La Crónica de Benavente

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martes, mayo 06, 2008

Relato de un legionario (y 5)

BRIGECIO
Por José I. Martín Benito

Pronto se vio que la herida tardaba en curar por lo que fui trasladado a Brigecio, una pequeña ciudad de los astures a orillas del Astura que había caído en nuestras manos y donde los pocos habitantes que quedaban no se mostraban muy hostiles. Por entonces entablé amistad con una muchaca, Attia Maldua, hija de Attio Reburrino, comerciante de sagos y otros artículos. Gracias a ella pude avisar a Carisio de la llegada de tres columnas del ejército de los astures que preparaban, esta vez sí, un ataque en masa contra nuestros campamentos. Su padre había visto movimientos de tropas al norte de Asturica en uno de sus viajes comerciales. Carisio cayó sobre los astures y desbarató sus planes. Montaban éstos, según pude saber, aquellos caballos pequeños y fuertes, de los que hoy enviamos muchos a Roma. No son tan veloces como los caballos lusitanos que se crían en las riberas del Tajo, pero son más duros y resistentes.
Nuestras tropas, después de una lucha encarnizada, tomaron Lancia, donde se habían refugiado los derrotados. A pesar de su fama de cruel, Carisio no destruyó la ciudad, desoyendo a los soldados que reclamaban se le pegase fuego.
Permanecí todavía varios meses en Brigecio hasta que Carisio nos licenció a algunos soldados y nos concedió tierras a orillas del río Anas, en un lugar al que llamó en nuestro honor Emerita Augusta. Con motivo de la fundación acuñó monedas, en cuyo reverso iban aquellas terribles armas de los astures: la caetra, la falcata y la punta de la maldita lanza que me atravesó la pierna. Yo todavía debería haber permanecido varios años en el ejército, pero la herida sufrida en la escaramuza del Eria y el haber avisado al legado de la concentración de tropas enemigas que venían sobre nosotros, me valió el reconocimiento como veterano. La guerra tardaría todavía algún tiempo en concluir. Después de varios generales, tuvo que venir a Hispania Marco Agripa, el más experto militar romano.
Por entonces, Attia Maldua y yo, ya estábamos disfrutando de nuestra casa en la nueva colonia, donde comenzaba a levantarse la ciudad que pronto se convertiría en la capital de Lusitania. Cuando años después paseaba con mis dos hijos varones por el foro emeritense, no pude por menos de recordar lo que mi padre había dicho aquella mañana de las Idus de Marzo. Roma era para mí ya un recuerdo y el foro de Emerita me parecía lo más deslumbrante del mundo.

Fotos: Soldados con sagum. Puente sobre el río Anas (Mérida). Moneda de Carisio acuñada con motivo de la fundación de Mérida.

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lunes, abril 21, 2008

Relato de un legionario (4)

ASTURES
Por José I. Martín Benito

En la campaña de Estatilio Tauro habíamos fijado un campamento en Albocela, en las cercanías del Douros, el gran río de los vacceos. En los dos años siguientes, con Calvinio Sabino y Sexto Apuleyo, no sin esfuerzo sometimos las tierras entre el Pisoraca y el Astura y penetramos hasta Asturica y Bergidum. Aquello sólo fue el principio, pues lo peor vendría más tarde. Los cántabros y astures, lejos de retirarse, emprendieron con más virulencia sus prácticas de emboscada e incursiones rápidas, en las cuales nos despojaron de varias insignias.
Cuando Augusto en persona decidió ponerse al mando de la campaña, trayendo nuevos efectivos, los soldados nos sentimos aliviados. Se luchó en dos frentes. El propio Augusto comandó el oriental, contra los cántabros, desde Segisama, dirigiendo sus ataques contra Vellica y Aracillum. Yo estaba en el Bellum Asturicum, a las órdenes del legado de Lusitania, Publio Carisio.
Los castros de los astures estaban enclavados en lugares elevados, con murallas de barro o piedra, según abundara uno u otro material en la región. A veces, estaban reforzados por empalizadas de madera y piedras hincadas que dificultaban las maniobras de nuestra caballería. Pero, muchas veces, cuando conseguíamos hacernos con alguno de ellos, sólo encontrábamos viejos, mujeres y niños, la mayor parte muertos por temor a caer en nuestras manos. En ningún sitio vi lo que en Hispania. Otros soldados veteranos que habían combatido en el Danubio y en Oriente aseguraban que nunca habían visto suicidios en masa como aquellos. Algunos relataban, incluso, lo que sus abuelos le habían contado acerca de las guerras de Sertorio y de una ciudad llamada Calagurris, donde sus habitantes después de haber dado muerte a las mujeres y a los niños utilizaron sus cuerpos como alimento para resistir a Pompeyo.
Pero lo peor era la lluvia y el frío que se metía por nuestra lorica y nos calaba hasta los huesos. Aquellos momentos de debilidad eran los aprovechados por los montañeses para sorprendernos. Los hombres organizaban sus partidas en los bosques -que en esta parte del país son muy espesos- y nos acosaban por todas partes. Por entonces teníamos nuestro campamento en Petavonium. Recuerdo -¡cómo no habría de recordar!- que en una de las patrullas, en las cercanías de un río llamado Eria, cayeron sobre nosotros más de un centenar de aquellos bárbaros; iban vestidos con gorro de piel a modo de casco, con sagum o capa de lana gruesa y una prenda de paño a guisa de coraza. Los montañeses se abalanzaron sobre nosotros dando grandes gritos y empuñaban un arma que yo nunca había visto hasta que llegué a Hispania, la falcata, una espada corta y curva, muy distinta a nuestra gladius (por un momento recordé a Bruto y sus secuaces en el Foro). En aquella refriega perdimos muchos hombres y sólo diez conseguimos ponernos a salvo, no sin sufrir algunas heridas. Yo fui herido de gravedad en una pierna por una de aquellas malditas armas arrojadizas de los montañeses. La herida tardó en curar y me dejó una notable cojera para el resto de mis días. A pesar de la derrota, gracias a aquellas heridas pudo salvarse más tarde Carisio y nuestro ejército, como relataré a continuación.

(Continuará...)

Dibujo: Legionarios romanos.
Foto: El monte Teleno, territorio astur.

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lunes, abril 07, 2008

Relato de un legionario (3)

EL FRÍO DEL NORTE
Por José I. Martín Benito

Actium fue mi primera gran batalla. Previamente había acompañado a Octavio en la campaña de Iliria y después en la franja de Dalmacia y en la fortificación de Triestre; debió ser entre el 718 y 720 de la fundación. Yo me había alistado con veinticuatro años, acudiendo a la llamada de Augusto contra la amenaza de Sexto Pompeyo, el cual controlaba el mar, Sicilia y el grano. Pero mi vida de soldado se forjó sobre todo en Hispania, en la Legio X. Aquí llegué a finales del 724 con Estatilio Tauro, legado de Augusto. Las tribus de las montañas hacían constantes incursiones a las tierras llanas de los vacceos. Quizás ese fue el pretexto para iniciar lo que después de una larga y penosa guerra sería la conquista completa del territorio, aunque ignoro realmente para qué quería Roma aquellas agrestes y húmedas tierras del norte que nada producen. Alguna vez oí que allí había ricos metales, entre ellos oro. No sé si eso sería cierto. Mis compañeros y yo nunca lo vimos. Por contra, lo que sí pasamos fueron mil penalidades y mucho frío, un frío que cuando lo recuerdo hoy en mis cálidas tierras de Emerita todavía lo siento.
Allí en el norte se quedaron para siempre mis mejores camaradas. Luchábamos durante años contra un enemigo al que rara vez veíamos y que nos acosaba por sorpresa con armas arrojadizas. Con sus montañas como refugio, rehusaban el combate abierto, lo que desesperaba a los hombres y hasta al propio Octavio años más tarde, el cual había venido personalmente a dirigir las operaciones. Supimos que Augusto había caído enfermo y se había retirado a Tarraco. Por algún tiempo la moral de la tropa se resintió.
Pero decía que estos montañeses desconocen la disciplina militar y el arte de la guerra. En alguna ocasión pude presenciar, incluso, como miembros de una misma familia se habían quitado la vida antes de caer en nuestras manos, sabedores que tenían reservada la esclavitud. Hispania es indómita. Aún hoy, retirado en las ricas tierras de la vega emeritense y disfrutando de la pax romana, me asaltan temores y me despierto inquieto a media noche.
(Continuará...)

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lunes, marzo 31, 2008

Relato de un legionario (2)

EL CENTRO DEL MUNDO
Por José I. Martín Benito
A finales del invierno del 709 mi hermano mayor y yo acompañamos a mi padre a Roma. Intentábamos convencer al abuelo para que trasladara su alfar a la floreciente Capua, colonia muy cercana al lugar donde ahora vivíamos, después de licenciarse mi padre del ejército.
Aquella mañana de las idus de Marzo había ido con mi padre y mi hermano al Foro. Muy cerca, en la Curia, se había reunido el Senado y por eso en el Foro había gran expectación. Confieso que nunca el lugar me impresionó, como sí parecía hacerlo ahora junto a mi padre, el cual iba contándonos las costumbres y construcciones de los poblados bárbaros, allá, en las lejanas y frías tierras de la Galia y de Hispania. Sólo años después, cuando visité aquellos y otros lugares, pude entender lo que mi padre había comentado esa mañana: "Estamos en el centro del mundo", dijo y sus ojos brillaron con una mezcla de ansiedad y nostalgia. Creo que por entonces mi padre arrastraba un largo cansancio, fruto de su dura vida de soldado. Años más tarde yo también me sentiría cansado. No sé si mi padre hallaría el sosiego necesario en sus nuevas tierras de Campania como yo le he tenido en Emerita-
Paseamos junto al templo de Saturno y de los Dióscuros. En la Basílica Emilia había aquella mañana muy poca actividad. Sólo algunos agentes, extranjeros, en su mayoría griegos y sirios, discutían de negocios. Cuando caminábamos a la altura del nuevo templo de Venus Genetrix, terminado de construir dos años antes por mandato de César, oímos unos gritos a nuestras espaldas. No puedo olvidar la cara de mi padre cuando vio a Bruto y sus secuaces con los puñales ensangrentados vociferando haber dado muerte al tirano y haber salvado la República.
Sólo vi una vez a César. Debió haber sido dos años antes, cuando en la entrega de los lotes de tierra a sus veteranos se había fundido en un abrazo con mi padre. Vi que intercambiaban algunas palabras, pero aunque sentí curiosidad por saberlas nunca pregunté por el contenido de la conversación, quizá por respeto; aquello formaba parte de dos militares que, cada uno en su puesto, habían compartido muchas jornadas. No puedo decir como era César, ni siquiera si era un peligro para la República; yo, por entonces, estaba bastante aturdido. Sólo sé que al día siguiente cuando Marco Antonio pronunció su oración fúnebre y leyó su testamento, la muchedumbre lloraba su pérdida y clamaba venganza.
A los pocos días mi padre y yo regresamos a Capua. Él estaba orgulloso, pues a pesar de la tragedia vivida, mi hermano se quedó con mi abuelo Valerio para poder alistarse en el ejército de Antonio. Supe después que había marchado a la Galia. Los acontecimientos posteriores son de sobra conocidos, por lo que no extenderé aquí mi relato. Sólo diré que Antonio pasó de ser un romano virtuoso a un déspota oriental en Alejandría, donde se unió a aquella mujer.
Ocho años antes de la batalla de Actium yo me había enrolado en el ejército de Octavio. Aquella fue sobre todo una batalla naval, pero al final de la jornada, en el recuento de cadáveres habidos en las escaramuzas de tierra, reconocí a Cayo, mi hermano. Otros legionarios más veteranos pretendieron consolarme diciéndome que años atrás, en las llanuras macedónicas de Filipos, ellos habían visto morir en el bando contrario a antiguos amigos y compañeros de armas. ¡Quieran los dioses que Actium haya sido la última batalla entre romanos!
(Continuará...)

Fotos: Foro romano y asesinato de César.

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jueves, marzo 20, 2008

Relato de un legionario (1)

FABIO MÁXIMO

Mi nombre es Fabio Máximo Crispo. Hoy, en mi casa de Emerita, a los 57 años, presintiendo la llegada de la parca, me dispongo a dejar constancia de mi vida.

Nací en Roma allá por el año 690 de la fundación, en el seno de una familia de alfareros. Me crié con mi abuelo Valerio Fulvio y con mi madre Valeria Poncia, pues mi padre, Fabio Sabino, estuvo casi todo el tiempo a las órdenes de César y sólo lo veía cuando éste regresaba de sus campañas y celebraba sus triunfos en la ciudad. Mi padre fue un gran soldado de una de las alas de la caballería de la Legión XIII. Acompañó a César en Hispania contra los legados pompeyanos, Afranio, Petreyo y Varrón, en la campañas de Ilerda y de la Bética en el verano del 704. Al año siguiente, estuvo con César en Tesalia, derrotando a las tropas de Pompeyo en una clamorosa victoria en Farsalia.

Pompeyo pasó a Egipto, donde fue apresado y decapitado por los partidarios de su reina Cleopatra. Precisamente, si algo mal hizo César fue dejarse enredar por las argucias de Cleopatra, entre tanto iba alargando las promesas de reparto de tierras.
Ese era el sueño de mi padre, cultivar su propia tierra, pues cuando se casó con mi madre Poncia se vio envuelto de pronto en el oficio de la familia de mi abuelo. Acaso por escapar de él, decidió hacer fortuna enrolándose a las órdenes de César o acaso también porque confiaba mucho en el propio César.

Pero decía que todo empezó a complicarse con aquella diabólica mujer. Primero fue César y luego Antonio... y todo fue seguido de grandes males para la República. Los problemas siempre vienen del Oriente. No hablaré aquí de Cleopatra, pues su historia es bastante conocida...
Después de Egipto, a finales del 707, mi padre fue nuevamente a Hispania, esta vez persiguiendo a los hijos de Pompeyo. Hicieron el trayecto de Roma a Obulco en tan sólo veinte jornadas con un ejército de 40.000 hombres y en la primavera del 708 exterminaron a 30.000 pompeyanos. Después, los soldados de César arrasaron y saquearon las ciudades de Munda, Urso, Hispalis y Corduba. Se habló entonces de matanzas y de saqueos; mi padre nunca me dijo nada, quizás avergonzado, pero ahora, con distancia y después de haber servido durante casi quince años en la milicia, he de confesar que alguna vez, sin querer, me vi envuelto en uno de aquellos arrebatos de la tropa que siempre deploré.

(Continuará...)

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