La Crónica de Benavente

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martes, febrero 05, 2008

Paisaje con figuras (6)

6. EL VELLOCINO [1]
Por José I. Martín Benito


Cuando Valentín Jasón decidió emprender una nueva vida y poner rumbo al otro lado del mar, la campana mayor de la iglesia de Santa María estaba siendo retirada para fundirla de nuevo. Desde la tormenta del 98, cuando el rayo alcanzó la torre y “María de la O” se desprendió desde lo alto para acabar con la vida de un perro vagabundo, su sonido ya no era el de siempre. Por eso, la gente, acostumbrada desde varias generaciones a aquel timbre metálico y seco, no asociaba que el Ángelus le fuera anunciado con un sonido bronco y ahogado. Hasta las caballerías que tiraban del trillo en las eras, que dicen que paraban cuando la campana repartía su tañido, parecían haber enloquecido, pues no encontraban el momento apropiado para detenerse.
Fue por eso, por lo que el vicario decidió refundir de nuevo a “María de la O”. Don Ezequiel Malaspina contactó con una fundición en Palencia a la que encargó el trabajo. Valentín Jasón fue uno de los obreros que ayudaron a bajar de la torre la campana herida. Al término de la jornada, don Ezequiel les dio dos pesetas y les invitó a chocolate. Fue en el transcurso de aquella velada, cuando a Valentín se le despertó el ansia por viajar. El cura no hacía más que hablar de los viajes de su antepasado, el marino Alejandro Malaspina, al mando de la fragata “Asunción” y de las corbetas “Descubierta” y “Atrevida”. Valentín no sabría responder si fue el nombre de los mares o la gloria de la expedición del marino italiano, lo que le embrujó. Pero al salir de la casa del vicario tenía prácticamente tomada la decisión. Iría a Vigo, desde donde se embarcaría en un vapor rumbo a Buenos Aires. Una vez allí, ya vería, pero no habría de quedarse mucho tiempo, pues su deseo era correr los mares de los cinco continentes.
Además, se decía, si se quedaba, qué podría hacer con dos pesetas de jornal; eso, en el mejor de los casos, pues muchos días durante el invierno faltaba el trabajo a causa de las lluvias. Entonces, ni las obras del plus del ayuntamiento eran suficientes para dar ocupación a una legión de obreros que, en el corrillo de San Nicolás, esperaba paciente su turno o la llamada, milagrosa, de algunos hacendados. La verdad era que a Valentín de un tiempo a esta parte le contrataban muy poco. Todos sabían, y él también, que era a causa de haber sido uno de los segadores que se habían puesto en huelga en Villalpando, en el verano de 1904, reclamando un aumento de jornal. Señalado como uno de los “espíritus levantiscos”, los patronos se guardaban mucho de buscarlo para realizar cualquier faena. Sólo el bueno del vicario, sabedor de la juramentación de los ricos labradores, lo llamaba, con cualquier excusa, siempre que podía: reparación de goteras, encalado de la sacristía, limpieza de retablos...
Decidido, y animado por el sacerdote, Valentín Jasón trató con un agente de embarque que le cobraría 30 ptas de comisión sobre el precio del billete de Vigo a Buenos Aires, que ascendía a 226 ptas. En las jornadas previas a la partida, vivió Jasón en continua tensión. Con él partirían gentes de la comarca y otras venidas de Rioseco. Pero había que hacerlo con cautela y sin levantar sospechas, pues la benemérita estaba al acecho de la emigración clandestina. Tan sólo sabían de su partida su familia y don Ezequiel (el cura le había prestado 15 duros para contribuir al precio del pasaje). El día antes de partir para Galicia, se reunieron en Manganeses, en la casa de un conocido del agente de embarque Adolfo Baladrón. El Adolfo era cervato y se ganaba la vida llevando y trayendo gente a los puertos gallegos; por esto último era vigilado de cerca por la Guardia Civil. Al cabo de unas jornadas y burlada la vigilancia, Baladrón se presentó en el puerto de Vigo con diez jóvenes dispuestos a salir para la Argentina. No obstante, poco antes de partir, y en los mismos muelles, la benemérita le detuvo junto a siete jornaleros –menores de edad- que se disponían a emigrar. Ni el mismo Jasón sabría responder cómo y de qué manera pudo escapar de la redada. De pronto se vio dentro de aquel vapor inglés, envuelto entre la multitud que, como él, esperaba con ansia el momento de soltar amarras.
La travesía fue dura. La comida escasa. Un poco de torta de centeno y cebolla. Olas, temporales, hambre, fiebre y mareos. Después de veintidós días llegaron a un puerto brasileño –ya no recordaba si era Río de Janeiro o Porto Alegre-, donde cargaron plátanos y algunos mulos. Cuando parecía que ya casi habían llegado al final del viaje, estuvieron a punto de naufragar cerca del Río de la Plata, pero, sobrepuestos, pudieron arribar finalmente a Montevideo y, desde allí, a Buenos Aires. Fue entonces cuando se le quitaron las ganas de viajar y de capitanear expediciones.
En La Pampa, Valentín Jasón encontró el vellocino apacentando ovejas, cerca de Santa Rosa. Una tarde de tantas, las nubes iban y venían sobre el corazón de la llanura. En el pasto, una de aquellas dibujó, volando, el mapa de España. Sobre el río, la nube era muy pequeña, en comparación con sus hermanas, pero la sombra que proyectaba era grande. El pastor se paró en el límite entre la claridad y la penumbra, como si dudase cruzar el umbral. Finalmente, Valentín Jasón entró en ella. Un familiar olor a chocolate llenaba aquel espacio cuyo único límite eran los rayos solares; después, casi al instante, creyó identificar, también, unos sones agudos y metálicos, como si “María de la O”, refundida, le estuviera llamando. Y, entonces, en ese momento, decidió que tenía que volver... Durante días y semanas fue posponiendo la partida. “Tal vez, mañana –se decía- después del esquileo”. Y así iban pasando los meses. En su interior, Valentín Jasón sabía que la vuelta era imposible: temía cruzar de nuevo aquel mar tenebroso en un vapor inglés, cargar plátanos en Brasil y volver a comer cebolla y pan de centeno durante, quizás, otra accidentada travesía. La soledad y la inmensidad de La Pampa, eran, bien vistas, la culminación de su particular expedición y, además, si quería recordar a don Ezequiel, el olor a chocolate y el tañido de la vieja campana, sólo tenía que buscar la sombra de una nube y entrar en ella.

Benavente, 12 de diciembre de 2001

[1] Publicado en el nº 89 de Benavente al día, diciembre de 2001

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jueves, enero 24, 2008

Paisaje con figuras (5)

LAS COMADRES [1]
Por José I. Martín Benito

A las ocho de la mañana comenzaban a llegar las más madrugadoras. A eso de las nueve el río estaba repleto de lavaderos y tajuelas, de jabón de sosa y de baldes de cinc. Como un ejército de arqueros agazapados, en formación de media luna, las lavanderas permanecían largo tiempo arrodilladas sobre la banqueta esperando el momento del asalto. Pero cuando uno se acercaba, comprendía que aquel ejército no hubiera podido sorprender a ninguna guarnición, pues no era el silencio precisamente lo que caracterizaba a tan disciplinada formación genuflexa. Ni tan siquiera los enormes cantos rodados esparcidos por la orilla del río podrían servir de proyectiles a catapulta alguna, ante la imposibilidad de cruzar la anchura de la madre vieja del río. Un sin fin de voces se mezclaba con el rítmico chapoteo de las conchas de jabón que buscaban en el agua el bálsamo para cubrir la ropa húmeda. Las comadres golpeaban la ropa con la concha, frotándola una y otra vez sobre la superficie ondulada del lavadero y su sonido se extendía por el río como si fuera el de unas cajas de guerra o atambores llamando a la batalla. Pero en esta guerra incruenta no había sangre. El rojo se trocaba por el blanco. La orilla se llenaba de bálago y, cuando este se esfumaba, el agua incolora e inodora perdía sus propiedades y se tornaba en un gris claro y espeso.
Luego, el disciplinado ejército desplegaba sus estandartes. Iban las mujeres y las mozas extendiendo las sábanas y camisas enjabonadas en la pradera y, con los calderos de agua por hisopo, le hacían reverencias, rodeándola y salpicándola para que el sol hiciera el resto y sacara el blanco inmaculado tras el ritual. Pero la ceremonia precisaba volver otra vez al agua para aclararla y quitarle los restos de jabón. Otra vez la espuma crasa se esparcía por el pequeño dominio acuático bajo el empinado lavadero. Finalmente, desprovista de todas sus impurezas, volvía la ropa de nuevo a la pradera, limpia, refulgente, como una virgen recompuesta.
Aquella mañana de julio el corro de comadres comentaba los sucesos acaecidos en la pasada noche de San Juan. De vez en cuando dejaban el jabón entre los cantos para persignarse y rezar un avemaría por la desgraciada Micaela San Juan. ¡Quién lo iba a decir! La muchacha más lozana del valle aparecida ahogada en el remanso del molino. ¡Jesús! Y otro avemaría... ¡Cuántas veces había estado allí mismo con ellas, comentando los rumores y cuchicheos acerca de los amores ocultos de Ángela Villaquirán con don Generoso, el boticario de la ciudad, al que se le veía últimamente por el pueblo al caer la tarde, con la disculpa de llevar algunas medicinas! La última vez que la joven Micaela había estado torciendo la ropa en la ribera habían hablado de la feria y de los abalorios que lucirían el día de la fiesta, el 24 de junio.
-La cosa no podía acabar bien-, se oía a la comadre más vieja. Viene de familia. Y entonces todas escuchaban, una vez más, la conocida historia de Dolores Sarmiento, la tía-abuela de la joven, que también apareció ahogada en el molino muchos años atrás. –Es como una maldición-, decía santiguándose y, como por inercia, el corro de comadres se llevaba también el índice a la frente.
-Dicen que si la Guardia Civil anda buscando aquel forastero que bailó con ella antes de encender la hoguera; dicen también que si Miguel, el del molino...
Quién sabe!-, terció otra vez la vieja comadre. – Nunca se esclareció el asunto de Dolores Sarmiento y, me temo, que éste lleva el mismo camino. El mismo lugar, la misma noche... Yo creo que hay algo diabólico en todo esto. -¡Jesús!-, se oyó al corro y luego: -“Dios te salve, María...”.
A eso de las doce, cuando el calor apretaba, el río estaba vacío. Sólo los estandartes desplegados en la pradera hacían guardia, como testigos mudos de las conversaciones matutinas, esperando quizás que el viento, que soplaba desde el molino, susurrara los secretos que guardaba. Cuando por la tarde las comadres volvían al campo de batalla y recogían y doblaban en silencio la ropa seca, ya hacía horas que el viento no soplaba y el molino se ocultaba en la sombra, casi penumbra, de los álamos.

Benavente, 30 de junio de 2001

Imágenes: Arriba, derecha: Las lavanderas, de Juan Francés. Abajo, izquierda, Las Lavanderas, S.F.P. Billet (dibujó y grabó); A. Cadart (imprimió); Aguafuerte, 16 x 12.2 cm. Colección MNSC.

[1] Publicado en el nº 88 de Benavente al día, agosto de 2001.

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miércoles, enero 09, 2008

Paisaje con figuras (4)

EL COLECCIONISTA [1]
Por José I. Martín Benito

Cuando Raimundo Bocanegra guardó meticulosamente el mechón en una cajita de cerillas, cuya tapa marcó con las iniciales A.C., el ingenuo propietario estaba jugando la partida de dominó en el casino, como solía hacer todos los sábados por la tarde. Bocanegra, con aquel trofeo, había añadido un nuevo objeto a su colección.
La afición le venía de niño, cuando su padre le llevaba a la feria de Botijeros. Recordaba como la primera vez que vio tantos cuernos juntos, un escalofrío le recorrió la piel. Aquella noche soñó con toros, vacas y bueyes, con cornamentas largas y cortas y se sobresaltó. Sin embargo, sólo seis meses más tarde, cuando su tío Marcelino, el matarife, le regaló dos astas de vaca para sus juegos infantiles, “Mundín” trocó sus miedos por una inexplicable atracción. Desde entonces comenzó a visitar el matadero y le pedía a su tío que le guardara cuernos de toro, de cabra, de carnero... Así comenzó su colección, que al principio guardaba celosamente, como si fuera un secreto. Pronto descubrió que era mejor salir del anonimato. Los cazadores le surtieron de colmillos de jabalí, de cuernos de corzo y de venado, y hasta de muflón. Se jactaba de tener también un pico córneo del buitre orejudo, pero nunca reveló su origen. Consiguió también que Paco, el pastor, le labrara un cuerno de vaca a navaja y que el carretero le regalara uno viejo que utilizaba de recipiente para engrasar los ejes.
Así, poco a poco, llegó a tener una variada representación de todos los cornúpetas de la Península Ibérica. Pero, al poco tiempo, la creyó insuficiente. Faltaban ejemplares de los animales africanos y asiáticos y eso era mucho más difícil. Así que Bocanegra comenzó a coleccionar fotografías. Algunas procedían de los cromos de la colección “Fauna salvaje” que distribuía una conocida marca de chocolate. “Mundín” devoraba las tabletas en busca del tesoro. De este modo pudo conseguir ejemplares gráficos de colmillos de elefantes, de cabezas de cebúes, antílopes, ñúes, rinocerontes y búfalos. Su obsesión le llevó a sustraer libros de la biblioteca pública para recortar dibujos de animales prehistóricos, tales como mamuts y bisontes. Fue su amigo Marco Antonio el que le dio un nuevo horizonte: los bisontes, que aparecían pintados en el techo de Altamira, existían aún en América; eran a los que, en las películas del oeste, se les llamaban búfalos. Marco Antonio ejercía de censor. Por él pasaban todas las películas que se proyectaban en el único cine de la villa y todas las impresiones (semanarios, boletines, hojas parroquiales...). Fue así como Raimundo Bocanegra amplió su colección, reuniendo ahora fotogramas de películas que, cuidadosamente, cortaba y le suministraba el censor.
Su repertorio de cuernos era tal que un buen día decidió exponerlos, azuzado por Marco Antonio. El eco de la muestra llegó hasta la capital de la provincia, de lo que dieron cuenta los diarios y hasta se fletaron autobuses para acercarse a verla. Pronto la fama se extendió por todo el país. Conocidos pintores le remitieron algunos grabados que tenían como tema la fiesta nacional. Hasta Ramiro de Triana le envío disecada la testuz de un toro lidiado en La Maestranza. Lejos de entender que había tocado techo, Bocanegra siguió dedicándose afanosamente a ampliar su tesoro. Pero se sentía insatisfecho. Aunque consiguió representaciones fantásticas de diablos, faunos y unicornios y también una copia romana en terracota del dios Pan u otras de Venus con el cuerno de la abundancia, algo le faltaba, se decía. La pista se la dio el distinguido don Aniceto Calasparra una tarde en el casino:
-¡Después de este éxito, sólo le falta culminar la colección con el cuerno de un marido burlado, amigo mío!
Bocanegra recordó haber leído algo de Quevedo sobre el asunto. En la biblioteca encontró las obras completas de don Francisco. Buscó y leyó:

Cornudo eres, fulano, hasta los codos
y puedes rastrillar con las dos sienes...”.


Don Aniceto tenía razón, qué carajo. Su colección quedaría inconclusa si no le añadía ese nuevo objeto, lo que acabó por obsesionarle. Decidido a conseguirlo, Bocanegra eligió la víctima y su cómplice. Muy discretamente comenzó a lisonjear a Brígida del Corral, hermosa y bien casada mujer, pero no obtuvo correspondencia.
A los pocos meses, la fama de la colección había traspasado las fronteras y a la estafeta llegó un paquete alargado remitido desde el extranjero. Temblorosas, las manos del coleccionista apenas si acertaron a abrirlo. La noticia sobre el misterioso envío corrió por la villa, pero “Mundín” guardó celosamente el secreto. Sólo cuando Brígida del Corral se interesó por el regalo, Bocanegra se prestó a mostrárselo, eso sí, con el máximo sigilo y discreción y con la condición de que la mujer acudiera a la cita con un mechón de la cabeza de su distinguido esposo.
Aquella tarde, Bocanegra mostró a Brígida el hermoso colmillo de elefante que acababa de recibir de Kenia. Poco a poco, al tiempo que le mostraba y explicaba su colección, la fue seduciendo. Cuando le enseñó dos enroscadas cornamentas, le explicó que, en ocasiones, durante la berrea, la época de celo de los ciervos, los machos entablan feroces combates, cruzando y chocando con estruendo sus astas por hacerse los dueños del harem.
-A veces, como en este caso, la batalla ha sido tan dura que los animales no son capaces de separarse y mueren por amor- le susurro al oído, mientras advertía un ligero sofoco en la mujer.
Fue al final de la velada. Afuera, las gotas golpeaban con dureza los cristales y el cielo se estremecía. No fue el único estremecimiento. Cuando los brazos de Bocanegra rodearon complacientes la cintura de Brígida del Corral, el coleccionista esbozó una sonrisa interior. Al terminar la tormenta y mientras en el casino se jugaba al dominó, la mujer bajó las escaleras. Fue entonces cuando Raimundo Bocanegra introdujo cuidadosamente el mechón en la cajita de cerillas, en cuya tapa dibujó las iniciales del burlado marido: A.C.
Benavente, 28 de mayo de 2001

[1] Publicado en el nº 87 de Benavente al día, junio de 2001

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viernes, diciembre 21, 2007

Paisaje con figuras (3)

EL ANGELUS
Por José Ignacio Martín Benito

Otra vez el agua. El capitán del vapor había informado a los pasajeros que las autoridades del puerto habían prohibido la salida hasta que no amainara el temporal. De nuevo la lluvia arreciando y la mar, gruesa, muy gruesa, con olas de cuatro y cinco metros. Llevaban así ya tres días de retraso. Juan Bautista Aguado se preguntaba si en Buenos Aires llovería tanto como aquí. Apenas había tenido para el pasaje, que costaba 100 pesetas. Entre algo de sus ahorros –muy poco- y un préstamo que le hiciera su padre, Juan Bautista decidió que no podía aguantar así mucho más tiempo y decidió unirse a la cuadrilla del agente de embarque Pedro Merchán.
Su vida de jornalero había dado tumbos por la Tierra de Campos, con un mísero jornal de dos pesetas en Villafáfila en el último verano. Había formado parte activa en las agitaciones campesinas, como cuando, junto con otros segadores, participó en la huelga de 1904. Juan Bautista recordaba aquellos años como un fracaso. Tras el optimismo que en un primer momento despertó en él la Sociedad Obrera y las palabras de esperanza que en Benavente oyera a Pablo Iglesias, su sueño se había ido yendo poco a poco a pique, como aquel carguero inglés, del que se hablaba en esos días en el puerto de La Coruña. Entre los patronos, la guardia civil y el hambre, que alimentaba la legión de esquiroles, le habían minado las fuerzas. Para colmo, las terribles inundaciones de aquel invierno de 1909-1910 se habían llevado su casa y parte de su menguada hacienda.
Viendo llover, Juan Bautista no podía dejar de pensar en lo que dejaba atrás. Tierras anegadas, campos y llanuras con el ganado ahogado, hinchados sus vientres y con las patas hacia arriba, como esperando con anhelo la piedad de las aves de rapiña. Un campo desolado, húmedo y frío, como aquel puerto gallego que ahora le mostraba la soledad, más desnuda e inmensa que nunca. En los muelles, un tropel de gente iba y venía, sin saber muy bien a dónde. Era, por lo general, gente joven, como él, entre veinte y treinta años. En aquellos días de espera, algunas carreras por el puerto y el sonido de silbatos ponían sobre aviso a los menores de edad que intentaban embarcarse. Juan Bautista se preguntaba por la suerte de cuatro mozalbetes de dieciséis años que fueron detenidos por la fuerza pública en la estación de Manganeses, cuando se dirigían, como él, hacia La Coruña. Pensó que a los muchachos los llevarían a Rioseco, de donde venían.
Entre tanta lluvia, Juan Bautista se preguntaba cómo serían las tierras que no podía ver; cómo serían al otro lado del mar los patronos –y sin querer les ponía el rostro de don Leopoldo Tordesillas- y si habría guardia civil y cómo serían los jornales y las casas, y si allí habían oído hablar de Pablo Iglesias.
Cuando días más tarde, pudo por fin embarcarse y la brisa inundaba de lágrimas la proa del navío, Juan Bautista rezó el Angelus, como lo había hecho tantas veces, pegado a la tierra: la mirada baja, húmedo su cuerpo por el sudor en medio de la llanura. El vapor de la compañía inglesa rompía la mar y dejaba atrás una estela, un hilo de agua, como un cordón umbilical que le mantenía todavía unido a aquella tierra a la que había dicho basta.

Benavente, 7 de abril de 2001

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miércoles, diciembre 05, 2007

Paisaje con figuras (2)

EL QUIOSCO [1]
Por José I. Martín Benito
(Sobre una fotografía de octubre de 1954)

Serafín Casariego era uno de aquellos buenos mozos del valle, hasta que dejó de serlo. La mocedad la perdió con Bárbara Santiago aquel otoño del cincuenta y cuatro, después de misa de ocho. Treinta años después todavía no acertaba a comprender cómo pudo pasar. Llovía con ganas o eso parecía desde el refugio de los soportales. Allí esperó un buen rato y con él la mujer del velo que hacía un momento había salido de la iglesia de San Nicolás. El reloj de la torre dio la media. Serafín no lo sabía, pero Bárbara era asidua de la misa vespertina y la beata número uno de la feligresía de don Bernardo Malasaña. Se había ido la luz y en el quiosco la llama de una vela parecía la candela del Santísimo. Mujer madura, había enviudado hacía tres años. Se conocían muy poco. Apenas si habían intercambiado algunas frases de rigor en la botica, en donde Serafín trabajaba de mancebo. De pronto se encontraron en los soportales; cruzaron algunas palabras sobre la lluvia. Ella dijo que días así le producían jaqueca y él se ofreció a llevarle a casa un optalidón. A las doce, cuando bajaba las escaleras, Serafín había perdido la llave de la farmacia y algo más. Fue el principio de su fuga. Dos meses más tarde, la mirada de Bárbara le perseguía. ¡Cómo olvidarla!, cuando al día siguiente la mujer se presentó en la botica y discretamente le entregó la llave con una mirada húmeda como la lluvia y a la vez ígnea como la pasión de su primer y único encuentro.
Perseguido por aquella mirada, que creía adivinar en cualquier rincón de la ciudad, Serafín no lo dudó más y quiso poner tierra de por medio. Don Leoncio, el farmacéutico, era asiduo de La Nueva España. No recuerda si lo leyó allí o fue Vicente el quiosquero el que le habló de las minas de diamantes de Rodesia, de las granjas australianas o de los bosques de abedules y coníferas del Canadá. Lo cierto es que de pronto se vio embarcado en un buque factoría que faenaba en las costas de Terranova. Una tarde, en la taberna de un puerto cualquiera, volvió a tener la pesadilla que ya no le habría de abandonar mientras viviera. Llovía, sonaba bronco el acordeón y una voz profunda de mujer se desgarraba cantando a la débil luz de una vela. El humo y el alcohol debieron hacer el resto, para que Serafín descubriera aquellos ojos negros, abismales y escrutadores y se viera de pronto en la botica, en la complicidad manifiesta al extender la mano y recoger con discreción la llave, aquella llave de su infortunio, por la que quedaría atrapado para siempre en la mirada húmeda e ígnea de Bárbara Santiago.
Con las borrascas atlánticas el sueño de la razón se fue llenando de ojos de azabache. Fue entonces cuando decidió emprender el camino del sur hasta recalar en una hacienda brasileña. Pero los ojos de las mulatas, a ritmo de samba y de ron en el antiguo palenque, inundaban de humedad las madrugadas y en la inconsciencia previa al despertar se encontraba atrapado otra vez por la mirada de Bárbara Santiago.

Brasil fue sólo un paréntesis, uno de tantos en el largo camino de su particular peregrinación. Huyó. De nuevo el sur. En Buenos Aires comprendió que no se libraría de aquellos ojos negros mientras siguiera lloviendo. Anduvo errante. Argelia, Rodesia, Yemen, Australia, la India... Pero incluso en algunas de sus secas regiones, más tarde o más temprano, volvía a llover.
Treinta años después, cuando decidió regresar, dispuesto a hacer frente a la más real de las miradas y consciente de que la huida no le había servido de mucho, no encontró nada de lo que dejó, salvo las casas, las calles, los soportales, la botica y el viejo quiosco. Lo demás se había esfumado. Eran otras las gentes y ya nadie recordaba a don Bernardo Malasaña, a don Leoncio ni a Bárbara Santiago. El reloj de la torre daba la media. Las beatas salían de misa de ocho. Serafín pidió a la quiosquera un periódico. Comenzó a llover...

Benavente, 7 de junio de 2000

Foto: Quiosco de prensa, en Alicante, en el antiguo portal de Elche y puerta de Bab-el-Yemen, en Sana´a (Yemen).

[1] Publicado en el nº 83 de Benavente al día, junio de 2000

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miércoles, noviembre 21, 2007

Paisaje con figuras (1)

DESDE LA MERCERÍA[1]
(Sobre una fotografía de enero de 1956)

Hacía frío. Mucho frío. Andrés llevaba dos horas esperando.... "Ahí viene, ya lo oigo, musitaba tiritando. Espero tener valor..." Vaya sí lo tuvo. En los días siguientes fue el asunto de conversación en los cafés, en la botica y en todas las tiendas, sobre todo en las de ultramarinos. Lo había hecho, nadie lo podía imaginar, pero lo había hecho. A la mercería de la señora Engracia llegaban también los comentarios:
-Imagínese, doña Elvira -decía la mercera- un hombrón como él... ¡acabar así!.
Tras los visillos del pequeño escaparate caían mansamente los copos. Llevaba nevando de manera intermitente varios días. Apenas si los vecinos salían a la calle. Cuando lo hacían, la gente buscaba el refugio de los soportales, mientras que un desierto blanco cubría las calles y plazas de una villa ahora en luto. El pobre Andrés...
- Mire, señora Engracia, ahí va la María, se va a cruzar con Fermín, el tío del difunto.... - decía doña Elvira a la mercera.
-Pobrecita, ella sí que tenía motivos y no el pobre Andrés...
-Por Dios, señora Engracia, no diga usted esas cosas -
cortó doña Elvira, al tiempo que se santiguaba.
Difícilmente el humo de la locomotora se divisaba entre la neblina de los copos. El silencio del campo se fue poco a poco rompiendo por el ruido inconfundible de la máquina. Primero, un murmullo, luego más constante... A Andrés se le agolpaban los recuerdos. El mismo sonido en medio de un campo desolado y blanco. Casi veinte años atrás, en aquel vagón de soldados, atravesando las tierras de Guadalajara ¿ ...o era Cuenca?. Y frío, mucho frío. Luego, cuando acabó la guerra, se apuntó voluntario en la División Azul. Iban a conquistar Rusia, ellos, un puñado de valientes. Allí, en la estación, estaba todo el pueblo el día de la despedida. También María, con el pañuelo blanco. Siempre el blanco: el pañuelo, las cartas, los campos nevados... Andrés odiaba aquel color; se volvía melancólico, triste... y una pesadumbre, como de siglos, le atormentaba. Rusia fue un infierno. El teniente, un maestro nacional, fervoroso falangista, le recordaba que otro tanto habían pasado los soldados de Napoleón: se habían estrellado contra el crudo invierno ruso. Ahora les tocaba a ellos, rodeados de blanco y frío por doquier. Fue la primera vez que Andrés oyó hablar de Napoleón y del zar de todas las Rusias. El suponía que sólo había una Rusia, como España. Ahora resulta que no, que había varias y se preguntaba que cuando conquistaran la primera cuántas quedarían todavía. Los rusos y hasta el teniente se podían ir a freír espárragos, se decía, mientras continuaba nevando.
No volvió a saber nada de María hasta que regresó después del armisticio. Herido de metralla y dado por muerto en el campo de batalla, fue recogido por el enemigo. Cuando medió sanó se vio en un campo de prisioneros cerca de Stalingrado; allí había otros camaradas españoles, cada uno con su historia. La guerra les había unido, pero también les había separado de sus casas y de su tierra. Durante su cautiverio alguien le dijo que la División se había retirado de Rusia y había vuelto a España. Sin embargo, él y sus compañeros siguieron todavía allí hasta la capitulación de Alemania. Nunca más volvió a saber nada del teniente, pero cuando Andrés regresó, don Mariano, el párroco, le dejó un libro que hablaba de Napoleón, del mariscal Mortier, de Esmolenco y de la caballería cosaca. En eso ocupaba sus ratos de ocio, que no eran pocos, después que por méritos de guerra le habían dado una plaza en el servicio de Correos. Las pocas veces que veía a María era cuando tenía que entregarle alguna carta que desde Buenos Aires le enviaba su hermano. Andrés no podría reprocharle nada. Era normal que María se hubiera casado con aquel factor de ferrocarriles que siempre la había pretendido.
- Me dijeron que habías muerto, Andrés.
- Eso hubiera querido, María.
Fueron las únicas palabras que intercambiaron desde su regreso. El silencio se fue apoderando de sus encuentros, pero no de sus almas. Cuando le llevaba alguna carta se la entregaba sin más, sin mediar palabra... Aquellas cartas blancas... Un blanco sólo manchado por la tinta de unos rasgos azules o negros donde se consignaba el nombre y la dirección del destinatario. Pero a Andrés todas las cartas le parecían iguales; salvo quizás las que venían de la Argentina, más blancas si cabe.
Nevaba, llevaba dos jornadas nevando. En esos días no hubo correo. Cuando al tercero amainó el temporal y pudieron circular los trenes, Andrés salió al campo, a unos dos kilómetros por encima de la estación, justo donde la vía férrea pasaba por debajo del viaducto. Los níveos cables del tendido telegráfico se mecían tímidamente. Esperó... había vuelto a comenzar a nevar. El ruido era ahora nítido, mecánico, próximo. Cerró los ojos, vio al teniente, a sus camaradas del campo de prisioneros, vio también el pañuelo blanco y los ojos de María, como cuando la metralla le alcanzó en medio de aquel fuego ensordecedor. Silbaban las balas y los proyectiles. Silbó también la locomotora. Sintió frío, mucho frío... El tren siguió su marcha inexorable hasta la estación. El maquinista apenas sintió el golpe: algún trozo de nieve helada desprendida del viaducto, pensó...

Benavente, 17 de abril de 2000
[1] Publicado en el nº 82 de Benavente al día, mayo de 2000

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