo, enmudecen y se transforman en lugares de quietud, donde habita el olvido. Al fin y al cabo todo vuelve al polvo.
Los viajeros reflexionan sobre el ruido y el silencio y se dicen que si guerra dan los vivos, también la dieron los muertos. Los humanos pasan tanto tiempo pensando en cómo vivir como en preocuparse por las comodidades del eterno descanso.
Tal vez por eso, aquí, en Carmona, se labró para los muertos una ciudad bajo la tierra. No todo es olvido, que la memoria pervive más allá de la muerte, sobre todo cuando alguien se molesta en dejar grabados nombres y hechos. En Carmona, las generaciones se han sucedido, pero los nombres de Servilia y de Postumio permanecen. Como también sus espacios de eternidad; violados, sí, pero mostrados al mundo por el empeño de un inglés decimonónico. Acaso en eso consista la inmortalidad, cuando los nombres perduran dos mil años después del óbito.


* * *

De Carmo a Hispalis. De la calma de los muertos al bullicio de los vivos. Tropel de gentes en la plaza de España; cuadrillas que buscan su banco provincial, como quien busca el Grial, sólo que el banco lo encuentran y con eso se conforman.
Columnas humanas suben y bajan sin descanso al campanario de la catedral. Si don Fermín desde la torre de la seo ovetense escudriñaba la vida de Vetusta, desde la Giralda podría intentarse algo parecido e indagar por los amores perdidos de la mocita más bonita de un conocido barrio, por los recuerdos infantiles donde maduran los limoneros o por la lunita plateada y las dos cruces del monte del Olvido.
Pero la magnitud de la ciudad haría que sólo quedara en eso, en un intento, pues son muchos los rincones sevillanos. Además, el curioso “voyageur” podría quedarse ensimismado contemplando la ciudad, sus barrios y edificios y olvidarse de su oficio. Dejemos a los troyanos, mejor así.
Los viajeros bajan de la torre y salen por la puerta de los Naranjos camino del barrio de Santa, Cruz con el recuerdo de Carlos Cano. Entre tiendas de artesanía y “souvenirs”, llegan a la plaza de Banderas. Muy cerca, los sevillanos hacen cola para comprar “los dulces de las monjas”, expresión colectiva que por estas fechas realizan los conventos de dueñas de la ciudad. Pero los viajeros, Fabio, cambian el dulce por una manzanilla en la calle de Rodrigo Caro, poético famoso, al tiempo que la tuna ha comenzado ya su serenata.
Son las siete de la tarde. Por la plaza de Santa Cruz llegan a los Jardines de Murillo, cuando son sorprendidos por ruidos de sirena que se mezclan con el sonido de las campanas. Aquel, poco a poco desaparece y este se hace casi ensordecedor. Diríase que todos los bronces de Sevilla han comenzado a repicar. Pero no, “son sólo las campanas de la catedral”, les advierte un nativo al que preguntan. La razón de aquello no es otra que hoy es víspera del día de la Inmaculada Concepción, que aquí, en Sevilla, se vive de manera muy especial, con procesión incluida.
Los viajeros están cansados. Ya han visto a la Virgen de Montañés en el presbiterio de la seo y le han robado una imagen digital. Con eso se conforman, y con Carmona como refugio.


Fotos: Tumba en Carmona; Sevilla desde la Giralda y cola para comprar los dulces de las monjas.

(Continuará: Triana, puente y aparte)

* 7 de diciembre de 2007

Etiquetas:

lunes, marzo 30, 2009

Crónicas béticas (1)

"MUSTIO COLLADO..."
Ruinas de Itálica
Por José I. Martín Benito *
Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa...
(Rodrigo Caro)
Ignoran los viajeros qué puede depararles la visita a la antigua ciudad. Las dos veces anteriores se dieron de bruces con la verja, por lo que piensan que, si a la tercera va la vencida, verán cumplidos sus propósitos de adentrarse en la “Itálica famosa”.
Ahora, por poco la historia se repite. Los guardas les advierten que, al ser día festivo, la visita terminará a las cuatro de la tarde, para las que apenas quedan poco más de 20 minutos.
Finalmente, en el interior, entablarán conversación con otro de los custodios, lo que les permite hacer un paseo más pausado y que el tiempo se detenga y a la vez se alargue. No podrán por menos de evocar los versos del poeta en aquellos campos de soledad.
Cinco anátidas llegan graznando desde el sur y se posan, sin inmutarse, cerca de los visitantes. Parece que lo hayan hecho siempre; en todo caso, los extraños en aquel paraje son los viajeros.
La presencia de la vida silvestre es constante en el solar itálico. Una liebre cruza, en rápida carrera, la vía decumana.
Los emperadores ya no están allí para presenciar la metamorfosis de su urbs en el agger primigenio. Es igual, aunque estuvieran tampoco acertarían a encontrar una explicación en los grandes pájaros mecánicos que sobrevuelan constantemente el solar urbano. ¡Quién sabe si los aviones no estarán instando a las aves petrificadas en uno de los mosaicos a remontar el vuelo, para que vuelvan, otra vez, a surcar los cielos de la Bética. Y con ello, el retorno de la romanidad!

Los viajeros han llegado, pero marcharán. Lo hicieron otrora los hijos de la ciudad. Trajano cambió la vida de provincias por la de la metrópoli del imperio y el Betis por el Tíber y el Danubio.
Pero, a pesar de la hégira, y a pesar también del inexorable paso del tiempo, los muros se agarran a la tierra: en los desgajados bloques de hormigón del anfiteatro, en la alcantarilla que corre por debajo de la calzada principal, en los pavimentos que resisten pegados al solar… Sombras y memorias funerales de alto ejemplo...

Ya en Santiponce, dos “roulottes” permanecen ancladas a las puertas del antiguo teatro. Diríase que los actores están a punto para bajar de estos camerinos de hojalata y comenzar la representación.
La escena da la espalda al limes, entre el bullicio de la ciudad moderna, con el sosiego de las ruinas del mustio collado en los campos de vastas soledades.

De las cenizas a la llama. Del eco al ruido. Del Betis al valle del Corbones. Los viajeros tendrán tiempo todavía de llegar al alcázar del Rey don Pedro y descubrir los secretos tartesios y turdetanos de Carmona y de la roca blanda de los Alcores.

(Continuará...: "Dulces de las monjas")
Fotos: Anátidas, avión, anfiteatro y estatura de Trajano en Itálica (Santiponce, Sevilla).
* 6 de diciembre de 2007

Etiquetas:

relojes web gratis